demagogia

          Es una forma “impura” de gobierno, según Aristóteles (384-322 a. C.), que resulta de la degeneración de la democracia. El filósofo griego señaló, como formas “puras” de gobierno, la >monarquía, la <aristocracia y la >democracia, en razón del número de personas que ejercen el poder. Dijo que la monarquía es el gobierno de una persona, la aristocracia de algunas personas escogidas y la democracia es el poder del pueblo. Cuando se suplanta el interés general por el interés particular de quienes gobiernan, la >monarquía degenera en >tiranía, la <aristocracia en >oligarquía y la >democracia en demagogia. Este fue el significado original de la palabra en sus fuentes griegas.

          En la Atenas democrática hubo dos oscuros demagogos: Cleón e Hipérbolo, causantes de grandes alborotos en las asambleas públicas. El primero, vendedor de aceitunas negras, embistió contra Pericles y contra Fidias. En plena ágora ateniense gritó un día: “¡Ese Fidias es un ladrón! ¡Ese corrupto se cogió ese oro y cuidado si tiene un chanchullo montado con Pericles!” La democracia helénica daba cabida a todas las opiniones, incluidas las de los demagogos y agitadores que, como Cleón, se lanzaban contra Fidias, el más grande de los escultores de su tiempo, autor de una de las siete maravillas del mundo: la gigantesca estatua de Zeus en Olimpia, labrada en oro y marfil, que ocupaba el núcleo interior del templo del mayor de los dioses griegos. Las palabras de Cleón arremolinaron a su alrededor en el ágora  —que era el centro de la vida política, cultural y religiosa de Atenas—  a sus amigos mercaderes, donde Cleón pretendió echar sombras sobre la integridad moral del gran Pericles. Dijo que “todos sabemos que al artista este le dieron una montaña de oro para que esculpiera a la diosa de la sabiduría y protectora de nuestra ciudad” (se refería a la escultura de Palas Atenea en el Partenón de Atenas, financiada por el gobierno de Pericles) y el artista “se robó más de la mitad y eso, cambiado a dracmas, es una de las mayores fortunas de esta talasocracia”.

          Por supuesto que los ciudadanos rechazaron las calumnias del demagogo y absolvieron al ilustre gobernante que dio su nombre al siglo de mayor esplendor de la democracia ateniense  —el siglo de Pericles—  y al inmortal escultor ateniense.

          Otro de los tristemente célebres demagogos fue Hipérbolo, que en las asambleas públicas adulaba al demos y pretendía seducirlo para sus propósitos. Era exaltado, violento, disociador, inescrupuloso, irresponsable y cínico. Era además bufonesco, porque todo demagogo tiene algo de bufón. Aristófanes aborrecía a Hipérbolo y habló muy mal de él en varias de sus obras. No obstante, hubo un momento en que éste alcanzó una cierta influencia en el ágora de los atenienses. Cuando el general aristócrata y conservador Nicias concluyó el acuerdo de paz con Esparta en el año 421 antes de nuestra era   —conocida en la historia como la “paz de Nicias”—,   Hipérbolo se lanzó despiadadamente contra él. Regía entonces la institución del >ostracismo, que consistía en la expulsión de la polis por diez años de las personas a quienes la asamblea popular, por el voto mayoritario de los ciudadanos, consideraba indeseables. Cada votante escribía en el óstrakon (que era un tejuelo en forma de concha) el nombre de la persona a quien quería desterrar. Hipérbolo pidió el destierro de Nicias, pero el demagogo quedó burlado porque sus enemigos   —los partidarios de Alcibíades y los de Nicias—  se unieron y el desterrado fue él. Esta fue la última ocasión en que se aplicó el ostracismo en Atenas.

          (No sé si las exageraciones grandes de Hipérbolo dieron nacimiento a la palabra hipérbole, proveniente del griego, que es la figura retórica consistente en aumentar o disminuir en demasía un relato, un hecho, una persona o una circunstancia para dar mayor fuerza a la expresión).

          El profesor y politólogo italiano Norberto Bobbio (1909-2004) sostiene que “en la historia de las doctrinas políticas se considera que fue Aristóteles quien especificó y definió por primera vez la demagogia señalándola como la forma corrupta o degenerada de la democracia”. Y anota que el filósofo griego definió al demagogo como el “adulador del pueblo”.

          Aristóteles receló siempre de la democracia, primero, porque le parecía muy peligrosa para la paz pública la división y el enfrentamiento entre ricos y pobres que ella solía producir (Aristóteles, lo mismo que Platón, la asoció con el gobierno de la chusma, del populacho); después, porque le parecía que representaba la subordinación de la razón a la pasión; y finalmente, porque a su manera de ver ella podía derivar muy fácilmente en demagogia.

          Bajo la influencia helénica, Montesquieu decía que cuando una democracia está dirigida por personas mediocres el peligro de que degenere en demagogia es inminente. Para el matemático, filósofo y escritor francés Jean Le Rond D’Alembert (1717-1783) “nada existe más terrible que una democracia despótica porque enraíza casi siempre en la incultura y en las bajas pasiones, no de uno  —tiranía—  sino de muchos  —demagogia—”.  Proudhon afirmó que el “demagogismo es el poder entregado, como si fuera un juguete carísimo, a una multitud harapienta, inculta y con ansia de venganza”. La degeneración de la democracia, en todos estos casos, conduce a la >oclocracia, o sea al gobierno abusivo de la plebe, al margen de toda ley y de toda costumbre.

          Más tarde ella significó algo diferente: no una forma de gobierno, como en los tiempos de Herodoto, Platón y Aristóteles, sino un estilo engañoso e irresponsable de ejercer el poder o de hacer política, que promete a los pueblos el paraíso terrenal a la vuelta de la esquina. Aplícase la palabra especialmente a la retórica política. Discurso demagógico es el que ofrece lo que no podrá cumplirse, el que alienta infundadas esperanzas, halaga las pasiones de la multitud, juega con sus anhelos y exacerba sus conductas irracionales.

          La demagogia, con la oferta de soluciones mágicas, genera en los pueblos la “inflación” de la virtud teologal de la esperanza.

          Llámase demagogo, por consiguiente, al político que con zalamerías y afectación adula a la masa y le dice sólo lo que ella quiere escuchar. Por lo general es diestro en las artes menores de la oratoria patriotera y hueca. Pero es siempre un conductor conducido porque está sometido a la voluntad y querencias de la masa. Carece de iniciativa, aprueba todos los actos de ella, no se atreve a rectificar sus errores y se deja guiar por ella sumisamente a pesar de su apariencia de “liderato”.

          La demagogia cobró gran impulso en el siglo XX con la masificación de las sociedades y el ascenso de las multitudes al escenario de la historia. Ella es no solamente una práctica política sino una manera de ser y de pensar, que lleva envuelta una ética, o sea un sistema de valores deontológicos. El demagogo es siempre una persona irresponsable, egoísta, guiada por una irreprimible ansia de mando, que no piensa en el interés general y que se parapeta detrás de la multitud para dar curso a su lujuria de poder.

 
Correo
Nombre
Comentario