coexistencia pacífica

          Frase que se usó con tanta frecuencia como hipocresía durante la segunda posguerra en el siglo XX para significar la convivencia entre la Unión Soviética y los países capitalistas.

          La frase fue acuñada por León Trotsky en 1917 para señalar la política soviética de buena relación con los países Occidente tras la Primera Guerra Mundial y fue más tarde usada por Nikita Kruschov para describir la situación de la Unión Soviética con los Estados capitalistas, después de la Segunda Guerra Mundial.

          La expresión se refiere a la posibilidad de convivencia en paz entre sistemas filosóficos, políticos y económicos diferentes. Pero con el tiempo se puso en evidencia la enorme hipocresía que la frase encerraba, porque la denominada coexistencia pacífica fue realmente un estado de extremada hostilidad entre las dos superpotencias y los Estados de su respectiva zona de influencia. Hubo momentos  —como los del bloqueo de Berlín en 1948 o la instalación de plataformas de lanzamiento de misiles nucleares en Cuba en 1962—  en que la guerra total parecía inevitable. Sólo con refinada gazmoñería podía denominarse “coexistencia pacífica” a esa situación. Mucho más adecuadas fueron las expresiones equilibrio del terror, sustentado en el poder disuasivo de las armas nucleares, o guerra fría, acuñada por uno de los consejeros del presidente norteamericano Harry Truman en 1947, que tanto disgusto producía entre los líderes soviéticos. La guerra fría fue el equivalente a la paz armada de la que se habló antes de la Primera Guerra Mundial.

          Los gobernantes comunistas entendieron la coexistencia pacífica como la posibilidad de impulsar en los países de occidente las llamadas guerras de liberación nacional y los países del otro lado como la autorización para emprender en actividades neocolonialistas dentro de su órbita de influencia, mientras las superpotencias adelantaban la más frenética carrera armamentista que contemplan los tiempos.

          Los escritores soviéticos suelen atribuir a Lenin la formulación de la teoría de la coexistencia, según la cual la transición del capitalismo al comunismo tomaría un tiempo, que podría no ser corto, durante el cual se produciría una interacción entre los Estados capitalistas y los socialistas. Sin embargo, Lenin no concibió una hipótesis sobre la coexistencia pacífica, probablemente porque pensó que la revolución en las sociedades burguesas “decadentes” era inevitable y que incluso la guerra entre los dos sistemas era muy probable por razones imperialistas. Stalin, convencido de lo inevitable de la “revolución mundial”, siguió por el mismo sendero de la confrontación entre dos sistemas que consideraba que nada tenían en común. Nunca creyó que la coexistencia pacífica, aunque deseable, fuera posible. En una respuesta escrita a una serie de preguntas de periodistas occidentales en 1952, explicó que “los círculos dominantes de los Estados capitalistas no están dispuestos a colaborar con los Estados socialistas”.

          A la muerte de Stalin en 1953  —la Unión Soviética convertida en potencia industrial, pero con muy graves problemas económicos—  los sucesores del líder soviético tuvieron que afrontar la realidad y revisar la política de hostilidad contra Occidente, seguida por tres décadas, para poder insertarse en el curso de los avances económicos, científicos y tecnológicos. Pero eso entrañaba ciertamente el riesgo de incurrir en alguna forma de >revisionismo. En 1954, en un manifiesto conjunto suscrito por India y China, se formularon los cinco principios de la coexistencia pacífica, que eran: el respeto a la soberanía e integridad territorial de los Estados, el rechazo a toda forma de agresión, la igualdad de derechos entre ellos, la no intervención en sus asuntos domésticos y la convivencia pacífica.

          Estos principios se ratificaron un año más tarde en la conferencia de Bandung, que reunió a los países de África y Asia conscientes del papel que estaban llamados a jugar en la política mundial.

          El gobernante soviético Nikita Kruschov, en el acto de rendición de cuentas ante el XX Congreso del partido comunista el 14 de febrero de 1956, en el que intentó hacer una adaptación de la ideología marxista a la nueva situación mundial, proclamó tres tesis que constituyeron una segunda versión de los cinco principios indo-chinos de 1954. Postuló 1º) que las guerras no son inevitables, aunque reconoció la validez de la tesis leninista de que ellas tienen un fundamento económico en el contexto de los países capitalistas; 2º) que la violencia y la guerra civil no son las únicas vías para la revolución; y 3º) que el socialismo puede ser construido por métodos distintos, según las condiciones de cada país.

          Estos principios guiaron la política internacional de la Unión Soviética durante el régimen de Kruschov y en concordancia con ellos contribuyó a resolver las crisis internacionales en el curso de la >guerra fría.

          Pero Mao tse-tung formuló en 1957 una durísima crítica contra la teoría soviética de la coexistencia pacífica, especialmente con relación a la transición pacífica hacia el socialismo, y a afirmó que solamente si uno se atreve a la guerra se puede evitar la guerra.

          En lo que fue la primera reunión entre los gobernantes norteamericano y soviético desde la terminación de la Segunda Guerra Mundial, Dwight D. Eisenhower y Nikita Kruschov se juntaron en Ginebra en 1955 para tratar de establecer un sistema de coexistencia pacífica  —peaceful coexistence—  entre las dos superpotencias. Con este propósito, a pesar de ser un general y de haber desempeñado un papel protagónico en la conflagración mundial  —entre otras responsabilidades, asumió la de comandar las tropas aliadas en el desembarco de Normandía para liberar a Francia de las fuerzas de ocupación alemanas—  disminuyó más que ningún otro presidente norteamericano los gastos militares en la guerra fría.

          La verdad fue que, pese a todo, la expresión coexistencia pacífica se prestó a diversas interpretaciones. Los gobernantes comunistas la entendieron con frecuencia como la posibilidad de impulsar en los países de Occidente las llamadas guerras de liberación nacional y los países del otro lado, como la autorización para emprender en actividades neocolonialistas dentro de su órbita de influencia. Todo esto mientras las superpotencias adelantaban la más frenética carrera armamentista que contemplan los tiempos.

          La frase de Trotsky, por tanto, quedó vacía de contenido en la práctica. Más apropiada fue la expresión equilibrio del terror para describir la precaria paz que dieron al mundo las dos superpotencias durante los ominosos años de la confrontación Este-Oeste.

 
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