dictadura del proletariado

          Esta expresión  —lo mismo que aquella de “lucha de clases”—  fue un legado del líder revolucionario francés Louis Auguste Blanqui (1805-1881), creador del <blanquismo, a favor del pensamiento marxista. Sin embargo, el concepto sólo cobró su verdadera dimensión e importancia con Carlos Marx y Federico Engels. En una carta escrita por Marx al militar y marxista Joseph Weydemeyer el 5 de marzo de 1852  —que suele citarse con frecuencia al tratar el tema—  le expresó que “la lucha de clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado” y que “esta dictadura misma constituye únicamente la transición a la supresión de todas las clases y a una sociedad sin clases”. Concepto que lo ratificó en su "Crítica al Programa de Gotha" (1875) cuando escribió que “entre la sociedad capitalista y la comunista media el período de la transformación revolucionaria de la una en la otra” y que esta transformación no puede hacerse más que por medio de la “dictadura revolucionaria del proletariado”. Sin embargo, siempre insistió en que ella no sería un fin en sí misma ni se extendería mucho en el tiempo. Sería un corto período de transición.

          La dictadura del proletariado es, según los textos marxistas, el gobierno ejercido autoritariamente por la clase trabajadora, a partir de su toma revolucionaria del poder, con el propósito de suprimir la propiedad privada de los medios de producción, eliminar las clases sociales y preparar las condiciones infraestructurales para la implantación de la nueva organización social. Esta dictadura es necesaria porque la victoria revolucionaria de los trabajadores representa en principio sólo un triunfo político sobre las fuerzas capitalistas, que pierden el poder pero no la propiedad sobre los medios de producción. Lo cual significa que existe el peligro de una restauración del viejo orden. Para conjurarlo es menester que la clase trabajadora ejerza el gobierno dictatorial que, como dijo Vladimir Lenin (1870-1924), “presupone el empleo despiadadamente duro, rápido y decidido de la violencia para quebrar la oposición de explotadores, capitalistas, hacendados y de sus cómplices”.

          Sin embargo, el contenido y los alcances de la dictadura del proletariado fueron expuestos, en distintos momentos y de diferente manera, por Marx, Engels, Lenin, Stalin, Kruschov y otros pensadores y políticos marxistas.

            Y allí hubo diferencias conceptuales y no sólo de matiz. El tema se debatió largamente en las más altas esferas del pensamiento marxista y en torno de él se suscitaron duras controversias a fines del siglo XIX y principios del XX entre Karl Kautsky, Vladimir Lenin, Nicolaj Ivanovic Bucharin y Rosa Luxemburgo. Fueron Lenin y Stalin quienes lo llevaron hasta los más extremados alcances. Stalin afirmó en 1926 que esta forma de gobierno era, en esencia, “la dictadura de su partido, como la fuerza dirigente fundamental del proletariado”. Durante la etapa gubernativa de Nikita Kruschov entre 1958 y 1964, a partir del XX Congreso del PCUS reunido en febrero de 1956  —en plena guerra fría—,  se morigeró un poco su contenido. En el nuevo programa del Partido Comunista se precisó que es “la dictadura de la mayoría sobre la minoría” para “suprimir toda explotación del hombre sobre el hombre”. “Su contenido principal no es la violencia  —se dijo—  sino la creación, la edificación de la nueva sociedad socialista y la protección de las conquistas de la clase obrera ante los enemigos del socialismo”.

          En el propio seno del movimiento marxista soviético hubo impugnaciones muy duras contra la dictadura del proletariado, a la que algunos críticos consideraron como el gobierno de una nueva clase dominante  —con todos los defectos de las clases dominantes tradicionales—  ejercido por la >nomenclatura del Partido Comunista. Según ellos  —G. F. Akhminov, Jacob Cherr, Roman Redlich, Dimitri Panin, Mijail Voslensky, Boris V. Talantov, S. Razoumny—,  algunos de quienes se vieron obligados a emigrar, la nueva clase dominante, instalada en los comandos del Estado, del partido y de la producción, asumió privilegios tanto o más injustos y exclusivos que los de las clases dominantes de Occidente.

          Se previó que fuese un gobierno transitorio entre la toma revolucionaria del poder por la clase proletaria y el arribo de la nueva sociedad sin clases. Sin embargo, en la práctica, la dictadura del proletariado se extendió indefinidamente en los países marxistas y se consolidó como un sistema de gobierno permanente. Y no fue, en realidad, una dictadura del proletariado sino una dictadura sobre el proletariado  —como tempranamente lo denunció Trotsky y lo repitieron, en diversas épocas, Milovan Djilas y Herbert Marcuse—  ejercida por la nueva clase de tecnoburócratas y militares que asumieron el poder en nombre de la ausente clase obrera.

          Las experiencias históricas recientes demuestran que en la llamada dictadura del proletariado, por obra de un proceso de sucesivas suplantaciones  —en el cual el partido comunista sustituye a la clase obrera, el <aparato al partido y los dirigentes al aparato—  el poder termina en manos de unos pocos y encumbrados dirigentes que toman las decisiones “en nombre” del proletariado pero sin su presencia ni participación y que concentran no sólo los mecanismos de la autoridad política sino también los instrumentos de producción estatificados.

          En esas condiciones, la sociedad soviética y las sociedades satelizadas que en el siglo pasado se establecieron en su torno crearon dos nuevas clases contendientes: burócratas y ciudadanos. Los primeros con todo el poder político y económico en sus manos y los ciudadanos rasos sin más opción alternativa que la obediencia y la opresión.

          Esta fue la nueva dualidad creada por las interpretaciones estalinistas y sacerdotales del marxismo. De modo que a los dualismos señalados en el Manifiesto Comunista  —hombre libre y esclavo, patricio y plebeyo, barón y siervo de la gleba, maestro y oficial del gremio, burgués y proletario—  debió agregarse el de burócratas y ciudadanos, “en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada unas veces y otras franca y abierta”, que ya sabemos cómo terminó.

 
Correo
Nombre
Comentario