comunicación de masas

          La palabra viene del latín communicatio que significa promover una comunidad, o sea crear algo en común. La información, en efecto, produce una “comunidad” de conocimientos y de opiniones. 

          La información parte del alfabeto. El alfabeto (palabra que proviene de alfa y beta, que son las dos primeras letras griegas) es el conjunto de signos, símbolos, ideogramas, morfemas, jeroglifos, pictogramas, petroglifos o letras de un sistema de comunicación. A lo largo del tiempo se han dado muchísimos alfabetos: la escritura cuneiforme de la baja Mesopotamia entre los años 3400 Y 3200 a.C.; los signos jeroglíficos de la antigua escritura figurativa egipcia; los viejos alfabetos fenicio, etrusco y griego; el alfabeto árabe de 28 letras consonantes; la escritura tibetana de Bután, India, Nepal y Paquistán; el alfabeto ruso, variante del alfabeto cirílico que fue introducido en Rusia el año 988; la escritura ideográfica de los aztecas; el alfabeto hebreo con sus grafemas; y muchos otros alfabetos dados alrededor del planeta en el curso de los tiempos.
                  En el curso de los años el avance tecnológico en los sistemas para “transportar” esos conocimientos  —que han ido de la palabra hablada al manuscrito, de éste a la imprenta, de la imprenta a la radio y de la radio a la televisión y a la multimedia—  ha generado cuatro etapas culturales perfectamente diferenciables: la oral, la escrita, la auditiva y la audiovisual.

          Los medios de comunicación han transformado la cultura. La imprenta ha jugado un papel primordial en este proceso. No podríamos imaginar siquiera el protestantismo religioso sin la Biblia o la ley sin sus estatutos impresos. Lo mismo ocurrió después con la radio y hoy con la televisión, los ordenadores, internet, el CD-ROM, el DVD, el flash memory y los modernos software de las comunicaciones digitales. La sustitución de la página impresa por la pantalla electrónica se ha reflejado inmediatamente en la organización social y en la >cultura. Han entrado en crisis o se han transformado todas las actividades culturales basadas en la imprenta  —la política, la economía, la literatura, el periodismo, la publicidad, la educación, los negocios, las comunicaciones, las relaciones interpersonales, etc.—  y han surgido instituciones diferentes, en el marco de la cultura audiovisual.

          ¿Cómo ha sido este proceso? Veámoslo.

           Entre  los  acontecimientos  y  la  sociedad  hay  ciertos  intermediarios  —intermediarios informativos—  que son los medios de comunicación, en su más amplio sentido: escritos, auditivos y audiovisuales, a través de los cuales la sociedad se entera de los acontecimientos de la comunidad, se forma una opinión sobre ellos y asume los elementos de juicio necesarios para tomar sus decisiones.

          Los medios de comunicación han cobrado fuerza creciente en razón del proceso de democratización que se desarrolla en el mundo, que determina que los gobiernos sean cada vez con mayor definición regímenes de opinión pública, y del avance de la tecnología moderna, que ha puesto al servicio de la información los microprocesadores y los satélites capaces de llevar las noticias por el planeta a la velocidad de 300.000 kilómetros por segundo.

          El impulsivo desarrollo que ha experimentado la comunicación social obedece a diversos factores históricos y científicos. Fueron las revoluciones norteamericana y francesa de fines del siglo XVIII las que, al transferir la facultad soberana de los monarcas absolutos al pueblo y al fundar la legitimidad del poder en el consenso general, convirtieron a éste en el hacedor de sus propios destinos y le reconocieron, por consiguiente, el derecho a opinar sobre las cuestiones del Estado. Tal fue el origen histórico de la >opinión pública, que habría de convertirse con el correr del tiempo en uno de los elementos fundamentales de los regímenes democráticos, llamados por antonomasia regímenes de opinión porque en ellos gravitan con fuerza decisoria el criterio y las ideas de la masa social.

          La ciencia y la tecnología dieron eficacia al ejercicio de este derecho con la invención de la imprenta a mediados del siglo XV, de la radio y el cinematógrafo más tarde, de la televisión luego, del transistor que independizó a los medios de recepción portátiles de las redes de energía eléctrica más tarde, de la microcomputación y los satélites con sus terminales móviles recientemente y después de internet y la hipermedia, con lo cual la ciencia y la tecnología pusieron al servicio de la información y de la expresión de las ideas, en las distintas épocas, todos estos sorprendentes instrumentos tecnológicos.

          El arte de imprimir, o sea de transferir al papel textos y figuras grabados en moldes especiales, fue conocido por los chinos y japoneses desde los remotos tiempos del siglo V de nuestra era. Elaboraron para ello moldes de madera con el dibujo en altorrelieve de lo que querían imprimir y, después de entintarlos, los aplicaron contra el papel con ayuda de rudimentarias prensas. El trabajo fue muy largo y fatigoso porque para cada impresión debía grabarse a mano una horma especial.

          Así se empezaron a producir los primeros papeles impresos.

          Muchos siglos más tarde,  un orfebre alemán que vivía en Maguncia llamado Johannes Gutenberg (1397-1468)  —pero cuyo verdadero nombre era  Johann Gensfleisch zur Laden—  inventó a mediados del siglo XV un sistema que revolucionó el arte de la impresión: fue la imprenta. Con tipos móviles de metal, cada uno de los cuales contenía una letra, pudo componer palabras, líneas y páginas para armarlas en una plancha impresora. Esos tipos, después de usados, se desarmaban y se almacenaban por orden alfabético en unos cajetines, para emplearlos más tarde en la composición de nuevas páginas. De aquellos tiempos nos viene el nombre de cajistas que llevaban en los viejos talleres de imprenta, hasta la invención de la linotipia, quienes realizaban el trabajo de extraer de los cajetines las letras y articular con ellas los textos de las planchas impresoras.

          La máquina fundidora de tipos  —que devino en la linotipia— fue inventada y patentada en Nueva York por el estadounidense David Bruce en 1838. En 1886 el alemán Ottmar Mergenthaler  —nacionalizado en Estados Unidos—  experimentó y puso a funcionar en Cincinnati la linotipia, con la cual sustiuyó el sistema de tipos móviles. Ella sirvió por largo tiempo a las tareas de impresión. Después los composers reemplazaron a la linotipia y, en la era electrónica, los ordenadores han susutituido a los composers, de modo que los textos se levantan en computadora  —mediante el procedimiento llamado composición en frío—  y, por medios fotomecánicos, se trasladan a una placa trimetálica que, por el sistema denominado offset, imprime sobre el papel a una extraordinaria velocidad mediante prensas planas o rotativas.  

          La tecnología impresora cambia día a día. Esto da una dinámica sin precedentes a los medios de comunicación escritos.

          Con el advenimiento de la sociedad digital ha comenzado a marcarse una cierta tendencia de los medios escritos en papel a editarse digitalmente. Esto lo hizo el popular semanario norteamericano "US News and World Report", que empezó a editarse digitalmente desde comienzos del 2011. Y poco tiempo después, cuando se acercaba su aniversario número 80, tomó igual decisión la revista semanal norteamericana "Newsweek", cuyos personeros expresaron que ella podía ser más eficiente para sus lectores en el formato digital, a partir de enero del 2013. En aquel momento, el 39% de los estadounidenses había expresado que obtenía sus noticias en línea, es decir, por la vía digital, según el estudio del Pew Research Center  —un think tank con sede en Washington—  publicado en septiembre del 2012. "Dejar lo impreso es un momento extremadamente difícil para todos los que amamos el romanticismo del papel y la camaradería semanal única de esas horas febriles antes del cierre de los viernes", explicó la editora de "Newsweek", Tina Brown.

          Sin embargo, un año después de abandonar las rotativas, los nuevos propietarios de esta revista norteamericana  —IBT Media—  decidieron que ella volvía a imprimirse en papel en el año 2014.

          Hoy se habla de la prensa digital como una posibilidad tecnológica real. La expresión no se refiere, por cierto, al hecho de que los periódicos actuales sean armados e imprimidos por medios informáticos  —puesto que sus textos se preparan en ordenadores, sus artículos les llegan por >correo electrónico, las fotografías son digitadas y recibidas por vía satélite y su armada se realiza con software de diseño gráfico—  sino a que pronto podremos leer diariamente el “periódico” a todo color en nuestra casa o en cualquier otro lugar a través de una pantalla portátil muy delgada  —unos pocos milímetros de espesor—  pero de formato largo, que podrá ser doblada, plegada y llevada con nosotros. En ella tendremos información actual de los sucesos del mundo, sin la tardanza que significa el proceso de impresión sobre el papel y de distribución del material.

          Rupert Murdoch, presidente de la News Corporation de Estados Unidos, presentó en Nueva York el 2 de enero del 2011 el primer diario digital de alcance nacional diseñado para el equipo portátil Apple Ipad. Se denominó “The Daily”, cuya información actualizada, presentada en vídeo y audio, combina en tiempo real: textos, fotografías, gráficos y sonidos. Este periódico digital, con sede en Los Ángeles y Nueva York, publica alrededor de cien páginas diarias en los diversos campos de la información.

          A principios del siglo XXI un grupo de científicos de Cambridge, Estados Unidos, creó la primera pantalla electrónica ultradelgada  —del grosor de tres cabellos humanos—  que se puede doblar, retorcer y enrollar sin que los textos y las imágenes pierdan nitidez, que será un elemento fundamental del futuro periódico portátil digital, capaz de recibir datos mediante conexiones inalámbricas.

          Esta será la prensa digital que, junto con la multimedia, o sea la mezcla de audio y vídeo interactivos, serán los instrumentos de información del futuro.

          Se llama multimedia porque incorpora elementos característicos de todos los demás medios de comunicación: junta y sintetiza los textos e ilustraciones propios de los libros, periódicos y revistas; la voz y el sonido de la radio; el movimiento de las imágenes del cine y los vídeos de la televisión.

          Lo interactivo se refiere a que el usuario no se mantiene pasivo frente a los medios informáticos sino que abre con ellos una comunicación de doble vía: recibe su mensaje pero también se convierte en interlocutor. No es, como antes, un lector, radioescucha o telespectador pasivo, sentado inerte frente al aparato, sino que actúa sobre los medios para “navegar” en sus informaciones, interrelacionarlas, cuestionarlas, pedirles ampliaciones, formularles preguntas y plantearles problemas que deben resolver.

          En ellos el conocimiento se difunde por medio de bits y no de papel impreso. El bit  —acrónimo de la expresión inglesa binary digit—  es el elemento básico de la transmisión electrónica de la información. Sirve también como unidad de medida de la capacidad de memoria de los computadores. El bit no tiene color, ni tamaño, ni peso y puede viajar a la velocidad de la luz. Como otras energías puras  —por ejemplo: la electricidad o los rayos de luz—  no tiene masa ni ocupa un lugar en el espacio.

          El profesor norteamericano Nicholas P. Negroponte afirma en su libro “Being Digital” (1995) que para entender el mundo digital es menester hacer la diferencia entre átomo y bit. El átomo es la partícula más pequeña de un cuerpo simple. En cambio el bit no tiene solidez, no es tangible: es una energía. Una de sus características fundamentales, al decir del profesor del Massachussets Institute of Technology (MIT), es que el bit es un “estado”, una “forma de ser”. Afirma, por eso, que el bit puede ser “on” or “off”, “true” or “false”, “up” or “down”, “in“ or “out”, “black” or ”white”. En el sistema binario, al que obedece, el bit es “1” o “0”. Y a diferencia del átomo, no se mueve por transiciones: pasa de un estado a otro automáticamente y sin escalas intermedias.

          El profesor Negroponte dice con razón que la mayor parte de la información la recibimos en forma de átomos, esto es, de periódicos, libros, revistas y demás materiales impresos, mientras que hacia el futuro, en la era digital, la recibiremos por medio de bits que la transportarán de su lugar de origen hasta las pantallas electrónicas, a la velocidad de la luz.

          Esto significa que la prensa digital y, en general, los libros, revistas y publicaciones digitales, que recibirán la información por medio de bits, serán más baratos que los materiales impresos convencionales puesto que el 45% del precio de éstos está causado por el manejo de los “stocks” e inventarios y por los costes de transporte aéreo, marítimo o terrestre.

          La radiodifusión es el sistema de comunicación de señales sonoras por medio de las ondas hertzianas desde una estación transmisora, que transforma las señales en impulsos eléctricos, hacia aparatos receptores que descifran esos impulsos y los reconvierten en el mensaje original. Las ondas hertzianas fueron descubiertas por Enrique Hertz en 1888 y su utilización fue perfeccionada más tarde por el científico italiano Guillermo Marconi, quien solicitó en 1897 la primera patente británica para un aparato transmisor sin hilos.

          Sin embargo, la transmisión de la voz humana por medio de la modulación de estas ondas recién comenzó a ser experimentada en 1900 por Reginald A. Fesseden. La radiodifusión comercial se inició en Estados Unidos de América en 1920. La emisora KDKA de Pittsburg entregó a millares de oyentes el 2 de noviembre de ese año los resultados de las elecciones presidenciales de Estados Unidos. En 1921 había ya en ese país 50.000 radiorreceptores, que ascendieron a 600.000 el año siguiente. Hacia 1930 Estados Unidos tenían 13 millones de aparatos y Europa 8 millones.

          Había nacido un nuevo y más amplio medio de comunicación social.

          Sin embargo, es menester puntualizar que en este proceso científico hizo un trabajo de primera importancia el brillante y visionario matemático, físico, ingeniero eléctrico e inventor Nikola Tesla (1856-1943)  —nacido en el imperio Austro-húngaro pero afincado en Estados Unidos de América y nacionalizado allí desde 1891—,  a pesar del aislamiento y marginación a que fue sometido por los círculos empresariales y científicos estadounidenses a raíz de su enemistad con el inventor Thomas Edison, ídolo científico norteamericano en aquellos años, y de su desobediencia a las normas del capitalismo mercantil que allí regían. Tesla revolucionó la teoría eléctrica con su invención y desarrollo de la corriente alterna, su descubrimiento de los principios del campo magnético rotatorio, la construcción del primer motor eléctrico de corriente alterna trifásica, su predicción de la posibilidad de las comunicaciones inalámbricas  —que se adelantó a los estudios de Marconi—,  su invento de la bobina que lleva su nombre con la cual creó un campo de alta tensión y alta frecuencia, su descubrimiento del fenómeno ondulatorio en las corrientes alternas de alta tensión, sus experimentos con ondas electromagnéticas para detectar aviones y submarinos a larga distancia  —sobre cuya base los británicos desarrollaron años más tarde los sistemas de radar—  y, en resumen, las más de setecientas patentes de invención que Tesla reunió en torno a su trabajo científico.

          En 1943, en el curso del proceso judicial que Tesla entabló contra Guillermo Marconi, quien reclamaba como suya la invención de la radio, la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos dictaminó post mortem que la patente de esa invención era de legítima propiedad de Nikola Tesla, quien en el año 1893 se había adelantado en transmitir energía electromagnética sin cables mediante el primer radiotransmisor.

          La radiodifusión evolucionó rápidamente. En 1945 se inventó el magnetófono, capaz de registrar en un hilo o cinta magnéticos el sonido y de reproducirlo después, que hizo posible a las radiodifusoras grabar y almacenar informaciones y reproducirlas a voluntad. El disco microsurco le proporcionó programas musicales. El invento del transistor, que se debió al físico norteamericano William Schockley (1910-1989), revolucionó las comunicaciones radiales porque dio lugar al radiorreceptor portátil de baterías, que fue más allá del alcance de las redes de energía eléctrica. Vinieron después el disco long play y recientemente el compact disk que funciona con rayos láser. Todo esto determinó un gran avance en la radiodifusión.

          La televisión es un método para transmitir a distancia imágenes en movimiento y sonidos por medio de ondas hertzianas de alta frecuencia, desde un equipo transmisor que convierte los rayos de luz en impulsos eléctricos hacia aparatos receptores que reconvierten las señales eléctricas en rayos de luz visibles. Ella es el resultado de un largo proceso de investigación científica y aplicación tecnológica que arrancó desde el siglo XIX. En la década de los años 30 se hicieron ya transmisiones televisivas experimentales en Estados Unidos y en Europa. El proceso de experimentación se interrumpió por la guerra mundial y se reanudó en los años 40. En 1950 comenzó con gran fuerza la televisión comercial, que rápidamente se extendió por el mundo. Vino más tarde la televisión a colores, como resultado de los trabajos hechos en los años anteriores por la Columbia Broadcasting System.

          Para vencer las limitaciones propias de las ondas de alta frecuencia que utiliza la televisión, que no pueden ir más allá del horizonte puesto que describen una trayectoria casi recta y están imposibilitadas de seguir la curvatura de la Tierra, se montaron cadenas de estaciones retransmisoras. Así se amplió su radio de acción. Posteriormente vinieron los satélites artificiales, como estaciones de retransmisión de las ondas televisivas, que dieron a la televisión una escala planetaria. La TV por cable permitió sintonizar desde los hogares decenas de canales de varios lugares del mundo. Este sistema ha sido superado en los últimos años por la TV directa por satélite que, por medio de una pequeña antena parabólica de 46 centímetros de diámetro colocada en cada casa, ofrece la posibilidad de captar directamente cerca de 200 canales del mundo con altísima calidad y sonido estereofónico.

          Se ha llegado a tal avance tecnológico en esta materia, que el sistema de comunicación por satélite, con terminales transportables, hizo posible a la cadena televisual norteamericana CNN transmitir desde Bagdad al mundo entero las imágenes de la guerra del golfo Pérsico hace pocos años. Se produjo lo insólito: la trasmisión en vivo y en directo de una guerra, como si se tratara de un partido de fútbol. Y en la mañana del 11 de septiembre del 2001 varias cadenas de TV transmitieron las secuencias del monstruoso atentado terrorista contra las torres gemelas del World Trade Center en Nueva York, perpetrado por un grupo de fundamentalistas islámicos que secuestró aviones comerciales de American Airlines y de United Airlines y los utilizó como proyectiles, con pasajeros y todo, contra los edificios.

            El mundo vivió horas de horror al ver las transmisiones de televisión en vivo y en directo.

            Primero apareció en la pantalla la torre norte incendiada y humeante en su parte alta. Eran las 08:48 horas de la mañana, 12 minutos antes del comienzo de la jornada de trabajo, pero ya con mucha gente dentro del edificio. La TV explicó que un avión no identificado había chocado contra ella. Pero 18 minutos después se vio aproximarse un avión grande a baja altura y embestir a la torre sur, con la secuela de una gran explosión y fuego. No quedaba duda de que se trataba de un proyecto terrorista muy bien coordinado. Minutos más tarde la TV difundió la información de que un tercer aparato comercial se había estrellado contra el edificio del Pentágono en la capital estadounidense y de que otro había caído en un campo deshabitado cercano a la ciudad de Pittsburg, entre Nueva York y Washington. Los terroristas musulmanes habían atacado los símbolos del capitalismo y del poder militar norteamericanos.

          De otro lado, la invención de la fibra óptica ha tenido importantísimas repercusiones en el campo de la información. La fibra óptica es un cable de cristal de cuarzo (sílice fundido) de alta pureza, cuyo diámetro es más fino que un cabello, diseñado para transmitir la luz a grandes distancias y con extraordinarias velocidades. Está destinado a sustituir a los cables de cobre en su función de transportar información, con la ventaja de que, como no es metálica sino de vidrio y no utiliza electricidad sino la luz, tiene muchísima mayor velocidad, eficiencia y seguridad. Para dar una idea de lo que esto significa tomaré la información que trae el catedrático José B. Terceiro en su libro “Sociedad Digital: del homo sapiens al homo digitalis” (1996): mientras un teléfono convencional dotado de cable de cobre demoraría casi seis días para transmitir 2,4 kilobits, la fibra óptica para transmitir 466 megabits (o sea 466.000 kilobits) apenas necesitaría tres segundos. La diferencia es monstruosa. Incalculable. El cable de fibra óptica puede transportar nada menos que 64.722 veces más rápido que el teléfono convencional. Por eso es que la invención de la fibra óptica representa una revolución en el sistema de comunicaciones.

          La transmisión de las informaciones a alta velocidad por medio de impulsos de rayos láser a través de cables de fibra óptica  —la llamada fotónica—  será la tecnología del futuro en el campo de las comunicaciones. A diferencia de la transmisión por cables de cobre, la fotónica podrá llevar una señal óptica sin necesidad de convertirla en eléctrica hasta su destinatario final.

          Las empresas AT&T Bell y Kokusai Denshin Denwa proyectan usar la nueva tecnología en el tendido de un cable de fibra óptica a través del océano Pacífico con una capacidad de transmisión de 500 mil llamadas telefónicas simultáneas, que representa doce veces más que la capacidad de los actuales cables transoceánicos de cobre.

          La capacidad de la fibra óptica para transportar información es prácticamente “infinita”. Hasta el punto de que la ciencia no ha podido establecer con precisión hasta hoy cuántos bits por segundo (bps) pueden ser enviados a través de ella. Recientes investigaciones han llegado a la conclusión de que la cifra se acerca a los 1.000 billones de bits por segundo. Lo cual permitiría, por ejemplo, enviar información a un millón de canales de televisión simultáneamente. Y esto a través de un solo cable de fibra óptica, que pueden construirse muchos más.

          Este progreso tecnológico entraña, sin embargo, muy serios riesgos y peligros con respecto a los medios de comunicación. La gestión informativa en la >sociedad de masas contemporánea ha llegado a constituir un gran poder fáctico. En realidad siempre lo fue. Recordemos que los regímenes totalitarios de la primera mitad del siglo XX  —de signo fascista o comunista—  montaron gigantescos aparatos de información y propaganda para sojuzgar la mente y el cuerpo de los hombres. Lo que ocurre hoy es que ese poder se ha multiplicado por la enorme penetración que los medios  —especialmente la televisión—  han alcanzado sobre la masa social, incluso más allá de las fronteras nacionales. Hay muy serios riesgos en torno al manejo de la información. Uno de ellos es la concentración de la propiedad de los medios y además la concentración de la información en algunos de ellos. La función de informar, que se ha vuelto una de las más importantes responsabilidades de la vida social, está centralizada en cada vez menos empresas que son propietarias de amplias redes informativas escritas, radiales y televisuales. En estas condiciones, los peligros de manipulación de la información, de las ideas y de los sentimientos de las masas son inminentes.

          Hay una creciente preocupación en el mundo por los efectos negativos que pueden tener los sistemas computarizados de comunicación social si ellos caen bajo el control de pequeños círculos de poder económico. Algunos ven como inevitable que la nueva tecnología de comunicaciones, dado su alto costo financiero, sea dominada y controlada por elites económicas  —combinadas o no con elites políticas—  que tendrían en sus manos la posibilidad de manejar la información, las opiniones y las conductas de los pueblos. Estas cosas preocupan a los analistas políticos. Avanza en nuestros días la creciente monopolización de la información por medio de la absorción o de la fusión de empresas. Unas cuantas corporaciones transnacionales son ya las que dominan los medios masivos de comunicación a escala mundial y, como lo dice Howard H. Frederick, “de continuarse con las tendencias actuales, para fines de siglo de cinco a diez corporaciones gigantes controlarán la mayor parte de los principales periódicos, revistas, libros, estaciones de radio y TV, películas, grabaciones y redes de datos”.

          Se han formado en los últimos años, a través de una secuencia de megafusiones, gigantescas empresas transnacionales que han asumido el oligopolio de la información y de la comunicación mundiales. Proceso que se inició en 1998 en el mundo desarrollado. La SBC Communications Inc. se fundió con la Ameritech Corp, la AT&T con la Teleport, la AT&T con la Tele-Communication Inc., la SBC con The Pacific Telesis Group, la WorldCom adquirió la MCI y se unió con la Compu Serve y después absorbió a la Sprint Corporation, la Bell Atlantic succionó a la AirTouch Communications Inc. Antes la Time Warner había asumido el control de Turner Broadcasting System Inc., con lo cual engendró el grupo de medios de comunicación más grande del mundo. En septiembre del 2001 se produjo la fusión entre dos gigantes de la informática: la Hewlett-Packard adquirió la empresa fabricante de computadoras Compaq por la suma de 25.000 millones de dólares. Estas corporaciones operan en más de 160 países. En el campo de internet se produjeron las fusiones de America Online Inc. con Netscape Communications Corp., la de At Home Corp., que presta el servicio de acceso rápido a red, con Excite Inc., que ofrece un sistema de búsqueda; la fusión de Yahoo con GeoCities Inc.; la fusión de America Online con Time Warner “para crear la primera empresa de prensa y de comunicación en el mundo para el siglo del internet”.

          De modo que un pequeño número de grandes empresas de información determina los pensamientos, sentimientos, imaginación, sueños, gustos y conductas de la población mundial.

          De otro lado, la comunicacion de masas está pasando del formato impreso, que sufre muchas limitaciones de difusión, a la videocinta que, por la vía de los satélites, puede alcanzar un enorme radio de acción sobre el planeta. Esto plantea nuevas e inéditas relaciones entre los sistemas democráticos y las modernas tecnologías de la información.

          No hay duda de que, en buena medida, la sociedad contemporánea está moldeada por los medios de comunicación, por la sencilla razón de que las personas actúan de acuerdo con las informaciones que tienen y esas informaciones las reciben de los medios de comunicación. La televisión tiene especial importancia por la onda expansiva de su acción y por la fuerza “vivencial” de su testimonio. Sus mensajes informativos, de opinión y comerciales dejan una profunda huella social. En buena medida la >sociedad de consumo es obra de la televisión comercial que impulsa a la compra  —desde hojas de afeitar hasta automóviles—  con ayuda de las más sugestivas imágenes publicitarias y del testimonio seductor de mujeres hermosas  —para persuadir a los hombres—  y de hombres de aspecto varonil  —para inducir a las mujeres—,  todo esto dentro del refinamiento de la publicidad convertida en una de las bellas artes del capitalismo.

          Los medios y la >globalización han contribuido a producir en el mundo contemporáneo un proceso de integración cultural transnacional, que ha homogeneizado los valores, conocimientos, costumbres y estilo de vida de las >elites sociales de todos los países, al menos de los que están enlazados por el sistema planetario de comunicaciones por satélite. Esto ha podido producirse porque los grupos de elite sintonizan en todas partes iguales programas televisuales, ven las mismas películas, escuchan comunes programas radiales, “consumen” la misma información transnacional, leen los mismos libros y revistas, organizan de manera similar su vida familiar, se visten igual, tienen parecidas normas de consumo, igual nivel de ingresos, la misma influencia en los negocios y en el gobierno, en suma, el mismo estilo de vida e iguales valores e intereses. Hasta el punto de que es mayor la afinidad y el entendimiento entre los grupos dominantes de los diversos países, por encima de las fronteras nacionales, que entre ellos y sus propias poblaciones.

          Es verdad que el avance tecnológico ha dado insospechadas posibilidades de información a la sociedad digital. Gracias a los medios de comunicación ella tiene hoy más información que ninguna otra en la historia. La competencia feroz entre los medios de comunicación ha hecho de la >opinión pública un gran mercado a conquistarse. Para ello cualquier procedimiento es bueno. El objetivo principal, espoleado por el afán de lucro de las empresas, es cautivar y ampliar el número de lectores, telespectadores u oyentes. Esto, en algunos casos, ha sometido a ciertos medios a la lógica del mercado en desmedro del respeto a la opinión pública y a la verdad. Con frecuencia la calidad y la autenticidad de la información han pasado a segundo plano. Se produce información para “venderla” y para conquistar compradores. Lo importante es ampliar el mercado y optimizar los rendimientos. Pero como con frecuencia las obligaciones mercantiles son incompatibles con la verdad o con el interés público, algunos medios sucumben a la tentación de subordinar la información a sus intereses comerciales.

          El hecho de que el principal ingreso de los medios de comunicación privados sea la >publicidad comercial apremia a los dueños y gerentes de ellos a atraer el mayor número posible de lectores, radioescuchas o televidentes, porque este es el valor que venden a los anunciantes. Los ratings de sintonía de la TV y de la radio o el tiraje de los medios escritos, que son los que guían a los anunciantes, sirven para medir esto. De modo que las relaciones entre los fabricantes, los anunciantes y los medios son muy estrechas. El poder de los grandes anunciantes sobre los medios es decisorio y el de los fabricantes sobre los anunciantes es aun mayor. Los medios se cuidan de no dañar o molestar los intereses de los anunciantes y éstos, a su vez, de que ello no ocurra con los fabricantes. Con lo cual la información corre el riesgo de tornase selectiva. El control de los sectores económicos sobre los medios de comunicación puede llegar a vulnerar  —y de hecho así ocurre—  la libertad de prensa. La información ha sufrido restricciones. Una noticia que incomode a un fabricante o a un anunciante es probable que no aparezca. Esta es la misma razón por la cual ha resultado muy difícil eliminar de los medios la publicidad de tabaco y alcohol. En cuanto a los programas, los medios se ven forzados a optar por los que más acogida tienen entre la gente antes que por su calidad. Y no siempre los programas o publicaciones culturalmente más enriquecedores son los que mejor acogida tienen en el público. De todo esto se desprende que un medio que realmente quiera ser libre debe luchar no solamente contra la intervención del gobierno sino también contra el dominio ejercido por los grandes intereses comerciales.

          Lo anterior vulnera el derecho del ciudadano a estar veraz y oportunamente informado, a formarse una opinión y a expresarla libremente y a contar con los elementos de juicio necesarios para participar en la vida política del Estado y tomar las decisiones democráticas que le competen. Los medios de comunicación están obligados a satisfacer este derecho de la manera más leal y objetiva. Esta es una de sus responsabilidades sociales.

          El problema es especialmente grave con la televisión, dado que el testimonio de ella aparece como una “verdad” para los telespectadores. Es una cuestión de percepción. La imagen televisual, acompañada del sonido, el color y el movimiento, tiene para ellos una gran fuerza “probatoria”. Y no saben que hay mil y una maneras de manipularla. La selección de la imagen, su perspectiva, el tiempo de exposición, la iluminación son, entre otros, los métodos de manejo en la pantalla. Y eso sin contar con la eliminación o apocamiento de unas noticias y la magnificación de otras, que es siempre una posibilidad abierta para un medio de comunicación.

          Dice al respecto el escritor y periodista polaco Ryszard Kapuscinski, galardonado con el premio Príncipe de Asturias (2003) de comunicación y humanidades, en una entrevista concedida al diario “ABC” de España el 18 de julio del 2004, que “el gran capital ha descubierto que la información es una mercancía que produce grandes ganancias. Antes, el periodismo buscaba la verdad de la noticia, ahora busca que la noticia sea atractiva, interesante o curiosa. Un jefe de redacción ya no pregunta: 'Es verdad lo que dices', sino '¿Cómo lo vendemos?”

          En este proceso de comercialización informativa, en que la noticia es una mercancía sometida a las leyes del mercado, se produce con frecuencia la paradójica situación de que la libertad de información se mata a sí misma.

          En el campo de la comunicación política se reproducen e incluso se agudizan estas deformaciones. Los medios están en posibilidad de forjar artificiosamente, a través de la >desinformación, corrientes de opinión pública, inclinarlas en determinado sentido, desviar la atención popular y realizar toda suerte de maniobras con el pensamiento y el sentimiento de la gente. La violación de la ética periodística, la desfiguración de la verdad y la publicación amplificada de las mil caras de la violencia por los medios sensacionalistas  —que caracterizan a la llamada >prensa amarilla—  son otras tantas anomalías a que está sometida la información en el mundo moderno. La supresión de la libertad de prensa y el monopolio de la información por parte de gobiernos autoritarios son también peligros que acechan permanentemente.

          Cada vez más la actividad política se convierte en un “show”, especialmente en los medios televisuales. Lo que, a su vez, deforma la mentalidad y la conducta de los políticos, que se tornan histriónicos. El debate sobre las cuestiones públicas ha devenido así en un interminable espectáculo, plagado de trucos publicitarios y de manejos efectistas, que ha generado un sistema político que bien pudiera denominarse “teledemocracia”.

          Pero hay algo que debe merecer especial atención. En el empequeñecido planeta de las comunicaciones satelitales  —en el que las noticias se desplazan por el espacio a la velocidad de 300.000 kilómetros por segundo—  se produce un bombardeo permanente de ominosas informaciones. Tragedias, violencia, calamidades son el menú diario de los espacios noticiosos por aquello de que bad news are good news, que dice el difundido lema informativo norteamericano. Si un funcionario público cumple con su deber, no hay noticia; pero si desfalca fondos públicos hay un gran despliegue informativo. Cuando los países viven en paz nada se publica, pero si disparan cohetes a través de las fronteras hay grandes titulares. Esto ha producido una forma de angustia vital en el hombre contemporáneo, que hace propias las desgracias ajenas y distantes. A veces pienso que nuestros abuelos vivían más tranquilos. Sólo se enteraban de las malas noticias de su gente. Hoy, en cambio, compartimos diariamente las tristezas de los lugares más remotos gracias a la magia de las comunicaciones y eso ha producido un particular estado de ánimo en el hombre contemporáneo, lleno de estrés y pesimismo.

          Ciertamente que no ocurre hoy lo que en ciertos pueblos antiguos de Oriente, cuyos reyes mandaban matar a los mensajeros de malas noticias y ensalzaban a los portadores de buenas. Los griegos exaltaron para siempre la memoria del heraldo que, después de traer a la carrera la buena noticia de la victoria en la batalla de Maratón sobre los persas, cayó muerto por el esfuerzo.

          No se puede negar, sin embargo, que existe una cierta predisposición “masoquista” en los hombres para recibir malas noticias. Este es también un fenómeno muy antiguo. Recordemos, por ejemplo, la fascinación de los atenienses por ir al teatro a ver las tragedias de Esquilo o de Sófocles, cargadas de desventuras indecibles, que Aristóteles explicaba por la catarsis que ellas producían en los sentimientos del espectador. La atracción por el horror aún perdura en lectores, cinéfilos y televidentes. Las desgracias de otros y las catástrofes ajenas, si bien traen padecimientos, no dejan de producir una cierta catarsis parecida a la del anfiteatro griego.

          Esto ha dado lugar a que la crónica roja gane importantes espacios en la radio, prensa y televisión. Muchos medios, en su febril competencia comercial, han hecho del delito un show y venden diariamente su carga morbosa de sangre, deformidad y aberración. Los >tabloides sensacionalistas explotan para sus ventas el morbo y el escándalo mientras que en la radio y la televisión han proliferado los programas truculentos que aseguran para sus empresas enormes mercados. Abundan los “reality shows”, originarios de la televisión norteamericana y copiados por los productores del tercer mundo, que son generalmente programas baratos de producir, de muy mala calidad, pero de una alta rentabilidad comercial.

          El ámbito de las películas pasadas por la televisión no es mejor. Lester C. Thurow, profesor de economía del Massachussets Institute of Technology (MIT) y periodista con gran experiencia, afirma en su libro “El Futuro del Capitalismo”, que la TV ha reemplazado a la familia en la creación de valores y dice que “el adolescente norteamericano medio mira la televisión 22 horas por semana, mientras pasa cinco minutos por semana solo con su padre y veinte minutos solo con su madre. Para el momento en que la adolescencia haya concluido, el o la joven habrá visto 18 mil asesinatos”. Después Thurow se detiene a analizar la fuerte influencia que la TV tiene sobre los valores humanos y a discurrir acerca del grado en que la violencia televisiva genera violencia real.

          Por supuesto que la televisión tiene también elementos positivos. Esto es obvio. Y no me refiero al gran caudal de información que entrega diariamente y que para una enorme cantidad de personas en el planeta es la única información que reciben, sino a que su presión sobre los centros de poder nacional e internacional ha producido acciones muy importantes en defensa de los derechos humanos. Fue la televisión la que, por ejemplo, con sus desgarradoras escenas llamó la atención mundial hacia los niños hambrientos de Somalia, la crueldad de la guerra interna en Bosnia o las matanzas de los integristas islámicos en Argelia. Con ello movilizó la opinión pública internacional y forzó a los gobiernos y a la comunidad internacional, al menos en los dos primeros casos, a desplegar acciones de injerencia humanitaria para detener el genocidio. Lo más probable es que sin la cobertura mundial de la televisión esos episodios hubieran pasado completamente ignorados por los líderes del mundo.

          Sin embargo, investigaciones realizadas revelaron que los usuarios estadounidenses de internet  —que a mediados del año 2012 eran 245’203.319, que representaban el 78,6% de la población—  tendían cada vez más a informarse por medio de la red bajo la consideración de que la información que ella transmite, tan importante como la de cualquier otro medio de comunicación, tiene la ventaja de estar disponible las 24 horas del día y no estar sometida a la selección o censura que con frecuencia suelen imponer los medios convencionales de comunicación, que son los que deciden qué se publica y qué no.

 
Correo
Nombre
Comentario