división del trabajo

          Es la distinción funcional entre los individuos en razón de las diferentes tareas que cumplen dentro del proceso productivo de la sociedad. Esa diferenciación de tareas, que es una descomposición de los elementos que integran el proceso productivo, depende en última instancia del grado de desenvolvimiento que en cada sociedad han alcanzado las fuerzas de la producción.

          A lo largo del tiempo la división del trabajo se efectuó con arreglo a diferentes circunstancias objetivas. Fueron el sexo, la edad y las aptitudes los primeros factores de división. En la sociedad primitiva el hombre iba a las faenas de caza, pesca y recolección de alimentos mientras que la mujer cuidaba a los hijos y atendía las responsabilidades de la casa. Cada uno era dueño de sus respectivas herramientas. Los jóvenes asumían tareas más duras que los viejos. A los más aptos se los buscaba para determinadas operaciones. Esta fue la primera y más rudimentaria división del trabajo.

          Sin embargo, el mismo individuo fabricaba sus propias armas, cazaba sus animales, construía su choza, confeccionaba sus vestidos. La diferenciación de ocupaciones era muy incipiente. Conforme evolucionó el grupo y se complicó la organización social se distinguieron también las ocupaciones que cumplían sus miembros. Comenzó el milenario proceso de división del trabajo. Empezaron a diversificarse las tareas que eran desempeñadas por personas diferentes.

          Este proceso histórico duró millones de años.

          La >revolución industrial acusó más que en ningún tiempo anterior la división de funciones productivas y con ella nació la división técnica del trabajo. La tarea de todos completaba un ciclo productivo. Y el resultado final fue la mayor eficiencia en la producción  —y, por tanto, el mayor rendimiento en términos globales—  en la medida en que cada trabajador, por hábito y especialización, adquirió mayor habilidad para una determinada operación laboral. Después empezó a distinguirse el trabajo intelectual del manual. La historia del hombre fue, en lo posterior, un incesante proceso de diferenciación de funciones dentro de la vida social. Como una de las grandes innovaciones en el campo industrial vino la cadena de producción en serie, que simplificó, diversificó y particularizó aun más el espectro de las faenas productivas. Cada obrero se perfeccionó al máximo en el cumplimiento de una determinada operación, muy simple, en el proceso de fabricación de un bien. La repetición incesante dio a sus movimientos una gran eficiencia en beneficio de la productividad de la empresa. Pero, como contrapartida, vino la inconveniencia del aburrimiento y la rutina que produce en el ánimo del trabajador la repetición monótona de una misma acción durante todas las jornadas de labor. He visto muchas veces funcionar la llamada “cadena” industrial, inventada por Henry Ford a principios de siglo para producir en serie y alcanzar más rapidez y eficiencia en el proceso de producción industrial. El obrero ya no se encarga de producir una unidad terminada sino que hace una operación parcial y muy simple que, con las de los otros obreros, completa el producto y lo termina. Al verlos operar he sentido pena por los trabajadores. Cada uno de ellos, mientras pasa la cadena, hace sólo un tipo de movimientos durante todo el día: ajustar un perno, poner un remache, enchufar un alambre o soldar una pieza. La suma de estos movimientos completa la unidad producida. Pero son movimientos que, por su isocronía y simpleza, afrentan la inteligencia humana. Por eso la tecnología moderna ha puesto a trabajar a los robots en esas operaciones cansinas y repetitivas.

          En la actualidad, la segunda revolución industrial, es decir la revolución electrónica, ha traído consigo más sutiles distinciones de trabajo en el campo de la informática, la computación y las telecomunicaciones. La especialización de las tareas de la producción ha alcanzado niveles sorprendentes. Esto ha producido una división tecnológica y en cierto modo “aristocrática” del trabajo social, puesto que se ha formado una elite de trabajadores intelectuales, poseedora de conocimientos altamente especializados en el manejo de los equipos electrónicos, que se eleva cada vez más, en rango y remuneración, sobre el resto de los trabajadores de un país, incluso de los trabajadores intelectuales calificados. Esta cúpula laboral tiene un gran poder político y económico en las sociedades informatizadas, en que el conocimiento es la clave de su operación. Lo cual origina un nuevo factor de estratificación social y, por supuesto, de disparidad en el seno de las sociedades altamente desarrolladas de hoy.

          La división del trabajo ha sido estudiada en todas las épocas por los economistas, desde Adam Smith, que le dedicó los primeros capítulos de su libro, hasta nuestros días, puesto que es uno de los elementos más importantes de la ordenación social.

          Se proyecta también al campo internacional, en razón de las distintas funciones que cumplen los países en el proceso de la producción mundial. Es la >división internacional del trabajo, que fue vislumbrada desde los tiempos de Adam Smith (1725-1790), David Ricardo (1772-1823) y John Stuart Mill (1806-1875), los tres grandes economistas de la escuela clásica.

 
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