determinismo

          En su acepción filosófica más general, es un sistema de pensamiento que niega a los hombres la libertad de obrar, ya que sus actos no dependen de su voluntad sino de las circunstancias que les rodean o de la voluntad divina. En su expresión extrema lleva al fatalismo, es decir, a la afirmación de que todo lo que sucede es inevitable y nada puede hacerse para impedirlo. Algunos filósofos, sin embargo, hacen distinciones entre el concepto de determinismo y el de fatalismo. Encuentran que el primero es más amplio pues las causas que determinan los fenómenos responden a necesidades inmanentes, no necesariamente vinculadas a la divinidad. Pueden ser las leyes naturales u otros factores los que obren también sobre los hechos. En cambio, el fatalismo atribuye únicamente a la voluntad de dios todo cuanto sucede en la Tierra. Sus designios son ineluctables. Nada puede impedir que ocurra lo que debe ocurrir ni puede producir lo que no está previsto. El fatalismo es el resultado de la omnipotencia de dios o de su presciencia. En la Antigüedad se llamó fatum  —o destino—  a la a la relación de necesidad a la que todos los seres y las cosas obedecen. Las afirmaciones de que un acontecimiento es “cosa del destino” o de que “está escrito” que algo ocurra son las expresiones más comunes del fatalismo. De modo que hagan lo que hagan los hombres, esos designios se cumplirán con la fuerza de lo inexorable. El fatalismo es un componente de casi todas las religiones, que defienden la predestinación y niegan el libre arbitrio de los seres humanos.

          Por consiguiente, el determinismo significa que todo lo que existe y ocurre obedece a un destino previamente señalado, de modo que aquéllo no puede ser y acontecer más que de una manera: del modo y manera fijados de antemano. Todo está predestinado, todo obedece a un sino ineluctable. Hay un encadenamiento riguroso entre los fenómenos, de modo que si se dan unos no pueden dejar de darse los otros. No hay espacio para la creación y la libertad. Hay una relación de “forzosidad” entre el antecedente y su consecuencia. Dado un estado de cosas, los fenómenos que de él derivan son necesarios e inevitables.

          Esta es la esencia del pensamiento determinista en el orden filosófico.

          Pero existen también determinismos científicos de orden físico, físico-cuántico, mecánico, químico, astronómico, económico, biogenético, nanotecnológico y otros, cada uno de los cuales está regido por sus propias leyes. A partir de la revolución biogenética y de los grandes avances en el desciframiento del genoma humano, se habla hoy del determinismo genético con referencia a que los genes, como componentes hereditarios, “diseñan” a los individuos con determinadas excelencias pero también con deficiencias que se pondrán de manifiesto en forma de limitaciones, defectos o quebrantos de la salud física o mental en el momento en que el código genético lo tenga determinado. Cuando falla un gen viene una enfermedad, llámese mal de Alzheimer, mal de Parkinson, diabetes, cáncer, dolencias cardíacas, esquizofrenia, desarreglos maniaco-depresivos, ceguera, sordera, cataratas, menigioma, epilepsia, enfermedad de Huntington, hemofilia, trombosis recurrente, arterioesclerosis, distrofia muscular, obesidad, anemia hemolítica, fibrosis quística, leucemia, cáncer de próstata, fibrilación auricular hereditaria, asma, osteoporosis, neoplasias, soriasis, alcoholismo, diabetes o alta presión arterial.

          El código genético de cada persona, transmitido por la vía hereditaria, es el que determina su forma de vivir y de morir.

          Pero este determinismo, según afirman los científicos de la corriente epigenética, se conjuga con las condiciones medioambientales en que se desarrolla la vida del ser humano, que pueden obrar sobre la estructura genética, desactivar algunos genes y dar paso a la adaptación biológica heredada. De modo que los genotipos, en su contacto con las condiciones ambientales  —reprogramados por ellas—,  pueden manifestarse en fenotipos diferentes.

          En todo caso, operan allí dos determinismos: el determinismo genético y el determinismo medioambiental.

          El tema del determinismo   —con su lógica implacable de causas  y  efectos—  es uno de los grandes temas que han separado al pensamiento dogmático-religioso del pensamiento racionalista, crítico y materialista. El determinismo se contrapone a la predeterminación divina de los hechos y las cosas. Y ha sido objeto, en todos los tiempos, de encendidas discusiones entre los grandes filósofos que ha conocido la historia.

          Toda causa inmediata y determinante produce un efecto necesario. No hay milagros ni las cosas ocurren al azar. La predestinación y el fatalismo son categorías anticientíficas. Lo que puede ocurrir es que no se identifiquen las causas o que no se las conmensure. Pero, conocida con precisión la causa, es previsible su resultado en el momento y condiciones dados. Lo cual permite predecir eventos futuros a partir de causas presentes. De modo que no hay hechos sin causa sino con causa desconocida en ese momento. La indeterminación es simplemente el desconocimiento de las causas o la inconmensurabilidad de ellas, y, por tanto, una situación provisional y transitoria.

          Hay una cadena interminable de causas y efectos, de antecedentes y consecuentes, de acciones y reacciones. Esta concatenación causal, de la que forma parte el hombre en la medida en que —en el ejercicio de su relativa libertad y con toda su falibilidad a cuestas— contribuye con sus acciones u omisiones a forjar o modificar las causas, excluye el fatalismo o la predeterminación.

          Cada vez son menos las cosas que escapan a la previsión del hombre y mayores las opciones de la ciencia para desentrañar los misterios de la naturaleza. El pensamiento mágico y adivinatorio va quedando atrás. No hay cosas misteriosas, arcanas ni esotéricas, sino simplemente no descubiertas todavía por la ciencia.

          En el ámbito de las ciencias sociales fue el marxismo, con su teoría del materialismo histórico, el que más lejos llegó en su determinismo.

          Dado que para el marxismo la vida social no es más que una forma especialmente compleja del movimiento e interacción de la materia, el modo de producción de los bienes económicos determina la manera de ser de una sociedad. A cada modo de producción de las cosas que el hombre necesita para vivir  —alimentos, vestido, herramientas, vivienda, etc.—  corresponde una específica forma de organización social y cada cambio de aquél produce en ésta un cambio correlativo. En concordancia con estas ideas, Carlos Marx afirmó que “el molino movido a brazo engendra la sociedad de los señores feudales; el molino de vapor, la sociedad de los capitalistas industriales”.

          Los marxistas llaman estructura al modo de producción y superestructura a la organización social derivada de él, con sus leyes, gobierno, tribunales, conceptos políticos y morales y convicciones religiosas. Y sostienen que a todo cambio estructural corresponde un cambio superestructural.

          De ahí que, para avanzar hacia la organización socialista, ellos postularon la modificación de las relaciones de producción, en forma tal que se produzca el correspondiente cambio en la superestructura política del Estado.

 
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