división internacional del trabajo

          Del traslado del concepto de <división del trabajo a la vida de relación entre los Estados nació la teoría de la división internacional del trabajo, que sostiene que los entes políticos cumplen funciones diferentes en el proceso de la producción mundial, de acuerdo con sus distintas condiciones de producción y disponibilidad de recursos. Desde los tiempos de Adam Smith, David Ricardo y John Stuart Mill se vislumbró este fenómeno. Ricardo elaboró su teoría de los costes comparativos para explicarlo en el comercio internacional y J. S. Mill la completó con su tesis de que cada país produce las mercancías en que tiene ventaja con relación a los otros. Esta ventaja se origina en la diversidad de aptitudes productivas entre los países. Es la denominada “ventaja comparativa”. La tienen los que disponen de mejores condiciones  —y, por tanto, costes menores—  para la producción de determinados bienes.

          Consecuentemente cada país tiende a especializarse en la producción y comercialización de las mercancías que le ofrecen mayores ventajas comparativas y, a cambio de ellas, importa las que se producen a costes más bajos en otros. Este movimiento de especialización a escala producirá costes decrecientes en los países productores a medida que incrementan el volumen de producción. Lo cual aumenta sus ventajas comparativas en el intercambio de una cierta clase de productos.

          Durante la primera etapa de la >revolución industrial se marcó tajantemente esta diferencia. Unos Estados  —los Estados en proceso de industrialización—,  que fueron los que manejaron la tecnología del >maquinismo, se especializaron en la fabricación y exportación de manufacturas mientras que los países pastoriles y atrasados de la periferia y los territorios coloniales se dedicaron principalmente a la producción de materias primas para alimentar las usinas de los países centrales.

          En esto consistió la división internacional del trabajo que se desarrolló sincronizadamente con el industrialismo desde finales del siglo XVIII. Según ella, a los países centrales les corresponde la función de producir y exportar manufacturas mientras que los países periféricos se especializan en la producción y exportación de materias primas. Pero como la productividad y el valor agregado son mayores en las faenas industriales que en las primarias y como además se da lo que el economista argentino Raúl Prebisch (1901-1986), al frente de la Comisión Económica para la América Latina (CEPAL), denominó el “deterioro de los términos de intercambio” en las relaciones de comercio entre los países centrales y los periféricos, el enriquecimiento de aquéllos y el empobrecimiento de éstos es la lógica consecuencia de esta división del trabajo.

 

 

                         1. División del trabajo y dependencia.   El <cepalismo profundizó mucho en el tema con relación a América Latina. Contradijo a los economistas clásicos que veían en ella un factor de progreso para todos los países. Afirmó que la división internacional del trabajo es una de las tantas manifestaciones de la relación de dominación y dependencia que existe entre los países desarrollados y los subdesarrollados. Con ella la dependencia está destinada a profundizarse porque en la estructura del comercio mundial se produce un creciente ”deterioro de los términos de intercambio”. Esta formulación, en su sentido más simple, significa que conforme pasa el tiempo suben los precios de las manufacturas producidas por los países industriales y simultáneamente bajan los de las materias primas del mundo subdesarrollado. De modo que cada vez se requieren más unidades de productos primarios de exportación latinoamericanos para adquirir un mismo producto manufacturado de los países industrializados. Lo cual aumenta incesantemente la “brecha” económico-social entre ellos y profundiza la <dependencia.

          En todo esto hay varias incoherencias e inequidades que desmienten las previsiones de los economistas clásicos y neoclásicos. Ellos pensaron que el desarrollo del comercio internacional jugaría un papel “homogeneizador” del crecimiento de todos los países. Pero los hechos son diferentes. El comercio internacional ha expandido unas economías y ha deprimido otras. En la actividad manufacturera la productividad crece a una tasa mucho más alta que en la producción de bienes primarios. Sin embargo, el incremento de la productividad no bajó los precios de los bienes industriales, como debió ocurrir por la disminución de sus costes, sino que los aumentó en beneficio del mundo desarrollado. En los países periféricos, mientras tanto, el exceso de mano de obra disponible para la producción de bienes primarios presionó sobre los salarios y abarató los precios finales en beneficio de los países importadores. Todo este proceso de iniquidades en la distribución de las tareas productivas y en el comercio externo ha dado como resultado la concentración de los frutos del progreso tecnológico en los países centrales.

          Por eso la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), desde su primer período doctrinario comprendido entre 1948 y 1955, impulsó con tanto ahínco la industrialización en los países latinoamericanos, primero por la vía de la >sustitución de importaciones y después por la de industrialización hacia afuera.

 

 

                         2. Nueva división internacional del trabajo.   El avance de la tecnología moderna, sin embargo, ha llevado al mundo desarrollado hacia la etapa postindustrial del capitalismo, en el marco de la sociedad informatizada en la cual la información es la “materia prima” con la que trabajan los ordenadores electrónicos. El sector de los servicios  —especialmente en el área de la computación, la informática y las telecomunicaciones—  se ha convertido en el componente más importante del producto interno bruto de esos países. Ha suplantado al sector industrial. Esto ha modificado el ordenamiento económico tradicional y ha generado una nueva división internacional del trabajo.

          Los países capitalistas clásicos exportaron capitales, tecnología y manufacturas hacia los países subdesarrollados, al tiempo que adquirieron de ellos materias primas y a veces mano de obra barata. Esta fue la clásica división internacional del trabajo. Pero después las cosas se modificaron, a conveniencia de los países avanzados, y hoy por medio de las empresas transnacionales exportan tecnología y capitales e importan manufacturas que les es más conveniente producir en los países periféricos de Asia y América Latina debido a la mano de obra más barata, menores exigencias sindicales, baja tributación, bajos costes de producción, restricciones ambientales en los lugares de origen, cercanía de las fuentes de recursos naturales y de los mercados de consumo y debido a otros factores.

          Los países desarrollados han entrado a la etapa postindustrial del capitalismo moderno que se caracteriza principalmente por el uso de nuevas tecnologías, por el enorme crecimiento del sector terciario de la economía  —el sector de los servicios—  y por la producción de un alto volumen de sus mercancías en fábricas montadas fuera de sus territorios. Las metrópolis han situado en los países de Asia y América Latina una parte de sus instalaciones industriales y producen allí sus manufacturas para venderlas en sus propios mercados y en los del resto el mundo. Aquí reside el secreto del éxito de los llamados dragones asiáticos: Taiwán, Hong Kong, Singapur, Corea del Sur y las denominadas >zonas económicas especiales de China.

          Este proceso significa, sin duda, una modificación de la tradicional división internacional del trabajo, puesto que los países desarrollados exportan capitales y tecnología mientras que los del mundo subdesarrollado se han convertido en exportadores de manufacturas. La nueva relación no sólo que no disminuye la eficacia de los factores de dominación de los países ricos sino que, al contrario, por la vía de su optimación tecnológica y de la racionalización de su sistema productivo, ha profundizado las condiciones de <dependencia externa de los países pobres no obstante el auge económico de sus modernos enclaves industriales.

          Consecuentemente, uno de los efectos de la división internacional del trabajo, en la era de la globalización de las economías, son los denominados offshoring y outsourcing. El offshoring consiste en el desplazamiento de las instalaciones industriales de la empresa de un país desarrollado hacia otro lugar, donde los costes de producción son más baratos  —menores salarios, impuestos más bajos, inferiores aportes al seguro social, energía subvencionada, etc.—,  para fabricar allí sus productos en términos más competitivos. El outsourcing, en cambio, es la subcontratación de cualesquier servicios susceptibles de digitalizarse para que un país, que sea un suministrador más barato, rápido y eficiente, asuma la tarea de prestarlos.

          Estas operaciones han cobrado dimensiones masivas en China, India, Taiwán, Singapur, Tailandia, Malasia, México y otros países de reciente industrialización que, a través de la Organización Mundial del Comercio (OMC), dan al mundo la señal de que han asumido el compromiso de someterse a las normas y usos internacionales que regulan las importaciones, exportaciones, transacciones financieras, inversiones extranjeras y demás operaciones mercantiles y financieras usuales en el comercio internacional.

          Los grandes empresarios occidentales empezaron a ver que esos países pueden ser socios importantes en las tareas de su producción industrial o de la prestación de servicios y, en consecuencia, volcaron hacia allá sus capitales, tecnologías, industrias y centros productivos.

          En este nuevo orden de cosas dentro de la etapa postindustrial del capitalismo, los países altamente desarrollados tienden a especializarse cada vez más en la producción y exportación de servicios y conocimientos, mientras que algunos de los países del mundo subdesarrollado aumentan sus índices de producción y exportación de manufacturas.

          En consecuencia, muchos de los bienes manufacturados que consumen las sociedades desarrolladas proceden de sus sucursales industriales montadas en los países del tercer mundo, con lo cual pueden optimar sus condiciones económicas y medioambientales.

          Hay que tener claro que el offshoring y el outsourcing no sólo responden a razones económicas sino también a razones ecológicas. Dado que las tareas industriales son las que mayor cantidad de sustancias contaminantes emiten, los países industriales, junto con sus instalaciones manufactureras, transfieren las cargas y los riesgos del deterioro ambiental hacia los países del tercer mundo. Con esa operación disminuyen el peso del sector industrial en el producto interno bruto, bajan su consumo de energía y disminuyen sus emisiones tóxicas.

 
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