corporaciones transnacionales

          Aunque con frecuencia se utilizan como sinónimos, hay una sutil diferencia entre el concepto de empresas “multinacionales” y el de “transnacionales”. Las corporaciones “multinacionales” son las que se constituyen con capitales procedentes de varios países y no siempre trabajan en forma transnacional. El origen de su capital social es lo que las define. En cambio, las corporaciones transnacionales son las que en sus actividades y operaciones cruzan los límites de varios Estados y funcionan como sistemas internacionales de producción integrada. No interesa el origen de su capital. Son compañías o empresas privadas de gran tamaño y enorme poder económico cuyo radio de acción rebasa las fronteras nacionales del país de origen para irrumpir con sus negocios en otros países.

          Estas compañías, con un gigantesco radio de acción, tienen alcance mundial: son megacompañías cuyas ventas anuales con frecuencia resultan mayores que el presupuesto estatal de muchos países. Ese es, por ejemplo, el caso de la General Motor, la Toyota, la IBM, la Du Pont, la Boeing, la Westinghouse, la Mitshubishi, la Coca-Cola, el Citicorp, el Bankers Trust, la Chevron, la Exxon, la Digital Equipment, la Gillette, la Siemens, la Sony, la Microsoft, la Nike, la AT&T, la McDonalds y decenas de otras grandes empresas industriales o comerciales norteamericanas, europeas y japonesas.

          El Informe sobre Desarrollo Humano 1999 elaborado y publicado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) afirma que las ventas totales de estas empresas superan el >producto interno bruto (PIB) de muchos países. Por ejemplo: el monto de ventas anuales de la General Motor es mayor que el producto interno de Tailandia y Noruega, el de la Ford Motor y el de la Mitsui & Co. rebasan el producto interno de Arabia Saudita, el de la Mitsubishi supera el de Polonia, el de la Itochu es superior al de Sudáfrica, los de la Marubeni y Royal Ducht/Shell Group son mayores que el de Grecia, los de la Sumitomo, Exxon,Toyota Motor yWal-Mart Stores exceden a los de Israel, Malasia, Colombia, Venezuela y Filipinas.

          El Instituto de Estudios Políticos de Estados Unidos, en un informe publicado a fines del año 2000, señaló que, de las 100 entidades económicamente más poderosas del planeta, 51 son corporaciones industriales o comerciales privadas y 49 son Estados. El punto de referencia para la clasificación fue, en el caso de las empresas, el monto de sus ventas anuales y, en el de los Estados, su producto interno bruto (PIB). Según el volumen de sus ventas en 2005, las seis mayores compañías del mundo fueron las norteamericanas Exxon Mobil, Wal-Mart, General Motors, Chevron, Ford Motor y ConocoPhillips. En el escalafón ellas estuvieron detrás de los 20 países occidentales más prósperos del planeta y de China, Corea del Sur y Rusia, pero delante de todos los demás países.

          Según la revista "Fortune" de abril del 2006, la Exxon Mobil tuvo ingresos por USD 339.938 millones en el año 2005, cantidad que equivalía a las exportaciones anuales de los tres países más grandes de América Latina: México, Brasil y Argentina.

          Por ese tiempo la revista norteamericana "Business Week", especializada en asuntos económicos, expresó que la enorme influencia política alcanzada por las grandes corporaciones socava las bases de la democracia, puesto que condicionan en su beneficio las decisiones del poder político, evaden o eluden el pago completo de sus impuestos y ocultan muchas de sus operaciones, especialmente las que se realizan en el exterior. Ésto para no hablar de los métodos de corrupción: lobbies, sobornos, comisiones, aportes partidistas o financiameinto de campañas electorales.

          Si bien el auge impresionante de estas corporaciones es un fenómeno de fines del siglo XX, como causa y efecto de la >globalización de la economía, sus raíces se hunden en el pasado. La familia Rotschild estableció en varios países europeos sus casas de banca desde el siglo XV y en los siglos XVI y XVII las compañías europeas que negociaban con “las Indias”, incluidas las que se dedicaron a la trata de esclavos, han sido vistas como el antecedente de este tipo de corporaciones. La primera sociedad calificada de “transnacional” fue la “Compañía de Moscú” fundada en 1655 para promover el comercio con Rusia. A fines del siglo XIX y principios del XX varias compañías, atentas las limitaciones al comercio internacional impuestas por el >proteccionismo de la época, se vieron precisadas a construir fábricas más allá de las fronteras de sus países de origen y a extender sus negocios transnacionalmente. La compañía norteamericana Singer, productora de máquinas de coser, fue probablemente la primera en hacerlo en 1865 al instalar una fábrica en la ciudad de Glasgow, Escocia, para aprovechar el mercado de la Gran Bretaña.

          En los años 60 del siglo pasado se produjo la primera denuncia contra el “peligro” representado por las corporaciones transnacionales. J. J. Servan-Schreiber publicó en 1966 “El Desafío Americano”, un libro que produjo un gran impacto en esos años, en el que el escritor francés mostró a la soberanía estatal acosada por esa nueva forma de organización productiva y de gestión empresarial representada por las corporaciones transnacionales, que en realidad fueron uno de los primeros síntomas del proceso de internacionalización de la producción, el comercio, el consumo y las comunicaciones que ya se había iniciado.

          Las corporaciones transnacionales son hoy una expresión de la etapa postindustrial del capitalismo moderno y de la “globalización” de la economía mundial. Incluso pueden ser también un signo de la caducidad del >Estado como forma de organización social. En algunas materias, el ímpetu de estas empresas supera a las fuerzas de cohesión de los Estados. Para ellas los límites nacionales no cuentan: el mundo es un solo mercado y los ciudadanos de todos los países son sus clientes reales o potenciales. Con esta perspectiva establecen sus instalaciones y sus fábricas en cualquier lugar del planeta. Sus capitales son apátridas. Atienden sólo a sus conveniencias económicas que hoy les aconsejan exportar tecnología y capitales e importar manufacturas que les es más rentable producirlas en los países periféricos de Asia y América Latina debido a mano de obra más barata, menores exigencias sindicales, baja tributación, inferiores costes de producción, restricciones ambientales en los lugares de origen, cercanía de las fuentes de recursos naturales, proximidad de los mercados de consumo y otros factores.

          Este tipo de empresas se caracteriza fundamentalmente:

                    1) por disponer de unidades de producción en varios países de modo tal que ninguna de sus plantas tenga importancia decisiva para el resultado final de sus operaciones y que las eventuales pérdidas que una de ellas pueda producir no afecten a la globalidad de sus negocios;

                    2) penetrar en muchos mercados con precios competitivos, para lo cual aprovechan la fuerza de trabajo más barata, minimizan los gastos de transporte, optiman el uso de su tecnología, utilizan donde les convenga las fuentes de financiamiento locales, se acercan a los veneros de materia prima y bajan los costes de producción;

                    3) emplear las técnicas más avanzadas de organización industrial, dirección de personal, mercadeo, publicidad y manejo de “stocks”, que las aplican conforme a modelos normalizados para obtener el mayor provecho posible en cada uno de los países en que operan;

                    4) destinar enormes recursos financieros a la investigación científica y tecnológica, cuyos resultados, compartidos por todas sus filiales, les colocan a la vanguardia mundial en sus respectivas líneas de producción;

                    5) instrumentar una política muy agresiva de colocación de sus recursos líquidos en valores industriales y activos financieros de ámbito mundial, que por sus magnitudes tienen repercusiones en el sistema monetario internacional; y

                    6) presionar con su poderío económico y por los más diversos medios, que pueden incluir el chantaje y el soborno o la conspiración política, sobre los gobiernos de los países en que trabajan para obtener los mayores beneficios, como se desprende del libro “El Estado soberano de la ITT”, escrito por Anthony Sampson, en el que relata las maquinaciones de la International Telegraph & Telefone para el derrocamiento del presidente Salvador Allende de Chile, en connivencia con la CIA, en 1973.

          Uno de los rasgos peculiares de este tipo de empresas es que, no obstante el alcance tan amplio y “transnacional” de sus operaciones, las decisiones administrativas se toman en la casa matriz ubicada en la metrópoli. Allí se planifican sus actividades de escala planetaria y se centraliza la toma de resoluciones y la promoción de las investigaciones científicas y tecnológicas. Este es uno de los factores que más preocupan en la periferia y es la principal fuente de la desconfianza que estas empresas inspiran. Los países que forman el ámbito de sus actividades económicas tienen el fundado temor de que las decisiones tomadas en el exterior  —o, eventualmente, dentro del país pero por extranjeros—  no tengan en cuenta los intereses locales.

          Su desmesurado poder económico y el tipo de negocios “estratégicos” que manejan hacen de ellas factores de dominación sobre los países pequeños y aun sobre los grandes. Suelen presionar sobre los legisladores para obtener leyes convenientes, someten a las autoridades, esquilman los recursos naturales, imponen los precios, avasallan la competencia, contaminan el medio ambiente, burlan las legislaciones “anti-trust”, erigen monopolios u oligopolios y reducen a su mínima expresión la capacidad de los gobiernos para controlar sus actividades.

          De ninguna manera resulta exagerado decir que ellas son en la actualidad uno de los más importantes instrumentos, si no el más importante, del >imperialismo, si hemos de entender el concepto en términos económicos concretos y no en la concepción abstracta e “ideologizada” de los tiempos de Lenin. Estos gigantescos conglomerados responden a una clara estrategia de dominación política y económica. Están eficazmente articulados entre sí a lo largo del planeta. Son portadores de una ideología. Se han convertido en los principales protagonistas de la economía mundial. Su dominación se extiende al campo político. Apuntan con buena precisión y mejores resultados a los centros de poder.

          Es cierto que las complicaciones inherentes al manejo de las grandes corporaciones modernas, verdaderos imperios de poder económico, han vuelto un imposible físico que una sola persona, ni siquiera un grupo de personas, detenten el control de ellas. Se acabó la era en que los grandes magnates de la industria, padres del capitalismo moderno  —los Rockefeller en el petróleo, Morgan en la banca, Vanderbilt en los ferrocarriles, Carnegie en el acero, Du Pont de Nemours en la industria química, Henry Ford en el automóvil—  ejercían un dominio “personal” y absoluto sobre sus empresas. Eso ya no existe. El poder real descansa hoy en los administradores profesionales de las empresas que son quienes toman las decisiones cruciales acerca de las proyecciones de su crecimiento, del mercado, de las innovaciones tecnológicas, de la obtención de recursos financieros, de las negociaciones con el poder político y con los sindicatos, de la selección de los campos de investigación científica, en suma, del desarrollo y operación de ellas. Ni siquiera es posible que la “junta de accionistas” o el “consejo de administración”, que de tiempo en tiempo se reúnen, puedan tomar las resoluciones administrativas de una gran empresa. Estas competen en la actualidad a la poderosa “máquina de razonamiento integrada” que en ella existe para adoptar las decisiones capaces de mantener el continuo crecimiento de la corporación central y de sus filiales hasta límites que hubieran sido inconcebibles para la empresa tradicional.

          Pero lo dicho no significa que no se haya acentuado el dominio de las grandes empresas sobre la economía de los países grandes y pequeños ni que dejen de ser ellas las que, en la práctica, planifican y conducen el orden económico imperante y, por este medio, determinen también muchas de las cosas en el nivel político de los Estados. Aquello es evidente. Por eso he dicho que, en el mundo capitalista contemporáneo, las facultades de regulación de la economía escamoteadas al Estado han ido a parar a los mandos de las grandes corporaciones privadas.

          Desde el comienzo de los años 70 del siglo pasado el llamado >trilateralismo tuvo esa dirección. La formación de la Comisión Trilateral en 1973, que reunió a empresarios, políticos, diplomáticos y economistas influyentes de Estados Unidos, Europa y el Japón, se hizo en torno a la tesis central de buscar una mayor cohesión entre las grandes corporaciones transnacionales a fin de fortalecer el poder del <capitalismo occidental y resistir la presión de los entonces países comunistas tanto como la de los del >tercer mundo.

          La Comisión Trilateral  —The Trilateral Commission—  fue fundada por el poderoso banquero y hombre de negocios norteamericano David Rockefeller, bajo la inspiración del profesor polaco Zbigniew Brzezinski de la Universidad de Columbia, preocupado por el deterioro de las buenas relaciones políticas y económicas entre Estados Unidos, Europa y el Japón. La idea central fue crear una alianza mundial entre las elites dirigentes de estas tres regiones geopolítcas del planeta para concertar acciones sobre el gobierno mundial, con el poder de poner y quitar presidentes y de dirigir las políticas económicas de escala global.

          Hay una justificada preocupación mundial por las actividades que desarrollan estas corporaciones y por el poder que han acumulado. Esa preocupación no viene solamente de los países pequeños, conscientes de que sus vitales intereses se manejan y resuelven desde las casas matrices de esas compañías, sino también de los propios países industriales de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) que el 21 de junio de 1976 adoptaron un código de conducta (“guidelines on standards of behaviour”) para tratar de cortar los abusos de las corporaciones transnacionales. En él se recomendó que éstas respeten las políticas de los países en los que desarrollan su actividades y a éstos se les recomendó controlar la información, la competencia, la financiación, las relaciones industriales y la política de empleo de las transnacionales.

          Antes, en un informe de las Naciones Unidas preparado en 1973, se afirmó ya que era necesario elaborar una serie de normas de control sobre la actividad de las corporaciones transnacionales y en 1974 la Asamblea General de la Organización Mundial aprobó la Resolución 3202 (S-IV) en la que se recomendó “adoptar y aplicar un código internacional de conducta para las sociedades transnacionales”.

          Estas empresas pertenecen a la etapa postindustrial del capitalismo. Los países capitalistas clásicos solían exportar hacia los países periféricos capitales, tecnología y manufacturas, al tiempo que adquirían de ellos materias primas y a veces mano de obra barata. Esta fue la clásica >división internacional del trabajo. Pero después las cosas se modificaron a conveniencia de los países avanzados y hoy por medio de las empresas transnacionales exportan tecnología y capitales e importan manufacturas que les es más conveniente producir en el tercer mundo.

          Esto es lo que ha ocurrido con algunos de los países asiáticos: Taiwán, Hong Kong, Singapur, Corea del Sur, parte de la China y, en menor medida, Tailandia, Malasia, Indonesia, Filipinas, Brunéi y Singapur. Las empresas metropolitanas han situado en ellos sus fábricas y, con sus patentes y tecnologías, producen allí sus manufacturas para el mercado mundial.

          Según informaciones de la CEPAL, el 90% de las mayores corporaciones transnacionales no financieras tiene sus casas matrices en Estados Unidos, la Unión Europea y Japón, alimentadas por miles de filiales regadas en todo el planeta. Las 50 empresas de mayor tamaño en los países del mundo subdesarrollado  —que, por cierto, no son comparables en tamaño ni siquiera con las más pequeñas de las cien de mayor magnitud en el mundo desarrollado—  se encuentran en trece de las nuevas economías industriales de Asia y América Latina, como China, Malasia, Corea del Sur, México y Venezuela. Las empresas transnacionales han optimado sus rendimientos mediante el >just-in-time, que es la expresión inglesa con que se designa a las técnicas de producción sincronizada con la demanda.

 
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