desregulación

          Neologismo, aún no admitido por el diccionario castellano, que los economistas neoliberales derivaron del alemán “deregulierung” para designar la supresión de normas legales y regulaciones administrativas sobre las actividades económicas de la comunidad. En castellano la palabra correcta es desreglar, que significa levantar las reglas a las que ha sido sometida una actividad.

          La desregulación forma parte de la reorganización y remodelación del Estado bajo la inspiración del llamado <consenso de Washington. Integra la llamada “reforma del Estado”, que busca disminuir su tamaño, atenuar su influencia en el desarrollo social y liberar a los grandes precios de la economía  —los salarios, las tasas de interés, el tipo de cambio y los precios de los bienes y servicios—  de la regulación estatal para someterlos a las >fuerzas del mercado. Con ella se produce la exoneración de controles legales y administrativos a las actividades económicas de la comunidad. Cuando se habla de liberar o liberalizar la economía se quiere decir eliminar todas o algunas de las restricciones a las que está sometida y dar rienda suelta a los agentes económicos privados.

          Al comienzo la “desregulación” se refirió al mercado y fue una respuesta de los sectores privados al excesivo intervencionismo estatal que interfería la operación de las fuerzas mercantiles. Después el concepto se amplió a todo el proceso económico. Buscó la liberalización general de la economía para facilitar el funcionamiento de la “libre empresa”, esto es, la eliminación de toda supervisión del Estado sobre las actividades de los agentes económicos privados. En sus expresiones más extremas comprende no solamente la supresión de controles y regulaciones sobre las actividades económicas sino también la eliminación de las regulaciones laborales y de salarios mínimos y la implantación de la libertad de contratación en todos los campos. Lo cual es volver hacia el liberalismo manchesteriano o sea al período inicial de la primera >revolución industrial que tuvo en la ciudad inglesa de Manchester una de sus cunas. Por supuesto que la “desregulación” laboral significa, en la práctica, salarios más bajos y desprotección de los trabajadores.

         Esta acción se inscribe dentro de la política de liberalizar la economía que propugnan ciertos sectores ideológicos y se funda en la convicción de que las reglamentaciones estatales, que se han multiplicado en proporción a la masificación de las sociedades modernas, obstaculizan el movimiento de las fuerzas dinámicas de la producción y, por tanto, conspiran contra las posibilidades del empleo y la libre competencia.

          Es una política encaminada a favorecer los intercambios comerciales libres tanto en el ámbito nacional como en el internacional. En lo interno significa liberar a los bienes y servicios de todo control de precios o restricción, de modo que ellos queden enteramente sometidos al efecto de la oferta y la demanda en el mercado abierto. En lo internacional es la apertura de la economía, en su conjunto, tanto para los fines de la inversión extranjera como del comercio exterior.

          Las raíces históricas e ideológicas de la “desregulación” están en el viejo >liberalismo, que sostuvo que el mejor gobierno es el menor gobierno y que entregó la conducción de la economía a lo que Adam Smith (1725-1790) llamó hace más de dos siglos la “mano invisible” del mercado.

          Según este criterio, el Estado debe adoptar una política de inhibiciones frente a la marcha económica de la sociedad porque toda intervención suya “corrompe” el automatismo bienhechor de las fuerzas del mercado, a las que se atribuye la “inteligencia” necesaria para resolver, por la vía de la confrontación de intereses individuales y de la formación de los precios, los intrincados problemas de la producción y distribución de bienes. Según el pensamiento de Smith y de sus seguidores de la escuela clásica y neoclásica, ellas deben ser las que determinen el qué, el cómo y el para quién de la producción económica de un país.

          En concordancia con esta hipótesis sostiene en nuestros días Milton Friedman (1912-2006), profesor de la Universidad de Chicago y alto exponente de la escuela neoliberal, que el mercado es eficiente para coordinar las actividades de un inmenso número de personas a fin de asegurar que se fabriquen los productos adecuados, en las cantidades precisas, para estar disponibles en los lugares necesarios.

          Pero el “automatismo” del mercado, ni aun en los lugares en que teóricamente puede funcionar, resuelve el problema social. Es incuestionable, lo mismo en los países grandes que en los pequeños, que las fuerzas del mercado son absolutamente insensibles a la justicia social, la protección del medio ambiente, la defensa de los recursos naturales, el fomento de la cultura y la serie de valores que se relacionan con el <desarrollo humano. Estas preocupaciones no entran en la agenda de las <fuerzas del mercado. La promoción de tales valores requiere una acción deliberada de la autoridad pública.

          Si lo que se espera de la “mano invisible” es que conduzca la economía de modo que los bienes y los servicios lleguen a quienes pagan más por ellos, el sistema puede funcionar; pero no funcionará, en cambio, si se le pide que entregue las cosas a quienes las necesitan. La “inteligencia” del mercado no llega a tanto ni las fuerzas mercantiles tienen la sensibilidad necesaria para ello. Puede la “mano invisible” llevar la leche para engordar al perro de un millonario pero no para combatir el raquitismo de un niño desvalido.

          En el campo internacional la desregulación entraña la libre circulación de personas, bienes, servicios, capitales, mano de obra, tecnología, información y demás factores de la producción entre los países. Es la eliminación de toda clase de controles, trabas y restricciones a su comercialización. Forma parte del concepto de liberación económica que fue introducido en 1949 por la Organización Europea de Cooperación Económica (OECE) al comercio internacional y que hoy es impulsado, en defensa de sus intereses, por los países grandes que tienen abundantes excedentes que vender y precios comparativamente menores para sus mercancías en razón de la economía de escala de su producción industrial, agrícola y de servicios.

          Todo el moderno proceso de <integración económica lleva esa dirección. Los grandes bloques comerciales que se han formado en los últimos años tienen como propósito fundamental el abatimiento de las restricciones cuantitativas al comercio exterior y la implacable conquista de mercados a escala planetaria. En esta operación, naturalmente, obtienen enormes ventajas los países fuertes. Por eso han levantado un verdadero culto a la “libertad de comercio”. Con ella pasa lo mismo que con la “libertad de los mares” a principios del siglo XX: la proclama suena muy bien, resulta atractiva, pero en la práctica esas libertades sólo las pueden aprovechar los países poderosos.

          Las propuestas “desreguladoras” de la economía se iniciaron en los Estados Unidos durante la administración del presidente Jimmy Carter y recibieron su mayor impulso en el gobierno de Ronald Reagan (1980-1988). Allí se “desregularon” el transporte aéreo y terrestre, las telecomunicaciones, la producción y distribución de gas natural, el sistema bancario y otros importantes sectores de la economía. Ellas fueron una pieza clave de la política económica de la “reaganomics”. Desde allí y desde Inglaterra durante el imperio del “thatcherismo” (1979-1990) se irradiaron estas políticas hacia el mundo como parte de las “reformas estructurales” aconsejadas para conseguir el objetivo de “un Estado de menor tamaño pero de mayor eficiencia” y para “promover la democracia”.

          Esas políticas económicas de corte definidamente neoliberal, que se empeñaron en someter la totalidad de la economía a las leyes del mercado, fueron exportadas como un “modelo” hacia otros países.

 
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