“década perdida”

          Expresión acuñada por la Comisión Económica para la América Latina (CEPAL) destinada a describir los diez años de crisis profunda, aguda y generalizada, sin duda la más grave desde la depresión de los años 30, que sufrieron los países latinoamericanos a partir de 1980. La expresión apareció por primera vez en 1986 en un artículo de Norberto González, a la sazón Secretario Ejecutivo de la CEPAL, publicado en la edición número 30 de la revista de la institución, en que escribió que “la primera mitad del decenio de 1980 ha sido perdida para el desarrollo”. Luego, en el número 54 de los “Cuadernos de la CEPAL”, septiembre de 1986, se empleó la expresión “década perdida” para referirse a este fenómeno.

          Diversos factores de orden interno y externo provocaron la crisis. Con ella vino la caída de la actividad económica en la región, la desaceleración del proceso de desarrollo, altos índices de desempleo, reducción de los salarios reales de los trabajadores, aumento del nivel general de precios, drástico incremento de las tasas de interés, desproporcionado endeudamiento externo, deterioro de los términos de intercambio y brusca disminución del flujo de recursos financieros externos para el desarrollo.

          De todos ellos, el problema más grave fue sin duda el de la deuda externa. Los años 80 fueron para América Latina una década de agresivo endeudamiento gracias, de un lado, a las facilidades que ofreció la banca privada internacional, abarrotada de petrodólares prodecentes del Oriente Medio, y, de otro, a la irresponsabilidad de presidentes y dictadores latinoamericanos afanosos por el dinero fácil de los créditos que se les ofrecían. Lo cierto es que embarcaron a sus países en una agresiva carrera de endeudamiento externo que terminó por detonar, el momento menos pensado, la bomba de la deuda y causó tremendos estragos a las economía de todos los países del área.

          Una de las consecuencias más graves del problema fue el alza brusca de las tasas de interés en el sistema financiero internacional, que ocasionó un enorme drenaje de divisas en los países de la región. Al sextuplicarse las tasas de interés, las remesas anuales de América Latina por el servicio de su deuda externa aumentaron de 6.900 millones de dólares en 1977 a 39.000 millones en 1982, según cifras que trae Enrique Iglesias, presidente del BID, en su libro “Reflexiones sobre el Desarrollo Económico”, publicado en 1992. Esto supuso obviamente un gravísimo desajuste en las economías latinoamericanas que frustró todos los esfuerzos de recuperación que habían iniciado. El efecto combinado del incremento de las tasas de interés y del servicio de la deuda con la disminución del ingreso de capitales externos y la caída de los términos de intercambio fue demoledor. Determinó que en el resto de la década  —de 1983 a 1990—  América Latina transfiriera hacia el norte un promedio de 15 mil a 20 mil millones de dólares anuales, con lo cual el desarrollo económico se convirtió en una quimera.

          Como consecuencia de todo lo anterior el producto por habitante en América Latina cayó en el década a cifras inferiores a las registradas en 1980. En general, todos los indicadores macroeconómicos marcaron un descenso con relación a las cifras de 1980. El producto por habitante, el monto de los salarios reales, los índices de empleo, el nivel de las reservas internacionales, las cifras de la balanza de pagos y otros índices fueron menores a los registrados a comienzos de los años 80. Por eso al período le valió el calificativo de la “década perdida” para los fines del desarrollo económico y social de la región.

 
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