decadencia de Occidente

            El filósofo de la historia y pensador alemán Oswald Spengler (1880-1936) sostiene que la cultura es un ser vivo, que por lo mismo experimenta todas las fases del ciclo vital de todos los seres vivos: nacer, crecer, llegar a la plenitud, declinar y morir. Dice que este ha sido y será el destino de todas las culturas establecidas en el planeta. Con una profunda visión pesimista de la vida y del futuro, Spengler predijo la decadencia de Occidente porque está en el “invierno” de su cultura y ha perdido su fuerza ascensional.

          Esta es la tesis central de su monumental obra titulada “La Decadencia de Occidente”, aparecida en la segunda década del siglo pasado, en la que evaluó la significación que han tenido las diversas culturas en el curso de la historia humana. Sostuvo que los hombres de la cultura europea occidental, bajo una concepción tolemaica de la historia universal, han convertido su punto de vista en el único criterio posible de valoración histórica. A esta forma de pensar Spengler opuso su concepción copernicana a fin de que la historia universal deje de escribirse e interpretarse en forma eurocéntrica.

          Después de analizar los procesos culturales  de  los  diferentes  pueblos  —las culturas hindú, babilónica, china, egipcia, árabe, occidental, mexicana—  el filósofo alemán aseveró que en su proceso evolutivo las culturas pasan por diversas y sucesivas etapas, semejantes a las cuatro estaciones del año. Con lo cual quiere significar que son un proceso y no una categoría estática. Afirma que todas ellas tienen su primavera, su verano, su otoño y su invierno. En lo que a la cultura occidental se refiere, ella rebasó su primavera  —con una mitología de gran estilo y grandes temores y supersticiones cósmicos—  y pasó después por el verano  —en que empezó a madurar la conciencia y los pueblos se apartaron de las formas primitivas—  y por el otoño  —con su inteligencia urbana, la ilustración y la fe en la razón—  para arribar a su declinación invernal  —en que se extingue la fuerza creadora del espíritu y se dibuja una humanidad cosmopolita, arreligiosa y alejada de toda metafísica—,  período que representa la estación final de su curso histórico. “Todo lo cósmico lleva el signo de lo perecedero”, escribe. Todo tiene un ritmo . Todo tiene un final. Después de haber llegado a su mayor esplendor, la cultura de Occidente está en el declive y ha entrado en el proceso de su decadencia. Está en su invierno. De suerte que “así termina el espectáculo de una gran cultura  —ese mundo maravilloso de deidades, arte, pensamientos, batallas, ciudades—,  ese mundo fáustico en que el hombre se convierte en esclavo de la máquina”.

          Esta es, en síntesis, la predicción de Spengler.

          Sin embargo, los hechos posteriores se han encargado de desmentir al filósofo alemán y de contrarrestar su sombrío pesimismo. Occidente es hoy la avanzada científica, tecnológica, política, económica y militar del mundo. Ha triunfado en la guerra fría. Domina el sistema bancario internacional, es dueño de las divisas más fuertes, maneja los mercados mundiales, monopoliza la educación técnica de punta, impera en el espacio sideral y en la industria aeroespacial, mantiene la hegemonía en las comunicaciones internacionales, es dueño del lenguaje digital  —produce 4 de las 5 palabras y 4 de las 5 imágenes de las comunicaciones planetarias—  y es el depositario de los secretos de la revolución genética.

          Hay una “occidentalización” de la cultura universal que se manifiesta no sólo en las altas y sofisticadas expresiones de la tecnología sino también en la forma de organizar la sociedad, en su economía, en la renovada escala de valores éticos y estéticos, en las costumbres, en las pautas de consumo, en los modos de vestir y en muchos otros elementos de la vida cotidiana. Están en camino de eclipsarse los valores de las viejas culturas de Oriente a pesar de sus hondas raíces en el pasado y se está formando un mundo homogeneizado por la fuerza avasalladora del capitalismo occidental que ha extendido por todas partes el poder de sus conocimientos científicos y tecnológicos y que ha modelado una forma de sociedad que tiende a volverse universal.

          No obstante, el cientista político estadounidense Samuel Huntington (1927-2008) manejaba una tesis diferente. Sostenía que “la creencia de Occidente en la universalidad de la cultura occidental padece de tres problemas: es falsa, es inmoral y es peligrosa”. Falsa, porque otras civilizaciones siguen normas y principios diferentes; inmoral, porque “el imperialismo es la consecuencia lógica y necesaria de la universalidad”; y peligrosa, porque puede causar un conflicto de grandes proporciones entre las civilizaciones.

          Me parece que el catedrático de Harvard suplanta sus deseos a las realidades puesto que resulta evidente que la exportación de conocimientos científicos y la transferencia tecnológica de las potencias occidentales hacia el resto del mundo constituyen vehículos de penetración cultural que socavan las bases de las viejas civilizaciones. No hay más que ver los grados crecientes de “occidentalización” de los pueblos orientales, que han adoptado formas de vida, pautas de consumo, costumbres, modos de vestir que no son los suyos. La globalización de las comunicaciones por satélite  —que hace posible que los mismos programas televisuales se vean igual en un departamento de Manhattan que en una carpa de beduinos o en una choza del altiplano andino—  tiene una irresistible fuerza de transmisión de valores culturales. Por eso nosotros no nos hemos vuelto más africanos, hindúes o árabes mientras que éstos sí se han tornado más occidentales. Es cuestión de tiempo. La corriente de <aculturación seguirá su curso a menos que las sociedades orientales y los pueblos de las otras culturas se aislen, extirpen la televisión satelital, supriman el turismo y renuncien a los avances tecnológicos, como pretenden los fundamentalistas islámicos. O hagan lo que los soldados talibanes afganos en julio de 1998: incursionar en las tiendas de artefactos electrónicos de Kabul y destruir todos los televisores y magnetófonos porque “las películas y la música llevan a la corrupción moral”, según afirmó el Ministerio de la Promoción de la Virtud y de la lucha contra el Vicio. Operación acompañada por la prohibición de poseer aparatos de televisión y por la acción pública de denuncia contra este delito sancionado por la inquisición islámica del siglo XXI, así como la prohibición de que las mujeres trabajen o estudien y de que los hombres se corten la barba o usen ropa occidental.

          La penetración cultural de Occidente puede ser todo lo inmoral y peligrosa que quiera el controvertido profesor Huntington, y además alienante, pero es una realidad. Él mismo reconoce en su libro que las alineaciones definidas por la ideología han sido sustituidas por las fronteras culturales. Y es fácil ver que en la nueva diagramación del planeta el intercambio cultural entre Occidente y los pueblos no occidentales es absolutamente asimétrico, dado que es inmensamente mayor el volumen de conocimientos y de información que sale de Occidente que el que éste recibe de Oriente. Casi han llegado a ser sinónimas las palabras “modernización” y “occidentalización”. Hoy más que ayer el conocimiento científico y tecnológico es el factor de dominación internacional e intercultural más importante.

          Comentan al respecto Alvin y Heidi Toffler, en su libro “La revolución de la riqueza” (2006), que ”la producción de arte y entretenimiento forma parte de la economía del conocimiento, y Estados Unidos es el mayor exportador mundial de cultura de masas, que incluye moda, música, series de televisión, libros, películas y juegos de ordenador”. Eso les permite ejercer una gran influencia sobre la población mundial con sus valores y desvalores. “La influencia de esa basura es tan poderosa  —comentan los esposos Toffler—  que en otras sociedades se teme por la supervivencia de las raíces autóctonas”. 

          En realidad, es tan amplia y determinante esa influencia, que en un lugar tan lejano como Tombuctú en África occidental  —según relatan los Toffler—,  mientras que los habitantes nómadas conducen sus recuas de asnos al mercado, vestidos con sus turbantes, túnicas y velos “que esconden todo menos los ojos”, los adolescentes negros, blancos y morenos visten a la usanza occidental: con “pantalones de chándal oscuros, zapatillas deportivas de alta tecnología y anchas camisetas de baloncesto sueltas, con los nombres de equipos como los Lakers”, en tanto que “las chicas llevan tejanos ceñidos, deportivas y sudaderas”. Y añaden que, gracias a la televisión por cable que esparce por el mundo las usanzas y estilos de vida estadounidenses, “los jóvenes de Tombuctú descubrieron el rap hace un par de años, pero ahora es su música favorita”. 

 
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