diplomacia del garrote

          Se llamó así a la política internacional instrumentada por el presidente Theodore Roosevelt, que gobernó Estados Unidos desde 1901 hasta 1909, después del asesinado presidente William Mac Kinley (1843-1901).

            La expresión deriva del conocido consejo que Roosevelt había dado a sus amigos: “habla suavemente, pero esgrime un garrote”. Usó la expresión big stick que significa “gran garrote”. Al amparo de esta política, los Estados Unidos promovieron en esa época una serie de movimientos expansionistas en Centroamérica y el Caribe. La idea que iba dentro fue explicada con gran precisión por el propio “Teddy” Roosevelt en el sentido de que el “desorden” y la “impotencia” en los manejos políticos y sociales de los países latinoamericanos podría demandar la intervención de una nación civilizada para poner orden. “En este hemisferio  —dijo el viejo Roosevelt en su famoso Corolario—  la fidelidad de los Estados Unidos a la doctrina Monroe podrá obligarlos, aunque eso les repugne, a ejercer un poder de policía internacional, en caso flagrante de tales desórdenes o de semejantes impotencias”.

          A fines del siglo XIX los Estados Unidos habían terminado ya la conquista del Oeste. Habían comprado Louissiana a Francia, Florida a España y Alaska a Rusia. Se habían anexado por las buenas o por las malas Texas, Nuevo México, Arizona, California, Nevada y una parte de Colorado. Hacia 1890 el ferrocarril unía las dos costas de su inmenso territorio continental. La industria y el comercio habían tomado gran impulso. Su producción de acero superaba a la de Inglaterra. Se formaron inmensos <carteles y >trusts con voluntad de dominio internacional que presionaban sobre el gobierno para que conquistara fuentes de materias primas y abriera mercados fuera de sus fronteras. Por el tratado Hay-Paucefote de 1901 Gran Bretaña dejó las manos libres a Estados Unidos sobre el Caribe. Tomó cuerpo la llamada >doctrina del destino manifiesto, que fue el conjunto de ideas geopolíticas y económicas justificativas del expansionismo territorial norteamericano en toda esa época.

          En tales circunstancias se aplicó la diplomacia del garrote, que les dio buenos resultados en las incursiones en el Caribe, en la intervención en las Filipinas y Guam, en la promoción de la independencia panameña y la construcción del Canal de Panamá, en la imposición de un protectorado económico sobre la República Dominicana, en la coacción contra Haití para que pague sus deudas en favor de bancos europeos, en la invasión militar a Cuba y en otras aventuras de este orden.

          La construcción de un canal por la zona angosta de Centroamérica, destinado unir los dos océanos, formó parte de los intereses estadounidenses en la región. Los norteamericanos adquirieron los derechos y bienes de la empresa francesa de Fernando de Lesseps (1805-1894), que había empezado la construcción del canal, cuando ella se declaró en bancarrota en 1889. Empujaron en 1903 la independencia de Panamá, a la sazón provincia de Colombia, y su erección como nuevo Estado para favorecer su proyecto de construcción.

            Catorce días después de la fundación de la República de Panamá se suscribió el tratado Hay-Buneau-Varilla, en virtud del cual los Estados Unidos obtuvieron la concesión para construir la obra, el uso de ella a perpetuidad cuando esté terminada, el control jurisdiccional de la “zona del canal” y la autorización para instalar bases militares. Todo esto a cambio de una suma de dinero y del pago de una anualidad a Panamá.

            La colosal obra de ingeniería se inauguró el 15 de agosto de 1914 y la “zona del canal”, verdadero enclave dentro de territorio panameño, fue sometida a un régimen especial bajo el control norteamericano.

          Para el viejo Roosevelt, como lo dijo Henry Kissinger, la “diplomacia muscular” (muscular diplomacy) fue parte del papel global que debían cumplir los Estados Unidos en el hemisferio occidental. En general, ningún presidente definió tan completamente el rol de su país en la política internacional, en términos del interés nacional de Estados Unidos, ni identificó tan amplia y comprensivamente ese interés nacional, como Theodore Roosevelt.

 
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