dialéctica materialista

          Fundada en la dialéctica de Georg Wilhem Hegel (1770-1831), la dialéctica materialista hace tres afirmaciones fundamentales en el orden filosófico: 1) que el mundo está integrado exclusivamente por materia en diversos grados de evolución; 2) que esta materia está en incesante movimiento; y 3) que unas cosas están vinculadas con otras a través de una compleja trama de relaciones de causas y efectos.

         Heredero de la vieja filosofía materialista de los siglos XVII y XVIII  —materialista en el orden filosófico y no moral, es decir, no en el sentido de concupiscencia o de hedonismo—,  los materialistas dialécticos sostienen que el mundo material que nos rodea, y del cual formamos parte, constituye la realidad primaria de la que dependen todas las cosas, incluido el pensamiento humano que no puede existir sin la materia. 

          El pensamiento mismo, según este punto de vista filosófico, no es más que una manifestación de la materia en un grado superior de evolución. Y la materia tiene vida propia y se rige por sus leyes. De modo que el mundo existe independientemente del pensamiento humano. No son las ideas las que crean las cosas  —como pretenden ciertas corrientes de la filosofía idealista—  sino, a la inversa, las cosas las que crean las ideas. O sea que el pensamiento no es el demiurgo de lo real sino que es lo material traducido y transpuesto al cerebro del hombre.

          De modo que la filosofía materialista dialéctica desecha toda afirmación metafísica de la existencia de un espíritu, idea absoluta, alma o cualquier otro elemento inasible o incognoscible  —como quiera que se llame—  y sostiene que los fenómenos del universo son sólo diversas formas de la materia en movimiento y en distintas fases de su evolución.                 

          De la unión de la filosofía materialista con la dialéctica resulta el materialismo dialéctico, que es una postura filosófica que concibe al mundo en movimiento, en un fluir interminable, en un permanente ser y dejar de ser, en un devenir. De manera que, lo mismo en el orden de la naturaleza como en el orden humano y en el social, nada es eterno, todo es transitorio, todo es perecible, todo nace, crece, se desarrolla, llega a su apogeo, declina y muere.

          La quietud no existe: el cambio es la ley ineluctable de la vida.

          El  movimiento está impulsado por la contradicción interna que bulle en todas las cosas. En esa contradicción reside el autodinamismo que las impele. Ella obedece al principio dialéctico de la unidad y lucha de los contrarios, según el cual todo lo existente guarda en sus entrañas dos elementos: uno positivo y otro negativo, en permanente lucha por prevalecer. La transformación universal se produce gracias a esa contradicción. De la entraña de las cosas nace el movimiento.

          Los dos elementos en conflicto desencadenan una pugna que necesariamente se resuelve en una síntesis superior que, a su vez, lleva en su seno el germen de una nueva contradicción, que volverá a resolverse en una síntesis nueva  —en un nivel superior de evolución—  con arreglo a las leyes dialécticas.

          Esta sucesión de contradicciones constituye la vida y el movimiento. Ellos se realizan por medio de la tríada hegeliana compuesta de tesis, antítesis y síntesis. La tesis es el elemento positivo de las cosas, que busca afirmarlas plenamente; la antítesis es su elemento negativo, que tiende a destruirlas; y la síntesis es el resultado final de esta lucha, que contiene la fusión de lo viable de los elementos contendientes y que representa un grado evolutivo superior.

          Todo tiene dentro de sí, en el seno de su unidad ontológica, dos elementos en conflicto. La vida lleva dentro de sí su propia contradicción, que es la muerte. El ser y el no ser se funden en la síntesis del devenir. La reproducción de la vida se hace por la cópula de lo masculino y lo femenino. La electricidad se produce por la unión de los dos polos: el positivo y el negativo. Todo, en fin, lleva en sus entrañas dos factores en conflicto. 

                  El filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831) afirmó que no es sino en la medida en que una cosa contiene en sí el germen de una contradicción, que ella vive y se agita; y que el choque de los contrarios, que habrá de resolverse en una síntesis superior, hace posible la transformación universal.

                  Hegel recogió y sistematizó los principios dialécticos de los filósofos griegos de la Antigüedad, entre ellos Heráclito, quien afirmó que la realidad está sometida a una eterna transformación y que nadie se baña dos veces en las aguas del mismo río.

               

                  

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