concordato

          Viene del latín concordatum y éste de concordare, que significa convenir. Concordato es el convenio celebrado entre un Estado y el Vaticano sobre asuntos eclesiásticos. Tiene la jerarquía de un tratado internacional, aun cuando el Vaticano no es propiamente un Estado. Por lo general, a través del concordato se regulan las relaciones de un Estado con la Iglesia Católica y se establecen las normas de conducta del clero, la forma de nominación de las autoridades eclesiásticas, las disposiciones relativas a la educación confesional, el régimen de propiedad de la Iglesia y otros temas de esta índole.

          En ocasiones, cuando no ha podido celebrarse un concordato, se ha suscrito un modus vivendi, que es un acuerdo de menor rango y de carácter provisional, generalmente contenido en un canje de notas diplomáticas, que tiene las mismas finalidades que el concordato.

          Fue célebre el concordato celebrado en 1802 entre Napoleón y Pío VII, que en cierto modo significó la reconciliación de la Iglesia y el Estado, muy distanciados a raíz de los acontecimientos que ocurrieron en Francia a partir de 1789. Hubo largas y difíciles negociaciones en torno al matrimonio de los sacerdotes, al nombramiento de los obispos, a la expropiación de los bienes de la Iglesia y a otros temas. El papa cedió a la mayor parte de las exigencias de Napoleón y pudo celebrarse el concordato.

          En relación con este tema, mucho se ha discutido sobre la naturaleza jurídica y política de la Ciudad del Vaticano, que fue establecida por los pactos de Letrán del 11 de febrero de 1929, suscritos entre el gobierno fascista italiano y la Santa Sede, para poner término al largo período de hostilidad que se abrió desde que los llamados estados pontificios fueron ocupados por Italia el 20 de septiembre de 1870.

          Esos pactos fueron dos: el que creó la Ciudad del Vaticano y el concordato que reguló las relaciones de la Iglesia con el Estado italiano.

          La Ciudad del Vaticano no es un Estado, en el sentido técnico de la palabra, puesto que carece de territorio, de pueblo y de soberanía. Y estos son elementos esenciales del >Estado. Las 44 hectáreas enclavadas en el centro de la ciudad de Roma, al oeste del río Tíber, en las que están emplazadas la basílica de San Pedro y la residencia y oficinas del papa, no son un >territorio desde el punto de vista jurídico. Los súbditos que allí trabajan o habitan están sometidos a la jurisdicción italiana y no constituyen, por tanto, un >pueblo en el sentido político de la palabra. Y la >soberanía es muy discutible, puesto que el Vaticano no tiene una verdadera supremacía  —elemento indispensable de la soberanía—  en su espacio físico ni ejerce jurisdicción sobre los pocos centenares de ciudadanos que allí trabajan. Cualquier delito que se cometa debe ser juzgado por las autoridades judiciales de Italia. El Vaticano no tiene judicaturas ni tribunales civiles o penales de justicia, a pesar de que en el preámbulo del Tratado de Letrán se estipula que “per assicurare alla Santa Sede l’assoluta e visibile indipendenza, garantirle una sovranità indiscutibile pur nel campo internazionale, si è ravvisata la necesità di costituire...la Città del Vaticano, riconoscendo sulla medesima alla Santa Sede la piena proprietà e l’esclusiva ed assoluta potestà e giurisdizioni sovrana”.

          Por tanto, el Estado Vaticano es una ficción creada por un consenso internacional de respeto hacia la jerarquía moral del papa, obispo de Roma y jefe de la Iglesia Católica, pero no es realmente un Estado a la luz de los principios de la Ciencia Política. Sus súbditos no son permanentes ni constituyen un pueblo, carecen de una >nacionalidad vaticana y el “bien común”, que llamarían los escolásticos, no es el bienestar de ellos  —que para eso dependen del Estado italiano—  sino la conducción de las relaciones con las iglesias y los feligreses en el mundo católico.

 
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