comunismo

          Con antecedentes históricos que se pierden en Platón (828-347 a. C.) y en las originales ideas cristianas, esta palabra designa, desde hace mucho tiempo, una forma utópica de organización social futura en la cual la propiedad privada será reemplazada por la comunidad de bienes y de trabajo, según lo propuso el periodista y revolucionario François-Nöel Babeuf a finales del siglo XVIII en Francia. En ella desaparecerá toda forma de dominación política y explotación económica. El término comunismo surgió como una esperanza de redención en el seno de las sociedades secretas de Francia después de 1830, en las que lo introdujo Filippo Buonarroti como un ideal revolucionario, y en el primer movimiento obrero alemán alrededor del año 1840.

          De las sociedades clandestinas francesas tomó la idea y la palabra el activista socialista francés Louis-Auguste Blanqui (1805-1881) y las convirtió en bandera de sus sueños revolucionarios. Pocos años después apareció en el >Manifiesto Comunista que, por encargo del 2º Congreso de la Liga de los Comunistas, redactaron Carlos Marx y Federico Engels en 1848. El filósofo socialista galo Étienne Cabet (1788-1856) solía llamarse a sí mismo comunista pero, a diferencia de Babeuf y de Blanqui, postulaba un comunismo no violento. En su novela utopista "Viaje a Icaria" (1840) vislumbró una sociedad futura llena de fraternidad y de igualdad  —con enseñanza gratuita, comedores públicos, ocupación del ocio—  que, cuando ocho años después quiso transferirla a la práctica en la colonia Nauvoo de Illinois en Estados Unidos, fracasó irremisiblemente. El artesano alemán exiliado en París, Wilhelm Weitling (1808-1871), intentó también establecer un régimen de convivencia social que prescindiera del dinero, de la propiedad privada y del gobierno, pero tampoco tuvo éxito. El socialista alemán Moses Hess (1812-1875) fue el primero en intentar conferir una fundamentación filosófica al comunismo y sus ideas tuvieron una notable influencia en las de Engels.

          Bajo la inspiración de los socialistas románticos franceses y de la filosofía de Baruch Spinoza, Paul Henri Holbach, Georg Wilhelm Friedrich Hegel y Ludwig Feuerbach, y con el aporte de la economía política inglesa de Adam Smith y David Ricardo, fue con Carlos Marx que la fundamentación filosófica del comunismo llegó a su nivel más alto. En el primer tomo de "El Capital" (1867) perfiló su idea comunista en la formación de “una liga de hombres libres que trabajan con medios de producción comunitarios y aplican sus múltiples fuerzas de trabajo individuales conscientemente como una fuerza de trabajo comunitaria”.

          Sustentándose en las ideas de Marx, Engels y Lenin, Joseph Stalin explicó en 1927 la “anatomía” de la futura sociedad comunista en los siguientes términos:

          “Será una sociedad en la que: a) no habrá ninguna propiedad privada de los instrumentos y medios de producción sino propiedad únicamente comunitaria y colectiva; b) no habrá clases ni poder estatal sino productores de la industria y de la agricultura, que se autoadministrarán económicamente como una libre asociación de trabajadores; c) la economía del pueblo, organizada según un plan, se basará en la técnica más desarrollada tanto en la industria como en la agricultura; d) no habrá ninguna oposición entre ciudad y campo, entre industria y agricultura, e) los productos serán distribuidos según los principios de los antiguos comunistas franceses: cada uno, según sus capacidades; a cada uno, según sus necesidades; f) la ciencia y el arte se desarrollarán en unas condiciones tan favorables, que llegarán a un florecimiento pleno; g) la personalidad, liberada de las preocupaciones por el trozo de pan y de la necesidad de adaptarse a los poderosos de este mundo, será realmente libre”.

          Stalin aclaró, por supuesto, que “todavía nos encontramos muy lejos de una sociedad semejante”.

          El comunismo es la última etapa del proceso de socialización marxista, en la que el modo de producción económica será la asociación libre y voluntaria de productores, en el marco de una sociedad sin clases y sin Estado. Marx y Engels, que fueron tan precisos en el diagnóstico del sistema capitalista no tuvieron la misma precisión para diseñar la sociedad de futuro. Expresaron que, como fruto de la revolución y de la supresión de la propiedad privada sobre los medios de producción y de la desaparición de las clases sociales, advendrá la primera etapa de la nueva sociedad, pero que ésta, acabada de nacer de la sociedad capitalista, llevará todavía los estigmas de la vieja sociedad de cuyo seno ha surgido. El Estado, dirigido por la clase obrera, será todavía necesario para crear las condiciones infraestructurales de la nueva sociedad. Sólo después vendrá el comunismo como etapa final de este proceso de transformación. Allí no habrá Estado ni clases sociales. Se planificará la producción exclusivamente para el uso y consumo de la población y se establecerá, como método de distribución, el conocido lema de Marx: de cada uno según su capacidad y a cada uno según su necesidad. Lo cual significa que en la sociedad comunista desaparecerán las mercancías, es decir, los bienes destinados primariamente para el intercambio y para la especulación comercial y que, además, cada miembro de la sociedad entregará lo que sea capaz de producir y recibirá, en cambio, todo lo que requiera para satisfacer sus necesidades. Esta es la última etapa del proceso de transformación marxista: llamada comunismo.

          En ella se producirá la socialización total de la producción y del consumo y la plena comunidad de bienes y de trabajo  —la communauté des biens et des travaux es el véritable objet et la perfection de l’état social, decía el soñador François-Noël Babeuf (1760-1797) cuando abogaba por la supresión de la sucesión intestada y del comercio privado—  en el marco de una nueva forma de sociedad que ya no estará regida por el Estado, puesto que éste, habiendo nacido en el momento en que la sociedad se escindió en clases contendientes para servir los intereses económicos y políticos de la clase dominante y mantener a raya a las clases dominadas, será absolutamente innecesario y desaparecerá en el nuevo orden social.

          Durante mucho tiempo los ideólogos marxistas denominaron a su doctrina indistintamente socialismo o comunismo. Marx y Engels no establecieron diferencia alguna entre ellos. En su discurso de fundamentación del "Programa de Gotha" (1875) el político socialista alemán Wilhelm Liebknecht (1826-1900) expresó que “entre comunismo y socialismo (...), según la concepción moderna, ya no hay ninguna oposición, ni siquiera diferencia”.

          Fue posteriormente que estas palabras empezaron a designar realidades ideológicas distintas.

          Lenin puso mucho empeño en utilizar la palabra comunismo para alejarse de la política reformista instrumentada por los socialistas de los países europeos occidentales. En 1915 bautizó con el nombre de "Comunista" a la revista que publicaba en Ginebra junto con Bucharin y Pjatakov. Y en abril de 1917 propuso el cambio de nombre del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso por el de Partido Comunista Ruso, cosa que se hizo en el VII Congreso del partido de 6 al 8 de marzo de 1918. Lenin tenía interés en interponer distancias ideológicas y políticas con los partidos socialdemócratas europeos y dejar en claro que no anhelaba ir hacia una democracia de corte parlamentario sino hacia el “despliegue de la sociedad socialista, es decir, hacia el comunismo”, en el que rigiera el principio distributivo de cada uno según sus capacidades y a cada uno según sus necesidades.

          En inglés hay la palabra “communitarianism”, acuñada a mediados del siglo XIX  —que carece de traducción al castellano—,  para designar la filosofía que privilegia lo social y lo colectivo sobre lo individual en contraste con las filosofías del >liberalismo y del >neoliberalismo, que son esencialmente individualistas.

          Por supuesto que en la amplia tendencia a privilegiar “lo social” sobre “lo individual” caben muchos matices.  Los  tempranos  impulsores  de  la  tendencia  —entre ellos el sociólogo alemán Ferdinand Tönnies (1855-1936) y el sociólogo estadounidense Robert Nisbet (1913-1996)—  acentuaron el sometimiento de los intereses individuales bajo las conveniencias sociales. Hay ciertas diferencias en el tema de la acción social frente al respeto a los derechos individuales de las personas. Los impulsores de esta doctrina sostienen que deben promoverse los intereses comunitarios pero sin afectar la libertad. Esa fue la orientación que siguieron en los años 80 del siglo XX Robert Bellah, Michael Sandel y Charles Taylor  —quienes fueron terriblemente críticos del ultraliberalismo del presidente Ronald Reagan de Estados Unidos y de la primera ministra Margaret Thatcher del Reino Unido—  y en los años 90 el profesor de Sociología de la Universidad de California Philip Selznick, el catedrático alemán Amitai Etzioni, el político liberal británico William Galtston y varios otros influyentes pensadores communitarians. El problema que todos ellos se han planteado es el de las relaciones de la promoción de lo social y el trabajo comunitario con la intangibilidad de los derechos humanos.

          Dentro de su línea filosófico-política elos han propuesto en Estados Unidos la sustitución del sistema económico neoclásico por uno en que las personas busquen su personal interés sin descuidar sus responsabilidades sociales y sin olvidar que los actores de la economía forman parte de la trama comunitaria. Favorecen una educación rica en valores de solidaridad social, que combata el individualismo; propugnan la igualdad de derechos y deberes de los hombres y las mujeres dentro del matrimonio y se oponen a la indoctrinación religiosa en los colegios y escuelas.

          El communitarialism se presenta como una muy tenue disensión política dentro del <capitalismo.

 
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