droga

          En sentido amplio, es “toda sustancia que, introducida en un organismo vivo, puede modificar una o más funciones de éste”. Tal es la definición propuesta por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Ella tiene efectos sobre el sistema nervioso central  —droga psicotropa—  y crea adicción, taquifilaxia y cuadros de abstinencia. Adicción es la demanda psíquica y física de consumirla regularmente y la incapacidad de moderar o suprimir su consumo. Taquifilaxia es la necesidad de consumir dosis cada vez mayores para conseguir los mismos efectos. Y los cuadros de abstinencia son síndromes físicos causados por la falta de la droga que pueden resultar mortales.

          El concepto de droga comprende a todos los fármacos y medicamentos usados por el hombre con fines curativos. Pero en sentido restringido se entiende por droga el conjunto de sustancias de uso ilegal que modifican la actividad psíquica del ser humano y causan en ella efectos estimulantes, alucinógenos o hipnóticos.

          Más de doscientos millones de personas en el mundo consumen drogas ilícitas. Y la cifra crece. El uso de drogas por vía intravenosa ha determinado la propagación del VIH/SIDA y de la hepatitis. El crecimiento de la delincuencia y de la violencia es, también, consecuencia directa del consumo de drogas. Con el dinero mal habido del narcotráfico se financian conflictos armados sangrientos. La extensión de los tentáculos de la corrupción hacia todas las esferas de la vida social  —gobiernos, tribunales, parlamentos, fuerzas armadas, policía, medios de comunicación, partidos políticos—  se debe al dinero de las actividades ligadas a la producción, refinación y comercialización de drogas. El azote se extiende de manera impresionante. Todas las acciones represivas, nacionales e internacionales, han fracasado, como lo demuestran las cifras. A ese fracaso no son ajenas las Naciones Unidas y sus organismos especializados. La Junta Internacional para la Fiscalización de Estupefacientes, llamada a supervisar el cumplimiento por los gobiernos de los tratados antidrogas, ha tenido mal éxito. Igual cosa se puede decir del Programa de las Naciones Unidas para la Fiscalización Internacional de Drogas (PNUFID) y del Centro de Prevención del Delito Internacional (CPDI), que cuentan con altos presupuestos, cuya misión es fiscalizar la producción y distribución de alrededor de ciento diez y seis estupefacientes (opio y sus derivados, morfina, codeína, heroína, cannabis, cocaína y estupefacientes sintéticos, como la metadona y la petidina) y ciento once sustancias sicotrópicas, la mayor parte de las cuales está compuesta por productos farmacéuticos que actúan sobre el sistema nervioso central (alucinógenos, estimulantes, depresores). Se han incumplido o cumplido muy parcialmente la Convención Única sobre Estupefacientes (1961), el Convenio sobre Sustancias Sicotrópicas (1971), la Convención de las Naciones Unidas contra el Tráfico Ilícito de Estupefacientes y Sustancias Sicotrópicas (1988) y otros instrumentos internacionales de diverso alcance. Tampoco los programas internacionales para la erradicación del consumo ilícito de estas sustancias han sido exitosos. Han abundado las declaraciones meramente declamatorias de los organismos internacionales, aunque han estado inspiradas todas en los más loables propósitos.

          Desde la declaración formulada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en su vigésimo período extraordinario de sesiones, quedó claro que la acción contra el azote de las drogas era una responsabilidad común y compartida de todos los Estados miembros de la Organización Mundial y que debía ser abordado en escala multinacional. De ahí que se han formado en el ámbito internacional varios organismos encargados de luchar contra el uso indebido, la fabricación y el tráfico de drogas: entre otros, la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD), la Comisión de Estupefacientes y la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes. A partir de 1961 se han celebrado, bajo el auspicio de las Naciones Unidas, numerosos tratados y convenciones internacionales para concertar esfuerzos en el combate contra la producción, distribución, comercialización, posesión y uso de drogas ilícitas, blanqueo de dinero y tráfico de precursores químicos. En ellos se han establecido las normas que rigen la sanción y extradición de los narcotraficantes, la confiscación de sus ingresos, activos y propiedades, y la extradición de ellos, para lo cual se prevé la ejecución en el territorio extranjero de trámites procesales en materia penal. La Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes, creada en 1972 por el Protocolo de Modificación de la Convención Única, es el organismo dependiente de las Naciones Unidas e independiente de los Estados miembros encargado de velar por la aplicación de las convenciones internacionales sobre estupefacientes y sustancias sicotrópicas.

          Durante el pontificado del papa Benedicto XVI el Vaticano elaboró una lista de siete nuevos pecados graves, entre los que están el tráfico y el consumo de drogas.

          La droga es una sustancia de efectos psicoactivos y, dependiendo de éstos, puede ser de tres clases: droga estimulante, droga alucinógena y droga hipnótica.

 

 

 

                         1) Drogas estimulantes.   Las drogas estimulantes  —que son la cafeína, el tabaco, el alcohol, el cannabis, la cocaína y las anfetaminas—  producen diversos grados de excitación del sistema nervioso central, con efectos de euforia, hiperactividad y confusión mental.

          De estas drogas unas son legales y otras están prohibidas.

          La cafeína está contenida en el café, en ciertas bebidas gaseosas, en el té, en la yerba mate y en otros preparados alimenticios. Sus efectos no son graves aunque sí perniciosos para la salud. El café se originó en Etiopía y Arabia hace cinco siglos. El té proviene de China y otros lugares de Asia desde tiempos antiguos.

          El tabaquismo es una vieja toxicomanía de origen americano que pasó a Europa a raíz de la colonización española y de allí se extendió a otros continentes. El tabaco contiene el alcaloide denominado nicotina, cuyos efectos sobre la salud humana son negativos.

          El alcohol etílico, proveniente de la fermentación de los hidratos de carbono, es otra de las drogas “suaves” de uso permitido y generalizado. Produce efectos distorsionantes sobre la personalidad y su consumo excesivo  —en su doble dimensión de alcoholismo y dipsomanía—  se ha convertido en un grave problema médico-social en algunos países del mundo.

          La toxicomanía denominada cannabismo es el consumo de los derivados del cáñamo índico o mariguana (cannabis sativa,variedad índica), que es una planta conocida en el extremo Oriente desde la más remota antigüedad. De sus hojas, ápices y semillas, que poseen una gran concentración de alcaloide, se obtienen diversos derivados: el cáñamo textil, los cigarrillos de marihuana, el polvo de marihuana (hachís), la resina (charas) y el aceite rojo, todos los cuales contienen como elementos psicoactivos los isómeros del tetrahidrocannabinol (THC). El consumo de ellos causa estados de euforia y excitación, atenuados en el caso del cáñamo textil, los cigarrillos de marihuana y el hachís, y agudos en los de la resina y el aceite rojo.

          La cocaína, originaria de ciertos países de Sudamérica cuyas sociedades indígenas utilizaron la planta de coca desde tiempos inmemoriales con propósitos medicinales y religiosos  —y aún la utilizan—  es el alcaloide activo extraído de las hojas de esa planta, que pertenece al género “erythroxylum”. El polvo de cocaína inhalado por la nariz o inyectado en la sangre en forma de solución es un poderoso estimulante que además produce alucinaciones y genera dependencia adictiva. El “crack” es una forma de preparación de la cocaína. Se lo puede fumar en pipa o cigarrillo. Por su costo relativamente bajo se ha vuelto muy extendida entre la juventud de Estados Unidos. La cocaína, en todas sus formas, está considerada como una droga “dura”.

          Siguiendo la tradición de los gobiernos bolivianos de defender la hoja de coca, como recurso económico de los campesinos, pero condenar la cocaína, como alcaloide activo extraído de esa planta a través de un proceso de refinación, la Constitución de Bolivia, aprobada en el referéndum celebrado el 25 de enero del 2009 por iniciativa del presidente Evo Morales, dispuso en su artículo 384 que “el Estado protege a la coca originaria y ancestral como patrimonio cultural, recurso natural renovable de la biodiversidad de Bolivia, y como factor de cohesión social; en su estado natural no es estupefaciente. La revalorizacón, producción, comercialización e industrialización se regirán mediante la ley”.

          Esta disposición constitucional fue inspirada por el presidente Morales, quien ejerció largamente la representación de los campesinos cultivadores de coca en la región del Chapare boliviano. Fue él quien propuso, como una de sus principales reivindicaciones, la libertad de cultivo de la planta de coca, que desde hace cinco mil años se había considerado por los aborígenes de las culturas precolombinas como una “planta sagrada” utilizada en ceremonias religiosas.

          En realidad, una cosa es la materia prima y otra el producto elaborado, puesto que, como lo demuestran los estudios hechos por la Organización Mundial de la Salud (OMS), la planta puede industrializarse para varios usos inofensivos.

          Finalmente, la “anfetaminomanía”, o sea la adicción a las anfetaminas, se ha extendido mucho a partir de la Segunda Guerra Mundial, en que solían los norteamericanos dar a sus soldados benzedrina para ayudarles a enfrentar la tensión y la fatiga de las batallas. Las anfetaminas son estimulantes sintéticos obtenidos por medio de procesos industriales químicos. Resultan menos caras y tienen efectos más prolongados en el organismo que la cocaína.

 

 

 

                         2) Drogas alucinógenas.   Son las que tienden a producir alucinaciones visuales, táctiles y auditivas y que crean mundos de fantasía para sus adictos. Su consumo constituye una de las formas más dramáticas y perniciosas de la drogadicción porque destruye la personalidad de los individuos. Bajo sus efectos ellos emprenden “viajes” de evasión de la realidad, durante los cuales generan percepciones de intenso tono emocional que tienen la misma vivencia que las reales.

         Los alucinógenos más conocidos son el LSD-25, el clorhidrato de fenciclidina, la mescalina, la psilocibina y las sustancias volátiles.

          El LSD-25 (dietilamida de ácido lisérgico) es un poderoso alucinógeno sintético que, aunque es considerado una droga “blanda” por ser poco adictiva, produce fuertes alucinaciones que en la mente del sujeto se funden con la realidad, de modo que éste no puede distinguir lo verdadero de lo fantástico. El “viaje” provocado por esta sustancia (de 100 a 250 microgramos) dura aproximadamente ocho horas.

          Fue descubierto en forma accidental por el químico suizo Albert Hoffman en 1938 cuando buscaba una sustancia estimulante del sistema circulatorio. Y empezó a ser utilizado en Europa en la segunda postguerra para tratar ciertos trastornos, como el alcoholismo crónico y anomalías sexuales, pero terminó por prohibirse su uso.

          El clorhidrato de fenciclidina (llamado vulgarmente “polvo de ángel”) es otro de los alucinantes sintéticos. Puede ser fumado, ingerido o inyectado. Tiene efectos anestésicos. Produce una privación sensorial, o sea una sensación de “desconexión” entre los procesos internos del sujeto y los estímulos exteriores. Es usado principalmente entre los jóvenes porque su precio es menos alto que el de otras drogas, pero tiene efectos muy negativos sobre la salud física, mental y emocional. Produce delirios, confusión y otros trastornos mentales.

          La mescalina es un alcaloide que se extrae del mescal y de otros cactus endémicos de México y del sur de Estados Unidos. Suscita una primera fase de excitación, alucinaciones, despersonalización y esquizofrenia. El sujeto experimenta una sensación de invulnerabilidad que con frecuencia le lleva a realizar acciones temerarias. Pero en la segunda fase le vienen síntomas de depresión en sus centros nerviosos que usualmente concluyen en actitudes esquizofrénicas o delirios paranoides.

          La psilocibina es otra droga alucinógena cuyos efectos psicoactivos son muy parecidos a los de la mescalina.

          Son sustancias volátiles el éter, el cemento de contacto, algunos derivados del petróleo, los vapores del benzeno, la acetona y otros. Ellas son utilizadas por los niños de la calle en algunas ciudades, como Bogotá y Río de Janeiro, para obtener efectos euforizantes y alucinatorios.

 

 

 

                         3) Drogas hipnóticas.   Las toxicomanías hipnóticas consisten en el consumo de drogas de efecto psicodepresor que actúan sobre el sistema nervioso central y producen sueño, analgesia, relajamiento, sensación de “flotación”. Dentro de las drogas hipnóticas están las opiáceas, las barbitúricas y las ansiolíticas. Las drogas opiáceas se sacan del opio y éste se extrae de las bayas verdes de la adormidera, planta herbácea de origen oriental que pertenece a la familia de las papaveráceas. De esta planta se extraen también varios alcaloides: la morfina, la codeína y la papaverina. De la morfina, a su vez, se produce la heroína, considerada como la droga dura por excelencia dados los peligrosos estragos que produce y su alto poder adictivo.

          Existen además, dentro del género de las drogas hipnóticas, las barbitúricas y ansiolíticas que son drogas sintéticas usadas para reducir las tensiones físicas y emocionales y los estados de ansiedad, dado que ellas ejercen una función depresora sobre el sistema nervioso central.

          En general, el consumo habitual de drogas estimulantes, alucinógenas o hipnóticas tiene efectos malignos sobre la salud de las personas y sobre la vida colectiva. Sus consecuencias médico-sociales son muy graves. El desgobierno personal, el abandono de los objetivos vitales, la evasión de la realidad, la alienación, la abulia, la incapacidad para el trabajo, la irresponsabilidad y otros trastornos graves de la conducta, que resultan del consumo de estas sustancias, tienen dañosas consecuencias de orden social que llevan a la esterilidad productiva, a la violencia y a la criminalidad. La mayor parte de las drogas causan adicción y esclavizan al ser humano. Cuando cesa su consumo o disminuye la dosis sobreviene el llamado síndrome de abstinencia cuyas consecuencias son terribles. La inquietud, la angustia, el desasosiego, la irritabilidad, la violencia criminal, trastornos graves en la salud y otros síntomas se apoderan del sujeto.

          Las drogas sintéticas  —éxtasis, metanfetamina, anfetamina y otras—  se fabrican con los precursores 3,4-metilenedioxifenil-2-propanona, seudoefedrina, efedrina, 1-fenil-2-propanona, ketamina, extraídos de los preparados farmacéticos lícitos que se venden en las farmacias para el tratamiento de enfermedades comunes. La seudoefedrina y la efedrina pueden obtenerse, por medios de fácil aplicación, de medicamentos convencionales. El safrol, que es un importante precursor utilizado en la fabricación de metilenedioximetanfetamina, se extrae de los aceites ricos que lo contienen, especialmente del aceite de sasafrás, que se utilizan en algunas industrias. De ahí que la comunidad internacional debe vigilar de cerca la comercialización de estos aceites y adoptar medidas para impedir la desviación de ellos hacia la fabricación ilícita de metilenedioximetanfetamina.

 

 

 

                         4) La vieja historia de la drogadicción.   Desde la más remota antigüedad el ser humano ha consumido sustancias que alteraban su sistema nervioso central. Lo hizo por rituales religiosos, motivos terapéuticos, estimulación, fuga de la realidad o fuente de placer. Probablemente fueron el alcohol y los opiáceos las primeras sustancias psicoactivas que consumió miles de años antes de nuestra era. Resultante de la fermentación de diversas frutas o mieles en vasijas de barro, el alcohol ha acompañado con su efecto estimulante al ser humano a lo largo de los tiempos. Los opiáceos  —procedentes del jugo de la adormidera—  fueron también muy antiguos y se utilizaron con fines curativos porque de ellos surge la morfina que adormece a sus consumidores o los conduce a los "dulces sueños" y les aleja de sus aflicciones. Y tres mil años antes de la era cristiana ya se conocía la adormidera en el Oriente Medio con fines curativos de diversos males y el cannabis sativa  —del que procede el cannabis—  se cultivaba en China hace cuatro mil años.

          Los Chibchas, que habitaron las tierras altas de la actual Colombia, probablemente fueron los primeros en cosechar la hoja de coca  —que inicialmente era una planta silvestre—  y esa práctica se trasladó después hacia el sur. En el siglo XV los incas la cosechaban en la región andina de América del Sur y la utilizaban como droga energizante o analgésica, con la cual también combatían la fatiga y los males de la acusada altitud geográfica.

          Afirma el jurista y profesor brasileño José Theodoro Correa de Carvalho  —autor del libro "Tráfico de Drogas" (2010)—  que "en Europa occidental el opio adquirió importancia terapéutica en el siglo XVI, después de los viajes del médico y alquimista suizo Paracelso, que difundió el uso de la 'piedra de la inmortalidad' para diversos fines en forma de láudano o tintura. En China era inicialmente consumido oralmente y como medicina. Después, en el siglo XVII, se hizo popular en aquel país el consumo de opio fumado. El consumo se incrementó de forma alarmante y la producción interna no era ya suficiente. Se estima que en el siglo XIX eran 16,2 millones los chinos adictos al opio fumado (6% de la población adulta). El intento de frenar el comercio del opio generó dos guerras sucesivas (1839-1842 y 1856-1858) entre Inglaterra y China, culminando con la derrota china y la obtención de una serie de privilegios por parte de Inglaterra, como la completa legalización del comercio de opio inindio y la pérdida de la administración de Hong Kong".

          El farmacéutico alemán Fiedrich W. Sertüner (1783-1841) fue quien en 1804 descubrió la morfina y su condición alcalina, y sustituyó con ella al opio en los tratamientos médicos. La denominó morfina en honor de Morfeo, el dios de los sueños.

          En 1859 el químico y farmacéutico alemán Albert Niemann (1834-1861) extrajo la cocaína de la hoja de coca y, después de su temprana muerte, fue el químico austriaco Wilhelm Lossen (1838-1906) quien continuó con las investigaciones y descubrió la fórmula química y los elementos del alcaloide. Fue entonces que la cocaína se abrió paso entre los consumidores europeos. El médico y neurólogo italiano Paolo Mantegazza (1831-1910) escribió un tratado sobre la coca, en el que describió sus efectos estimulantes y euforizantes y aconsejó el uso de ella para el tratamiento de las enfermedades nerviosas.

         El farmacéutico francés Angelo Mariani creó en 1863 una bebida tonificante con vino y extracto de coca  —la llamó vino Mariani—  que alcanzó un buen éxito comercial. Y en 1886 se creó una bebida llamada Coca-cola, cuya fórmula originaria contenía vino, extracto de hojas de coca, ácido fosfórico y una nuez africana cargada de cafeína, llamada cola. Su creador fue el farmacéutico norteamericano John Pemberton en la ciudad de Atlanta, Georgia, para aliviar el dolor de cabeza. Después se le suprimió el alcohol. Y un grupo de abogados, que compró la fórmula, convirtió a la bebida en un refresco para calmar la sed, que el comerciante norteamericano Joseph A. Biedenharn (1866-1952) lo vendía masivamente en su tienda de caramelos Biedenharn Candy Co. en Vicksburg, Mississippi, para lo cual decidió embotellarla en marzo de 1894. Y en 1899 los adjudicatarios exclusivos de la fórmula firmaron el primer contrato para embotellar la Coca-cola en todo el territorio estadounidense y también en La Habana y Panamá. Al fin de la década se habían instalado cerca de 400 plantas embotelladoras de esta bebida en Estados Unidos.

          La fórmula secreta de ella entró finalmente en 1887 al patrimonio de la empresa norteamericana The Coca-Cola Company, que desde entonces la guarda en la bóveda de un banco en la ciudad de Atlanta, Estados Unidos.

          Por 125 años la fórmula se mantuvo como uno de los secretos mejor guardados del mundo, hasta que en el programa de radio estadounidense "This American Life"  —que era uno de los más populares programas radiofónicos del mundo, retransmitido por más de 500 emisoras y escuchado por 2,1 millones de personas—  se afirmó que se había descubierto la fórmula original y secreta de la Coca-Cola, encontrada  —según dijeron—  en la emisión del 18 de febrero de 1979 del viejo periódico "Atlanta Journal Constitution" de la ciudad donde nació la bebida. Y expresaron que la fórmula contiene extracto fluido de coca, ácido cítrico, ácido fosfórico, cafeína y otros componentes edulcorantes y saborizantes.

          Pero la empresa negó la veracidad de esa información.

          En todo caso, ella es la única corporación en Estados Unidos autorizada para importar legalmente hoja de coca  —que es la materia prima de la cocaína—  y lo hace anualmente en más de cien toneladas de hoja de coca desde Perú y Bolivia para la fabricación de su producto.

 

 

 

                         5) Despenalización de la droga.   Las palabras despenalización y legalización son sinónimas en Derecho, pero prefiero usar la primera para evitar las connotaciones de “aprobación” o de “aceptación” del consumo a que pudiera dar lugar la segunda. La despenalización de la producción, comercialización y consumo de drogas ha sido y es materia de una ardiente polémica entre los “prohibicionistas” y los “despenalizadores”. El argumento maestro de los primeros es que la venta libre aumentaría el consumo y, en consecuencia, se profundizarían sus indeseables efectos sobre los individuos, las familias y la sociedad. En cambio, los otros arguyen que la prohibición ha sido la culpable de la impresionante prosperidad del sucio negocio de la droga porque no sólo que las amenazas legales de punición han demostrado tener muy poco efecto intimidatorio sobre los toxicómanos, de modo que los índices de consumo han aumentado incesantemente en todo el mundo, sino que además ha producido efectos secundarios muy graves  —criminalidad, gansterismo, corrupción, terror, violencia, narcoguerrilla, congestión de judicaturas y de cárceles—,  que han resultado aun más graves que los efectos primarios de su consumo.

          La proliferación de la droga degrada las sociedades. El dinero del narcotráfico costea sangrientas luchas armadas. Gigantescas mafias se levantan para corromper todo lo que tocan. Los gobiernos gastan cada año sumas incuantificables de dinero en operaciones represivas contra los productores, traficantes y consumidores, pero el fenómeno, que tiene una escala global, no da signos de rendirse. Al contrario, sus trágicas cifras de transacciones y consumo suben año por año.

          En el mundo de la clandestinidad, además, la aplicación de la droga por la vía intravenosa ha propagado el VIH/SIDA y la hepatitis. Se calcula que más del 5% de las infecciones de VIH está causado por agujas hipodérmicas infectadas.

          La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD) calculaba en el 2005 que la venta al menudeo de las drogas en el mundo alcanzaba la suma de 321.600 millones de dólares, que reportaban beneficios de alrededor de 94.000 millones para los traficantes.

          Milton Friedman, desde su obsesiva perspectiva del mercado y la competencia, aseguraba que la prohibición beneficia a los grandes carteles de la droga porque, al hacer del negocio una actividad proscrita y peligrosa, son ellos los únicos que pueden afrontar tan ingentes riesgos, por lo que el negocio “termina por quedarse en las manos de quienes tienen las organizaciones más grandes y preparadas: los carteles”.

          En el planteamiento represivo hay también un problema de ética y de justicia. Los grandes capos de la producción y del narcotráfico rara vez son atrapados. Quienes caen en las redes judiciales son las personas pobres  —las denominadas “mulas”—,  que son las portadoras de la droga al por menor. Ellas son los eslabones más débiles y visibles por donde la cadena se rompe. Resultan dramáticos los frecuentes casos de pasajeros de avión detenidos con las cápsulas de droga almacenadas en el estómago.

          Sin embargo, no hay que descartar que los prohibicionistas tengan parte de razón y que el levantamiento de la proscripción incremente el consumo, aunque no fue eso lo que ocurrió en Holanda con la tolerancia legal a las drogas blandas, donde el consumo y la mortalidad entre los adictos holandeses disminuyeron a partir de la despenalización; pero aun en ese caso no puede dejar de considerarse que las políticas prohibitivas han fracasado, como lo demuestra el aumento persistente del consumo.

          La frustración de estas políticas represivas se debe, en gran medida, a la creciente demanda de la droga en los grandes centros de consumo, que son Estados Unidos, Canadá y Europa. Mientras la demanda crezca, mientras los consumidores estén dispuestos a pagar lo que sea para conseguir la droga, el suministro se expandirá. Esta es una ley del mercado bajo el sistema capitalista. En tanto haya un bien fácil de producir, que tiene un precio tan desmesuradamente alto, los grandes márgenes de utilidad proveerán lo necesario para “lubricar” los canales de suministro de la droga.

          Nadie sabe esto mejor que los devotos del capitalismo.

          Si las cosas siguen como están, por el explosivo enriquecimiento de los carteles de la droga alrededor del planeta y la expansión de su poder político y económico, el mundo se encamina hacia un narcocapitalismo destinado a regir los gobiernos, las cuestiones económicas, los problemas financieros y las relaciones internacionales de los Estados.

          En la búsqueda de mayor seguridad y eficacia para sus negocios y sus agentes, los carteles han modificado su estructura en los últimos años. Ya no son organizaciones centralizadas bajo el mando de un capo todopoderoso  —con un andamiaje piramidal de poder—,  que sufrían una cierta fragilidad y peligro porque si apresaban o mataban al jefe toda su estructura se iba al suelo. Hoy son varios los capos que gobiernan o cogobiernan los carteles dentro de sus respectivos segmentos, en forma descentralizada, dentro de una estructura horizontal del poder mafioso.

          La modernidad ha entrado en los carteles de la droga, que responden mejor a la globalización de su negocio, favorecida por el rotundo fracaso de las políticas prohibicionistas.

          Y los gobernantes de los grandes países consumidores de droga generalmente guardan silencio sobre el tema, lo mismo que las organizaciones internacionales de las que forman parte. Nada han dicho al respecto el denominado Grupo de los 8 (G-8), que reúne a los países de mayor desarrollo económico  —Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Francia, Canadá, Japón, Italia y Rusia—,  ni el Grupo de los 20 (G-20), integrado por siete de los países más industrializados (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Italia y Japón) más Rusia, once países de economías emergentes (Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, China, India, Indonesia, México, Sudáfrica, Corea del Sur y Turquía) y la Unión Europea. Ellos han guardado silencio sobre un asunto de tanta trascendencia para el destino de la humanidad. 

          Los capos del >narcotráfico y del >narcolavado se han convertido en uno de los grandes poderes fácticos transnacionales de nuestro tiempo. Las cifras comerciales de sus negocios en escala mundial son mayores que las del petróleo y sólo inferiores a las del comercio de armas. Son, además, la mayor internacional política del mundo. Y sus éxitos económicos y políticos están íntimamente ligados a la prohibición. Los capos del tráfico de drogas saben muy bien que en la medida en que se mantengan las restricciones jurídicas el precio de su “mercancía” subirá y las ganancias serán mayores.

          Según el World Drug Report formulado en el 2005 por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD, en siglas españolas, y UNODC, en siglas inglesas), más de doscientos millones de personas en todo el planeta  —que representaban el 5% de la población mundial de entre 15 y 64 años de edad—  consumían drogas ilícitas en aquel año, lo cual representaba un crecimiento del 12% en el número de consumidores con relación al año anterior. De esta cifra, unos 161 millones de personas consumieron cannabis (cáñamo índico, usado como sustancia estupefaciente), 26,1 millones anfetaminas, 7,9 millones éxtasis, 13,7 millones cocaína, 10,6 millones heroína y 5,3 millones otras drogas derivadas del opio.

          En ese año la cocaína provenía principalmente de Colombia (50%), Perú (33%) y Bolivia (17%). Las seis mil hectáreas de cultivos de hoja de coca destruidas por las aspersiones de glifosato en Colombia hasta mediados del 2005 se vieron más que compensadas por el aumento de los terrenos sembradíos en Perú y Bolivia.

          La producción de cocaína comprende los siguientes pasos:

 

                1) siembra, cultivo y cosecha de la planta;

                2) producción de la primera pasta de coca;

                3) elaboración de la base de coca; y

                4) refinación de la base de coca para producir cocaína.

 

          Este proceso requiere de una gran cantidad de productos químicos que tienen que ser introducidos de contrabando para las faenas de refinación. Después vienen las fases de la transportación, exportación y comercialización.

          En su informe del 2008 la ONUDD afirmó que “en Perú y en Bolivia hubo un aumento en el número de hectáreas plantadas  —12,69 mil hectáreas peruanas y 5,07 mil hectáreas bolivianas—,  mientras que en Colombia hubo una reducción, pero el perfeccionamiento de las técnicas de cultivo, de variedades de la planta y el procesamiento de la coca en los laboratorios clandestinos hizo que esa disminución no fuese tan significativa”.

          Las cifras del International Crisis Group, correspondientes al año 2006, daban a Colombia una mayor participación en la producción de cocaína en el mundo. A pesar de la intensiva erradicación de los cultivos y de los decomisos de la droga, Colombia era el primer productor mundial de cocaína, con el 62% de la producción total; y Estados Unidos eran el principal consumidor de drogas ilícitas del hemisferio occidental y el mayor mercado para la cocaína andina. John Walters, director de la Oficina Antinarcóticos de Washington, reconoció en febrero del 2008 que el flujo de droga de Sudamérica hacia su país alcanzó en el 2007 la cifra de 1.421 toneladas, que representaba un incremento del 40% con relación a la cifra del 2006, a pesar de la subida de los precios callejeros de la cocaína, de la disminución de su pureza y de la intensificación del control e interdicción ejercidos por los organismos especializados norteamericanos y sudamericanos en las tres primeras etapas de la oferta: el cultivo, el procesamiento y el tránsito.

          Cifras de la ONUDD del año 2009 señalaron un cambio: Perú se convirtió en el primer productor mundial de hoja de coca, superando a Colombia. Con 119.000 toneladas métricas, Perú produjo en ese año el 45,5% de la hoja de coca en la región andina, en tanto que Colombia bajó al 39,3% con sus 103.000 toneladas métricas.

          En cambio, el cultivo de la adormidera y la elaboración del opio se dieron principalmente en Afganistán, cuya producción aumentó en el 17% en el año 2004, y en Birmania. Afganistán se ha convertido en un “narco-Estado”: en el año 2004 suministraba el 87% del opio del mundo y su tráfico representaba más del 60% de su producto interno bruto. Otro lugar importante en el cultivo de la adormidera es el denominado ‘‘triángulo dorado’’ formado por Laos, Myanmar y Tailandia. No obstante, la mayor productividad en los cultivos de esta planta se ha alcanzado en Afganistán  —45 kilos por hectárea—,  donde los estragos de la guerra y la pobreza la han convertido en uno de los pocos medios de trabajo y de subsistencia para un amplio sector de campesinos. Marruecos  —seguido de lejos por Afganistán y Pakistán—  es el principal productor y exportador mundial de resina de cannabis, que es la droga más consumida en el planeta. En cambio, las drogas sintéticas  —especialmente las anfetaminas, meta-anfetaminas y éxtasis—,  que son las segundas de mayor consumo en el mundo, provienen de los laboratorios de los países industrializados, cuya producción llegó a 422 toneladas en el 2005.

          Según el Informe Mundial de la ONUDD presentado en Viena el 2013, Afganistán conservaba su posición como el primer productor de opio del mundo  —con el 74% de la producción ilícita global—  a pesar de sus malas cosechas de la adormidera en aquellos años.

          El cultivo de mariguana no es, como generalmente se cree, un negocio exclusivo de algunos países del mundo subdesarrollado. Según informaciones publicadas en Estados Unidos a finales del 2006, los granjeros norteamericanos de California, Tennessee, Kentucky, Hawaii, Washington, North Carolina, Florida, Alabama, West Virginia y Oregon cultivaron más de 56,4 millones de plantas de mariguana al aire libre y 11,7 millones de plantas bajo techo, y cosecharon en ese año más de 22,3 millones de libras de mariguana, que representaron un valor de 35,8 billones de dólares. A pesar de todos los esfuerzos desplegados por las agencias del gobierno para erradicar esos cultivos, la producción se ha incrementado en los últimos 25 años de 1.000 toneladas métricas (2,2 millones de libras) en 1981 a 10.000 toneladas métricas (22 millones de libras) en el 2006, según estimaciones del gobierno federal. Desde el año 1982 al 2005 el Drug Enforcement Administration’s Domestic Cannabis Eradication/Suppression Program (DCESP) erradicó más de 103 millones de plantas de mariguana. En doce de los estados norteamericanos la mariguana es el cultivo más rentable y en treinta estados es uno de los tres primeros cultivos. Las tierras sembradías de mariguana son más extensas que las de algodón en Alabama; de uvas, legumbres y heno juntas en California; de maní en Georgia; y de tabaco en Carolina del Norte y Carolina del Sur. Lo cual significa que, a pesar de todos los esfuerzos de erradicación emprendidos por el gobierno, la mariguana ha formado parte de la economía norteamericana durante el último cuarto de siglo. Esto hará pensar a los líderes de ese país en la necesidad o conveniencia de legalizar su consumo.

          Las anfetaminas son una droga de producción artificial que tiene un gran poder estimulante. Aparecieron en Alemania a finales del siglo XIX cuando se sintetizó la llamada benzedrina para tratar el asma, los desórdenes del sueño y la hiperactividad. El primero en hacerlo fue el químico alemán Lazar Edeleano en 1887, quien la denominó phenylisopropylamine. Más tarde, el fármaco se vendió libremente y fue consumido por trabajadores, atletas y estudiantes para combatir la fatiga. Se lo empleó también para suprimir el apetito y lograr la baja de peso. El uso médico experimental de las anfetaminas comenzó en los años 20 del siglo pasado. A finales de esa década se vendieron en las farmacias bajo la forma de benzedrina y dexedrina para administración oral, nasal o intravenosa. Posteriormente fueron usadas por estudiantes y camioneros para vencer el sueño. Pero la Food and Drug Administration (FDA) de Estados Unidos, en atención a los abusos de la benzedrina, decretó en 1959 su venta bajo prescripción médica, lo cual abrió un creciente expendio ilícito, cada vez más extendido, para dotar a sus consumidores de mayor resistencia física, potencia sexual, euforia, concentración mental, locuacidad, bienestar, autoconfianza, autoestima, sensación de omnipotencia y otros efectos psicoactivos.

          Durante la Segunda Guerra Mundial los mandos militares aliados suministraron a los soldados anfetaminas para superar el cansancio y obtener así un mejor rendimiento en combate. Se dice que los kamikazes japoneses ingerían también altas dosis de anfetaminas antes de estrellar sus aviones contra objetivos enemigos.

          Las severas restricciones legales de hoy han convertido a las anfetaminas en cara y atractiva mercancía de transacción en el mercado negro de las drogas bajo los nombres callejeros de speed y uppers. Lamentablemente ellas vienen adulteradas con efedrina, cafeína o fenilpropanolamina y mezcladas con talco o pasta de yeso.

          El éxtasis es el derivado de la anfetamina más extendido como droga estimulante ilícita.

          Las Naciones Unidas han abordado el problema global de la droga en diferentes planos y tienen varios organismos especializados que trabajan en este campo: la Comisión de Estupefacientes, que es la principal entidad intergubernamental de diseño de políticas antidroga; la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE), compuesta por trece expertos elegidos por el Consejo Económico y Social de la ONU, que supervisa el cumplimiento de los tratados de fiscalización internacional de drogas; el Programa de las Naciones Unidas para la Fiscalización Internacional de Drogas (PNUFID), que presta asistencia técnica a los gobiernos para el combate contra el narcotráfico y sus actividades conexas; el Centro de Prevención del Delito Internacional (CPDI), que es la entidad encargada de la prevención del delito y de la justicia penal; la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD), que promueve programas de cooperación técnica y que presenta anualmente un informe detallado del movimiento de la droga en el mundo.

          Por medio de ellos las Naciones Unidas fiscalizan la producción y distribución de alrededor de ciento diez y seis sustancias estupefacientes (opio y sus derivados, morfina, codeína, heroína, cannabis, cocaína y drogas sintéticas como la metadona y la petidina) y ciento once sustancias sicotrópicas, que en su mayor parte son productos farmacéuticos, que actúan sobre el sistema nervioso central y tienen efectos alucinógenos, estimulantes o depresores.

          La Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE) ha formulado la lista de las materias primas e insumos utilizados en la fabricación ilícita de estupefacientes y sustancias sicotrópicas sometidos a fiscalización internacional de acuerdo con la Convención de las Naciones Unidas de 1988. En la lista constan: ácido N-acetilantranílico, ácido lisérgico, anhídrido acético, efedrina, ergometrina, ergotamina, 1-fenil-2-propanona, Iisosafrol, 3,4-metilendioxifenil-2-propanona, metilendioxifenil, norefedrina, permanganato potásico, piperonal, seudoefedrina, acetona (2-propanone), ácido antranílico, ácido clorhídrico, ácido fenilacético, ácido sulfúrico, éter etílico, metiletilcetona, piperidina, tolueno.

          La ONUDD, en su informe mundial del año 2013, puso especial atención en el crecimiento de la producción y el consumo de drogas de tipo anfetamínico y de las nuevas sustancias psicoactivas (NSP), cuya variedad aumentó de 166 productos a finales del 2009 a 251 a mediados del 2012. Afirmó que las NSP son una amenaza para la salud pública. Causan convulsiones, derrames cerebrales, asfixia, traumas cardíacos, alucinaciones, paranoía y otros desarreglos físicos y psíquicos graves. Las NSP comprenden numerosos productos nuevos y, por tanto, no reglamentados por las autoridades de control, que se producen especialmente en países de industrias químicas y farmacéuticas avanzadas de Europa, América del Norte, Asia oriental y sudoriental y el Oriente Medio. Son sustancias nuevas que se comercializan como si fueran inocuas y burlan los controles y fiscalización de los entes estatales. La ONUDD sostuvo que en la Unión Europea el número de nuevas sustancias psicoactivas identificadas aumentó de 14 en el año 2005 a 236 en el 2012. Las principales eran: cannabinoides sintéticos, fenetilaminas, salvia divinorum, ketamina, piperazinas, catinonas sintéticas, mefedrona, triptamina, kratom y otras.

          En su informe mundial del 2014, presentado en Viena el 26 de junio de ese año, la ONUDD formuló una serie de consideraciones y advertencias. El consumo de drogas en el mundo se mantenía estable, con alrededor de 243 millones de consumidores, de los cuales 27 millones se consideraban drogadictos "problemáticos". Las drogas más letales eran el opio y sus derivados. Se duplicó el número de sustancias químicas de última generación para la elaboración de drogas sintéticas —más difíciles de rastrear que las de origen vegetal—especialmente en los laboratorios clandestinos de Estados Unidos  y  México.  Surgieron  mercados  virtuales  de  droga  en  internet   —la denominada red oscura—,  en los que se usaba la moneda electrónica <bitcoin para encubrir las operaciones y cuyos propietarios, usuarios y agentes ocultaban su identidad con muy sofisticados métodos

          En el mencionado documento la ONUDD insinuó, por primera vez, la posibilidad futura de despenalizar el consumo de estupefacientes para facilitar el tratamiento y rehabilitación de los adictos y descongestionar las cárceles del mundo.

          La ONUDD señaló que, por tercer año consecutivo, Afganistán era el país donde se cultivaba la mayor cantidad de adormidera  —de la que se extrae el opio—,  cuya superficie de cultivo se incrementó de 154.000 hectáreas en el 2012 a 209.000 un año después. Afganistán producía en el 2014 alrededor del 80% del opio que se comercializaba en el mundo. Reiteró que la mayor producción mundial de cocaína se concentraba en Colombia, Perú y Bolivia, aunque las áreas de cultivo se habían reducido por las políticas de erradicación aplicadas por sus gobiernos. Reafirmó que el cannabis  —marihuana—  seguía siendo la droga más apetecida en el planeta  —con 177 millones de consumidores—  debido a que se la ha considerado menos peligrosa que las otras drogas.

          En su informe del 2014 afirmó la ONUDD que la superficie global de cultivo de adormidera alcanzó un récord mundial: 296.720 hectáreas, de las que el 80% pertenecían a Alganistán, el primer productor mundial de opio. En cambio, las plantaciones de coca se redujeron en ese año a 133.700 hectáreas, localizadas principalmente en Perú, Colombia y Bolivia. Colombia, con un descenso del 25%, fue el país que más erradicó los cultivos de coca mediante sus fumigaciones químicas, seguida de Bolivia con el 6,9% y Perú el 3,3%.

          Sin embargo, para hacer frente a las políticas oficiales de erradicación, los carteles de la droga han mejorado el rendimiento y la productividad de sus negocios.

          Se han celebrado numerosos tratados y convenciones internacionales sobre la producción, tráfico y consumo de drogas ilícitas, como la Convención Única sobre Estupefacientes de 1961, el Convenio sobre Sustancias Sicotrópicas de 1971 y la Convención de las Naciones Unidas contra el Tráfico Ilícito de Estupefacientes y Sustancias Sicotrópicas de 1988. Y, en función de tales instrumentos internacionales, se han desarrollado programas específicos para combatir el flagelo de la droga, entre ellos el Programa Mundial de Vigilancia de los Cultivos Ilícitos aplicado en Afganistán, Laos, Myanmar, Bolivia, Colombia y Perú; el Programa Mundial de Evaluación para desplegar estrategias de prevención, tratamiento y rehabilitación de los afectados por el uso de drogas; y el Programa de Asistencia Jurídica que ofrece ayuda a los gobiernos en la elaboración de leyes antidrogas y capacitación de funcionarios judiciales.

          Pero todos estos programas y acciones han fracasado en términos de resultados. Lo dicen las cifras. Y creo que hay razones suficientes para intentar un cambio de rumbo y ensayar políticas alternativas. La despenalización de la producción, comercialización y consumo de drogas podría ser un mal menor. Una suerte de <estado de necesidad obliga a causar un daño para evitar otros mayores. No está en discusión la conveniencia o inconveniencia del consumo. Ciertamente que la adicción a la droga destruye física, psicológica, afectiva y moralmente a las personas y con ello causa grave quebranto a las sociedades. Hay drogas que en el lapso de un lustro pueden liquidar a un ser humano. Lo que se discute es si han fracasado o no los arbitrios jurídicos y policiales empleados por los Estados para combatir este mal y si la despenalización pudiera ser un método más eficaz para controlarlo o disminuirlo. Los resultados de las políticas tradicionales son evidentes: a pesar de todas las prohibiciones y sanciones  —y del enorme y costosísimo andamiaje nacional e internacional que se ha levantado para hacerlas efectivas—  el tráfico y consumo de estupefacientes y sustancias sicotrópicas crecen indeteniblemente; con la circunstancia agravante de que alrededor de ellos se ha montado un gigantesco aparato multinacional de violencia, crimen y corrupción que mueve cifras escalofríantes de dinero. Esta es la discusión. No es una discusión ética sino política. Lo que importa es saber si los gobiernos tienen la capacidad real para reprimir el narcotráfico o han sido desbordados por éste. Y la respuesta es clara: los resultados de las políticas de represión han sido absolutamente magros en términos de fumigación y destrucción de los terrenos sembradíos, inutilización de laboratorios, destrucción de aeropuertos clandestinos, captura de drogas, incautación de bienes, embargo de activos y detención y castigo de los “barones” del narcotráfico y del narcolavado. Han surgido nuevos carteles, se ha acentuado su poder de corrupción sobre los mandos políticos, judiciales y policiacos, los narcotraficantes han aprovechado las modernas tecnologías mucho más rápidamente que los organismos estatales de represión. La presencia de los >paraísos fiscales, donde los capos de la droga pueden blanquear y reciclar sus utilidades, ha asegurado su impunidad y favorecido el éxito de sus negocios sucios.

          El Centro de Cooperación Internacional (Center on International Cooperation) de la Universidad de Nueva York, que trabaja en el apoyo a las soluciones de las crisis humanitarias del mundo, sostiene en un informe de febrero del 2008, con relación a los esfuerzos norteamericanos para extirpar la adormidera en Afganistán  —con la mira de privar a la insurgencia talibán de la financiación para sus actividades armadas—,  que “la erradicación de la amapola no reduce la cantidad de dinero de droga disponible para financiar la insurgencia, el terrorismo y la corrupción. Por el contrario, la erradicación eleva el precio del opio, con lo cual hay más dinero disponible para la insurgencia, y se insta a los cultivos a migrar hacia áreas más remotas”. Sobre el mismo tema, el International Crisis Group, en su Informe Nº 26 sobre América Latina de marzo del 2008, sostiene que “varios funcionarios (norteamericanos) admiten en privado que la política de desalentar a los campesinos bolivianos, colombianos y peruanos para que no cultiven coca no ha sido exitosa y no ha impedido que los narcotraficantes sostengan el flujo de cocaína hacia Estados Unidos”. Tampoco el control de la permeabilidad de la frontera con México  —por la que ingresa la mayor parte de la cocaína andina al mercado estadounidense—  ha sido eficaz, como no lo han sido los controles europeos. En el 2008 Europa fue el mercado de consumo de cocaína de más rápido crecimiento en el mundo. Los principales países consumidores por esos años eran España, Inglaterra, Italia y Dinamarca. En tales condiciones, resulta inevitable concluir que los controles del cultivo, la producción, la refinación, el transporte, la comercialización y el consumo no han sido eficientes en Estados Unidos, Europa y América Latina para bajar los índices del narcotráfico y de todas sus deplorables consecuencias sociales. Lo cual fortalece la tesis de que la despenalización de la droga es el único camino que queda para anular el poder corruptor de los carteles del narcotráfico.

          Es razonable entonces esperar que la despenalización pueda desmontar los carteles de la droga, desbandar el crimen organizado, disolver los grupos armados que se financian con el dinero del narcotráfico y desmantelar las terribles redes de corrupción en la que están inmersos gobernantes, jueces, políticos, partidos, candidatos, militares, policías, periodistas y círculos financieros. La despenalización debe comprender no solamente el consumo sino también la producción y la comercialización. Puede ser total o parcial, es decir, abarcar todo tipo de drogas o solamente las denominadas drogas blandas. Y, por supuesto, para que sea eficaz no debe ser implantada en un solo país sino que debe ser una operación transnacional.

          Con la permisión terminarían las descomunales ganancias de los carteles, el lavado de narcodólares, los sobornos a las autoridades, la corrupción de jueces y ministros, el gansterismo, el cohecho de militares y policías, la compra de conciencias de los dirigentes de opinión, el tráfico de armas, el financiamiento a las narcoguerrillas y las aportaciones dinerarias a partidos y a políticos a cambio de la impunidad. Es presumible, además, que disminuiría el consumo de la juventud si se esfumara el hálito de aventura y la atracción de lo prohibido que hoy tienen la consecución y el consumo de la droga. Al menos eso fue lo que ocurrió en Holanda desde que se permitió fumar marihuana en los cafés. Desapareció la “magia” de lo vedado.

          A partir del 1 de septiembre del 2003 Holanda se convirtió en el primer país del mundo en autorizar el expendio de marihuana, bajo receta médica, para tratar a pacientes de ciertas enfermedades incurables y dolorosas, como el cáncer, el sida, la esclerosis múltiple o el síndrome de Tourette, y en permitir el consumo de drogas blandas en sus coffee-shops, donde puede venderse un máximo de cinco gramos de cannabis por persona al día.

          La ley holandesa se orienta principalmente hacia la prevención del consumo de drogas y hacia la reducción de sus riesgos individuales y sociales. Para ello establece diferencias entre el cannabis y las drogas duras en función del daño para la salud del consumidor. Prohíbe y castiga la producción, comercialización y consumo de heroína, cocaína, éxtasis y anfetaminas mientras que permite los de marihuana y hachís, que causan mucho menos problemas a la salud, en las dosis previstas. La política antidrogas holandesa, en aplicación de la ley, ofrece ayuda a los adictos para su desintoxicación y convalecencia de sus condiciones físicas, psíquicas y emocionales. Los consumidores se sienten muy inclinados a aceptar esta ayuda ya que no temen persecconvalecimientouciones policiales ni judiciales, ni la estigmatización a la que en otros países lleva el consumo de drogas. Lo cual se complementa con la información que se imparte en las escuelas y centros de educación sobre las inconveniencias del consumo de alcohol, nicotina y sustancias estupefacientes, que crea dañosas dependencias.

          Pero en Suiza las cosas fueron diferentes. Como es usual en su sistema democrático, los ciudadanos suizos acudieron a las urnas el 30 de noviembre del 2008 para decidir, mediante referéndum, sobre la iniciativa propuesta por los partidos de la izquierda  —con la militante oposición de los partidos de la derecha—  de despenalizar el consumo y posesión del cannabis bajo el control estatal de la producción y venta de los productos derivados de esa planta. Se estimaba en ese momento que en Suiza cerca de medio millón de personas fumaba permanente o esporádicamente alguno de los productos derivados del cannabis. Los resultados de la consulta popular fueron elocuentes: el 63,2% de los votos fue contrario a la despenalización del cannabis. Y no sólo eso, sino que además el 68% de los ciudadanos se pronunció por el endurecimiento de la ley federal de estupefacientes, considerada demasiado permisiva y blanda.

          El parlamento de Uruguay aprobó el 10 de diciembre del 2013  —por iniciativa del gobierno del presidente José Mujica—  la despenalización de la producción, cultivo, cosecha, almacenamiento, comercialización, distribución y consumo de marihuana, bajo control estatal. Los consumidores, para poder comprar el cannabis en las farmacias o cultivarlo individualmente  —a razón de seis plantas autorizadas por cada cultivador para su autoconsumo—,  requieren la previa autorización del Instituto de Regulación y Control del Cannabis (IRCCA) y deben ser mayores de edad, residentes en el país y estar registrados en el sistema estatal de datos, que garantiza la reserva de la información.

          Bajo la autorización de la mencionada entidad pública, se pueden también formar clubes de consumidores para sembrar, cultivar y cosechar el cannabis para consumo de sus miembros, con los límites ya señalados: seis plantas por cada integrante del club.

          Sin embargo, la despenalización del consumo de esta droga no impide a la autoridad pública promover campañas de información, educación y prevención sobre los negativos efectos psicoactivos de ella, sobre el tratamiento, rehabilitación y reinserción social de los consumidores problemáticos y sobre la protección de la población ante los peligros del narcotráfico y el crimen organizado.

          El cannabismo es el consumo de los derivados del cáñamo índico (cannabis sativa, variedad índica) o marihuana, que es una planta conocida en el extremo Oriente desde la más remota antigüedad, de cuyas hojas, ápices y semillas, que poseen una gran concentración de alcaloide, se obtienen diversos derivados: el cáñamo textil, los cigarrillos de marihuana, el polvo de marihuana (hachís), la resina (charas) y el aceite rojo, todos los cuales contienen como elementos psicoactivos los isómeros del tetrahidrocannabinol (THC).

          El consumo de ellos causa estados de euforia y excitación, atenuados en el caso del cáñamo textil, los cigarrillos de marihuana y el hachís, y agudos en el de la resina y el aceite rojo.

          El cáñamo índico, llamado también marihuana  —palabra que procede de la lengua nahuatl de los indios que habitaron la altiplanicie mexicana antes de la conquista española—,  es una planta de la familia de las cannabáceas que tiene atenuadas propiedades hipnóticas y estupefacientes.

          En cualquier caso, la política a seguir en el mundo, en la dirección de la despenalización, debe ser muy parecida a la diseñada para enfrentar los problemas del alcoholismo y del tabaquismo, que afectan al 30% de la población mundial. Las farmacias, bajo prescripción médica, venderían las dosis de droga demandadas por los adictos a ella, salvo a menores de edad y mujeres embarazadas. Sería un comercio regulado y vigilado. El producto estaría sometido a control de calidad para evitar las adulteraciones y detener con ello las oleadas de muertes provocadas por la ingestión, aspiración, masticación o inyección de drogas mistificadas, que son las que se venden en el mercado negro. El precio de la droga legalizada sería mucho menor que el de la droga clandestina, lo cual disminuiría la cantidad de delitos graves o leves cometidos por los drogadictos para financiar su vicio. Una adolescente adicta no tendría que vender su cuerpo para conseguir la droga ni un muchacho se vería tentado a asaltar a un transeúnte para procurarla, porque podrían comprarla en la farmacia a precios razonables. Y, en consecuencia, los adictos a las drogas, que no son delincuentes sino un enfermos, tendrían ciertas garantías de las que carecen bajo el régimen prohibicionista. El nuevo sistema prevendría, además, que los consumidores de cannabis establecieran relación con traficantes ilegales, con grave riesgo de entrar en las drogas duras. Estaría absolutamente vedada la promoción publicitaria del consumo de estupefacientes. Al contrario, se instrumentarían sistemáticas campañas disuasivas, como se hace con el cigarrillo o con las bebidas alcohólicas. El Estado participaría de los impuestos sobre las ventas de droga y las recaudaciones servirían para financiar las campañas publicitarias contra el consumo, los programas de rehabilitación de los drogodependientes y la aplicación de métodos para superar los síndromes de abstinencia de quienes hubieren abandonado las drogas.

          La despenalización terminaría con el financiamiento y la logística de los movimientos originalmente guerrilleros que se convierten después en la guardia de choque o el ejército privado de los carteles del narcotráfico para proteger sus cultivos, sus laboratorios de refinación y sus redes de distribución.

          Bajo el actual orden de cosas las narcoguerrillas han tenido un motivo pragmático y otro ideológico para colaborar con los carteles del narcotráfico: de un lado, han obtenido los recursos económicos para financiar la compra de armas y las actividades subversivas; y, de otro, la droga les ha ayudado a destruir lo que los narcoguerrilleros quieren destruir: el Estado capitalista.

          Al fin y al cabo, el uso de la droga como arma de destrucción masiva no es un fenómeno nuevo: se dio en gran escala durante la >guerra fría. La droga se convirtió en arma mortífera del bloque soviético contra algunas de las sociedades de Occidente, que contribuyó a debilitarlas. Por eso los países del frente marxista alentaron y promovieron el tráfico de narcóticos hacia las potencias capitalistas.

          Sin embargo, personas que conocen el tema sostienen que en el futuro habrá un cambio fundamental en el negocio de la droga. La producción de anfetaminas crecerá en tanto que bajará la de drogas naturales. Es previsible que la venta y consumo de los cristales de anfetamina y meta-anfetamina  —drogas baratas y fáciles de fabricar, muy eficaces para los fines placenteros y creativos que persiguen sus consumidores—  se incrementen en perjuicio de las drogas tradicionales y que la composición del negocio global cambie por completo. Los cultivos de coca en Colombia y los campos de adormidera en Afganistán quedarán abandonados. Las drogas provendrán de los laboratorios y talleres de los países industriales. Los intermediarios clandestinos desaparecerán. Entrarán en bancarrota los clásicos barones del narcotráfico. Las drogas se volverán más seguras pero su consumo aumentará.

          Según afirmó en el 2005 Peter Schwartz, presidente del Global Business Network, las drogas sintéticas podrán ser fabricadas “en el garage o en el sótano con materiales que pueden adquirirse localmente” y su distribución “no requerirá de intermediarios ni de un ejército de transportistas”. El mundo irá hacia la producción industrial de “drogas personalizadas” que se adecuen a las necesidades de cada consumidor, es decir, a su propio cuerpo, a su propia química. La industria del placer progresará. Los efectos colaterales negativos de la droga serán morigerados. Podrán ser controlados los impulsos adictivos. El uso de las drogas artificiales será jurídicamente reglamentado. Los productores caerán en la cárcel por evasión de impuestos antes que por fabricación de ellas.

          Como antes dije, la ONUDD, en su informe mundial presentado en Viena el 26 de junio del 2014, insinuó por primera vez la posibilidad futura de despenalizar el consumo de estupefacientes para facilitar el tratamiento y rehabilitación de los adictos y descongestionar las cárceles del mundo.

 
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