doctrina Monroe

          James Monroe (1758-1831) fue el quinto presidente de Estados Unidos. Gobernó desde 1817 hasta 1825. Como delegado del presidente Thomas Jefferson fue en 1803 el negociador para la adquisición de Louissiana a Francia. En 1819, como Presidente, compró Florida a España. En su mensaje anual al Congreso Federal, el 2 de diciembre de 1823, expresó dos ideas básicas de política internacional, que después se conocieron como doctrina Monroe: la de que para los Estados Unidos no era admisible forma alguna de coloniaje europeo sobre América, la mayor parte de cuyos países acababan de conquistar su independencia, y la de que sería rechazada cualquier intervención extracontinental sobre ellos.

            Estas ideas nacieron de dos situaciones concretas. La una fue la pretensión de Rusia sobre el territorio sur de Alaska y, la otra, la amenaza de los monarcas de la poderosa santa alianza, compuesta por Rusia, Prusia y Austria, en cumplimiento de las resoluciones del congreso de Troppau reunido en 1820, de enviar tropas a las costas americanas a fin de reconquistar para España las excolonias que habían alcanzado poco tiempo antes su emancipación.

          Estas dos situaciones comprometían profundamente los intereses norteamericanos.

          En esas circunstancias, el presidente Monroe afirmó en su mensaje que “de ahora en adelante los continentes americanos no deben ser considerados como posibles objetos de una futura colonización por cualquiera de los países europeos” y añadió, con relación a los Estados que habían declarado y mantenido su independencia, que “no podríamos imaginar la interposición de un Estado europeo tendiente a oprimirlos, o a controlar de cualquier otra manera su destino sino como una forma de manifestar una disposición poco amistosa hacia los Estados Unidos”.

          A partir de esa fecha se abrió una intensa y, por momentos, dura polémica en torno a los conceptos del presidente Monroe. Para unos fue un acto noble de protección de los entonces débiles Estados que acababan de surgir a su vida independiente y sobre los cuales se cernían peligrosas amenazas de intervención extracontinental. Ellos saludaron entusiastas la tesis de América para los americanos que, en su concepto, estaba involucrada en el planteamiento de Monroe. Para otros, en cambio, fue una temprana manifestación del naciente >imperialismo norteamericano, deseoso de usufructuar los recursos naturales de los países latinoamericanos sin interferencias europeas. Ellos acuñaron entonces una frase para significar eso: América para los norteamericanos.

          El pensamiento de Monroe fue ratificado más tarde, en 1845, por el presidente James Knox Polk de los Estados Unidos en su mensaje ante el Congreso Federal: “...de modo que todo el mundo debe saber claramente  —dijo—  cuál es la política que nos hemos fijado, a saber: impedir que pueda ser instituida y formada en cualquier parte del Continente americano, sin nuestro consenso, una colonia cualquiera o una dependencia europea cualquiera...”

          Nunca quedó totalmente clara la intención de Monroe. Por eso es que se ha discutido largamente, desde entonces, si lo que quiso decir fue que los Estados Unidos reconocen y respetan las soberanías de los Estados latinoamericanos, recientemente incorporados a la vida independiente, y las harán respetar de las potencias europeas; o si su idea fue la de establecer una amplia esfera geopolítica de influencia de los Estados Unidos sobre los países situados al sur del Río Grande, como lo interpretó el presidente Buchanan en 1857, en el curso de su mensaje al Congreso.

          Muchos creen que, en realidad, la intención de Monroe no fue la de formular una doctrina. El diplomático y político colombiano José María Torres Caicedo dijo hace más de un siglo que al presidente norteamericano le habían hecho decir cosas que no dijo, le atribuyeron teorías que jamás formuló y le convirtieron en apóstol de dogmas que no reveló. Lo que el diplomático colombiano quiso decir es que fueron los sucesores de él quienes, al interpretar sus palabras, forjaron la doctrina Monroe y le dieron el contenido expansionista con que se la conoció después.

          Henry Kissinger, el exsecretario de Estado norteamericano, sostiene en su libro “Diplomacy”, que la doctrina Monroe adquirió su interpretación más “intervencionista” con el gobierno del viejo Roosevelt, quien la identificó con las peores ideas imperialistas que a la sazón estaban en boga en el mundo. En lo que el presidente norteamericano llamó “corollary” de esa doctrina, proclamó el 6 de diciembre de 1904 el derecho general de intervención de los Estados Unidos en el hemisferio occidental en todos los casos en que las “cosas no se hagan bien”.

          Los adversarios de esta doctrina en América Latina hablaron de >monroísmo, tomando un término acuñado por el líder aprista peruano Víctor Raúl Haya de la Torre (1895-1979), para significar la conducta imperialista de los Estados Unidos sobre las tierras que se extienden del río Grande hacia el sur.

          El monroísmo, combinado con la doctrina del <destino manifiesto, inspiró la política expansionista de los Estados Unidos durante el siglo XIX y principios del XX. La compra de Louissiana a Francia, la adquisición de Florida a España, la anexión de California, la guerra contra México, la incorporación de Texas, la intervención en Cuba, la retención de Guam y Puerto Rico, el protectorado económico sobre la República Dominicana, la promoción de la independencia panameña, la construcción del canal de Panamá, la anexión de Hawai y varios otros actos de intervención en lo que el viejo Roosevelt consideraba la “sphere of influence” de los Estados Unidos, se deben a las ideas de Monroe o, al menos, a la interpretación que de ellas hicieron presidentes, políticos e intelectuales posteriores.

 
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