clonación

          A mediados de 1996, biólogos escoceses del Instituto Roslin de Edimburgo crearon en laboratorio una cordera sin el aporte del semen de un carnero. Ella no nació, como todos los mamíferos, de un embrión formado por la fusión de un óvulo materno y un espermatozoide paterno sino del núcleo de una célula extraída  de  la  ubre  de  una  oveja  —que contenía el material genético de ésta—  trasplantado a un óvulo de otra, al que antes se le había extraído el núcleo. Después el óvulo receptor fue implantado nuevamente en el útero de la segunda oveja, donde continuó su desarrollo hasta el nacimiento del nuevo ser. La cordera que nació, si bien más joven, fue genéticamente idéntica a la oveja de cuya glándula mamaria se extrajo la célula somática, con sólo las diferencias adquiridas, que por cierto no son muy grandes entre los ovinos, impuestas por el medio en que aquélla se desenvolvió.

          El experimento, que ha producido el clon o la “copia” de un mamífero, abrió horizontes inusitados a la economía  —para no hablar todavía de la cuestión humana—  porque sin duda la reproducción por este método se aplicará en el futuro a la ganadería y los ganaderos podrán tener reses más sanas y productivas.

          A mediados de 1999 en Worcester, Massachusetts, un equipo de científicos norteamericanos de la empresa Advanced Cell Technology, dirigidos por Robert Lanza, clonó seis vacas mediante un nuevo procedimiento de clonación animal capaz de rejuvenecer las células viejas. Este experimento contribuyó a negar la idea que por entonces existía de que la clonación acortaba la duración de la vida de las células puesto que, a diferencia de la oveja Dolly que dio signos de envejecimiento prematuro, que a los cinco años y medio de edad sufrió artritis en la pata izquierda y en la cadera y que finalmente en febrero del 2003 tuvo que ser sacrificada mediante una inyección letal porque había contraído una enfermedad pulmonar incurable, las seis vacas clonadas del otro experimento se mantuvieron perfectamente jóvenes. Sus células fueron hasta más jóvenes que las de las vacas normales de la misma edad.

          Con base en este experimento, cuya clonación se hizo a partir de células en su último período de vida, el profesor Lanza llegó a la conclusión de que se podría alargar la existencia de los seres vivos  —en una suerte de “fuente de juventud”—  por medio de este nuevo método de clonación. Una célula tiene un número determinado de ciclos de división y por tanto llega al final de su vida cuando ya no puede dividirse más. Según sus autores, el experimento demuestra que es factible ampliar la capacidad de división de las células y que, en el caso de las vacas clonadas, en lugar de tener hasta cuatro ciclos de división, como tienen las células normales, podrían dividirse hasta noventa veces.

          Los científicos de la empresa británica PPL Therapeutics que trabajaron en la clonación de la oveja Dolly, utilizando un método básicamente igual, clonaron cinco cerdos  —que nacieron el 5 de marzo del 2000 en Blacksburg, Virginia—  dentro del programa de investigación para crear órganos y células trasplantables a los seres humanos. Según los análisis del ADN, los lechones clonados resultaron idénticos al cerdo adulto cuyas células sirvieron para el proceso de clonación. El experimento apuntó hacia la creación de cerdos genéticamente modificados cuyos órganos, tejidos y células puedan ser trasplantados a los seres humanos, dada la similitud fisiológica entre el cerdo y el hombre, de modo tal que el trasplante de los órganos animales no produzca reacciones de rechazo en el cuerpo humano.

          Un equipo de científicos norteamericanos de Portland creó el 2 de octubre del 2000 un mono genéticamente modificado  —con un gen adicional en sus células—  para experimentar la posibilidad de crear grupos de primates a los que se les introduzcan genes del mal de Alzheimer o de diversos tipos de cáncer o del SIDA, a fin de que ellos desarrollen estas enfermedades y brinden a la ciencia la oportunidad de descubrir nuevos tratamientos.

          En octubre del 2001 un grupo de científicos reprodujo un tipo de mamífero rumiante de la isla de Cerdeña tomando el material genético de las células de dos hembras muertas halladas en la montaña. Esta fue la primera clonación de un mamífero a partir de un animal muerto. El experimento se repitió en abril del 2002 en la Universidad de Georgia, Estados Unidos, con el nacimiento de un ternero clonado con material genético tomado de células de la región renal de una vaca faenada dos días antes. Estos hechos abrieron un nuevo capítulo en el desarrollo de la biotecnología, puesto que las clonaciones anteriores fueron a partir de animales vivos. Steven Stice, miembro del equipo de investigadores de la Universidad de Georgia, explicó que entre centenares de animales que se sacrificaban en los mataderos para la obtención de carne se escogió uno de muy alta calidad para originar la clonación. La finalidad del experimento fue reproducir reses resistentes a las enfermedades  —incluido el mal de las “vacas locas”—  y cuya carne fuera de la mejor clase para el consumo humano.

          La técnica empleada en la clonación es la llamada transferencia nuclear, que consiste en extraer el núcleo de una célula y remplazarlo por el de otra que contiene el genoma deseado. La célula receptora es un óvulo no fecundado  —un ovocito—  al que le han extraído el núcleo para implantar en su lugar el núcleo de una célula somática proveniente de un adulto de la misma especie. Se obtiene así, por medio de un método de fecundación asexual, un embrión que, con el tiempo, será un individuo genéticamente idéntico al donante del núcleo.

          En agosto de 2002 un grupo de investigadores dirigido por el profesor Bruce Spiegelman dijo en Boston haber creado un ratón transgénico con músculos capaces de resistir un ejercicio intenso durante amplios períodos. Los científicos esperan que las técnicas desarrolladas en los roedores sirvan también para el tratamiento de personas que se encuentran postradas o que tienen enfermedades degenerativas en los músculos o para preparar atletas de resistencia.

          En agosto del 2003 un grupo de científicos italianos del Laboratorio de Tecnología Reproductiva de Cremona anunció que había creado la primera yegua clonada a partir de una célula adulta tomada de la misma hembra. La potranca, bautizada como Prometea, pesó al nacer 36 kilos y vino al mundo por un parto natural después de un embarazo normal y completo.

          Prometea  —llamada así en honor a Prometeo, personaje de la mitología griega que fue castigado por robar el fuego a los dioses y entregárselo a los hombres—  fue el primer animal nacido de la madre de la que fue clonado. El procedimiento fue el mismo de la oveja Dolly. Los científicos extrajeron una célula de la piel de la madre y la implantaron en un óvulo del cual se había sacado el núcleo. Después de que el óvulo activado creciera en el laboratorio, fue colocado en la yegua. Con este experimento un animal equino se agregó a la lista de los mamíferos exitosamente clonados.

          En agosto del 2005, el profesor Woo Suk Hwang de la Universidad de Seúl y el científico Gerald Schatten de la Universidad de Pittsburg anunciaron la clonación del perro Snuppy, a partir de una célula obtenida de la oreja del padre, de raza afgana, de la cual tomaron el material genético.

          La empresa francesa Cryozootech anunció que el 2 de junio del 2006 nació en College Station, Texas, un potro clonado a partir de un caballo campeón de carreras con obstáculos.

          En la década siguiente a la clonación de Dolly se crearon en diversos países, mediante clonación reproductiva, dieciséis especies de animales: un ratón en 1998, un toro en 1999, un cerdo y una cabra en el 2000, un búfalo salvaje y un carnero en el 2001, un conejo y un gato en el 2002, una mula y una rata en el 2003, un gato salvaje africano en el 2004, un perro, un búfalo de agua y un caballo en el 2005, un hurón en el 2006 y un lobo en el 2007.

          A comienzos de agosto del 2008 se produjo la primera clonación comercial: por encargo de la norteamericana Bernann McKinney, de Hollywood, la empresa surcoreana RNL Bio, con el ADN tomado de la oreja de un perro pitbull muerto de cáncer dos años antes, clonó cinco hermosos cachorros, tres de los cuales le fueron vendidos por 50 mil dólares.

          Veterinarios árabes anunciaron en Dubái la clonación de un camello en abril del 2009.

          Todas estas y otras clonaciones  —incluida la emblemática de la oveja Dolly—  fueron en realidad antecedidas por varios experimentos e investigaciones clónicos, que se mantuvieron con una cierta reserva.

          El biólogo británico John Gurdon demostró en 1967 que era posible clonar una rana a partir de las células de su intestino. Sus investigaciones le valieron el Premio Nobel.

          Tomando material genético de un embrión de ratón e inoculándolo en una hembra, los científicos Karl Illmensee, de la Universidad de Ginebra, y Peter Hoppe, del Laboratorio Jackson de Bar Harbor, en Maine, lograron crear tres ratoncitos genéticamente idénticos. Algunos órganos de prensa del mundo dieron cuenta del experimento el 7 de enero de 1981. Y el profesor Frank Ruddle de la Universidad de Yale lo calificó como “la ruptura de una barrera genética”, aunque el profesor Fotis Kafatos, presidente del departamento de biología celular de la Universidad de Harvard, declaró que era un “experimento inquietante”.

          Neal First, fisiólogo de la Universidad de Madison en Estados Unidos, tras diez años de experimentos, logró crear en 1986 la primera vaca por clonación. Recogió una célula de un embrión bovino de seis días y lo fundió mediante una descarga eléctrica con un óvulo fecundado. El embrión resultante fue implantado en una vaca, de la que nació un ternero normal.

          En 1993 Jerry Halt, director del laboratorio de fecundación in vitro de la Escuela de Medicina de la universidad estadounidense George Washington, perfeccionó la técnica al dividir un embrión en varias partes antes de la implantación.

          Sin embargo, estos trabajos no tuvieron continuidad porque en los círculos universitarios se los calificaba de “fraude científico” y porque había la oposición sistemática de los grupos religiosos y de iglesias de diferentes cultos.

          En mayo del 2010 nació en una finca ganadera de Palencia, España, el primer toro de lidia clonado, cuya información genética fue tomada de los tejidos de un semental de casta de una importante ganadería de toros bravos. La clonación, impulsada por la Fundación Valenciana de Investigación Veterinaria, abrió la posibilidad de crear un banco de tejidos para reproducir animales de gran valor genético.

          En ese año se intensificó la discusión en Europa sobre el consumo humano de carne y de productos lácteos procedentes de reses clonadas o de sus descendientes. Eran los denominados “nuevos alimentos”. En la discusión participaron los gobiernos, el Parlamento Europeo y otras entidades comunitarias, los grupos defensores de los derechos humanos, la organización ecologista Greenpeace, asociaciones de defensa del consumidor y otros grupos. La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) afirmó que el consumo de esos alimentos no representa riesgo alguno para la salud humana, pero el Parlamento Europeo no estuvo muy convencido de eso.

          Lo cierto era que estos y otros experimentos demostraban que se puede clonar un mamífero y que, desde el punto de vista biológico, es perfectamente factible clonar un hombre, o sea crear un clon humano. El procedimiento de una eventual clonación humana es exactamente igual al de la clonación animal: se toma una célula del tejido de la persona que quiere clonarse  —célula que contiene el núcleo de ADN con toda la información necesaria para crear un ser humano—  y se la cultiva y “reprograma”  —se retrocede su reloj biológico, dicen los científicos—  para convertirla en célula madre capaz de producir cualquiera de los trescientos tipos de células diferentes que tiene el ser humano. Con una aguja se extrae de un óvulo todo su ADN y se lo remplaza por el de la célula cultivada y “reprogramada”. Mediante una liviana descarga eléctrica se activan los genes embrionarios. Luego se implanta el óvulo en el útero de una madre para que a los nueve meses nazca un clon humano.

          Esto significa que existe la posibilidad real de producir seres humanos a partir de células somáticas injertadas en óvulos. Lo cual nos llevará a una profunda revolución en las concepciones tradicionales sobre la vida humana, la muerte, el alma, el destino, el sexo, la reproducción, la paternidad y el parentesco.

          El desarrollo de la ciencia genética y de la biotecnología ha planteado la cuestión filosófica, moral, teológica, jurídica y política de la clonación de seres humanos a partir de la posibilidad efectiva, probada con el experimento del Instituto Roslin en Edimburgo y con muchos experimentos posteriores, de clonar mamíferos. La humanidad ha quedado enfrentada a una nueva realidad científica: la de romper la individualidad humana, o sea de engendrar “duplicados” de las personas.

          En diciembre de 1998 Francis Collins, al referirse al desciframiento del material genético del gusano caenorhabditis elegans realizado por los científicos Robert Waterston del Genome Sequencing Center de la Universidad de Washington en Saint Louis y John Sulston del Sanger Centre de Cambridge, declaró: “estamos más cerca que nunca de obtener el manual de instrucciones para construir un ser humano”.

          Hay dos clases de clonación humana: la terapéutica y la reproductiva. Ambas se hacen con la misma tecnología que se utilizó para crear la oveja Dolly. La primera está permitida en algunos países bajo determinadas condiciones, pero la segunda está generalmente prohibida. Pero la permisión de clonaciones terapéuticas allana técnicamente el camino para las clonaciones reproductivas, que son objeto de encendidas controversias en los círculos políticos, científicos y religiosos.

          Se ha hablado mucho de la realización de clonaciones humanas, aunque aún no se han presentado pruebas de respaldo. En febrero del 2004 se publicó que un equipo de científicos surcoreanos, dirigidos por el profesor Woo Suk Hwang de la Universidad Nacional de Seúl, clonó y desarrolló treinta embriones humanos, de los que se extrajeron células-madres que servirán en algún momento para curar enfermedades. Pero un grupo de nueve científicos de la propia universidad coreana declaró en diciembre del 2005 que esa clonación no fue verdadera y que el equipo del profesor Hwang no pasó de clonar un perro.

          En el mismo campo de la especulación se inscribió el anuncio público hecho por el genetista y ginecólogo italiano Severino Antinori, en noviembre del 2002, de que había engendrado un ser humano por clonación, siguiendo el mismo procedimiento que los científicos en la oveja Dolly en 1996. Afirmó que un embrión de ocho semanas de gestación estaba en el vientre de su madre por medio de clonación, que nacería en enero del 2003.

            En la declaración de prensa en Roma expresó además que los “exámenes nos dicen que el bebé pesa entre 2,5 y 2,7 kilos” y que “todo nos hace creer que hay entre un 90 y 95 por ciento de posibilidades de que todo salga bien”. Esto causó una tormenta en torno suyo. Fue invitado, en compañía del médico norteamericano Panayiotis Zavos, a que expusiera sus planes en la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos. Varios miembros de la comunidad científica argumentaron que aún no estaban dadas todas las seguridades para garantizar bebés no defectuosos. Richard Gardner, integrante del grupo de trabajo de la Royal Society británica sobre clonación terapéutica y experto en desarrollo temprano de embriones de mamíferos, señaló al “The New Scientist” que este tipo de embarazo podría ser “muy irresponsable, dado el actual grado de conocimiento, incluso sin tener en cuenta cuestiones éticas”. Pero el médico italiano explicó que después de haber buscado un lugar donde realizar su experimento sin trabas jurídicas ni políticas  —en algún momento pensó incluso que podría haber sido a bordo de un barco fondeado en aguas internacionales—  decidió efectuarlo en Abu Dhabi, la capital de los Emiratos Árabes Unidos, donde no había prohibiciones legales. Se suponía que el niño tendría idénticos caracteres físicos que su padre, cuyo material genético, tomado del núcleo de una célula de la piel, fue transplantado a un óvulo al que antes se le había extraído el núcleo. Después el óvulo receptor fue implantado en el útero de la madre, donde continuó su desarrollo.

            Antinori dijo que el experimento formó parte de su programa de clonación para ayudar a alrededor de cinco mil parejas infértiles y posibilitar hacia el futuro que los setenta y cinco millones de hombres estériles que a la sazón existían en el mundo pudieran tener descendencia. Los círculos letrados consideraron en ese momento que se trataba de un embuste científico. Pero el 4 de mayo del 2004 Antinori afirmó en una conferencia de prensa en Roma  —cuyo contenido fue publicado por la agencia de noticias Reuters—  que al menos tres niños en cuya clonación él había participado habían nacido, aunque no dijo dónde ni dio detalles sobre este “tema tabú”, por lo que su anuncio fue recibido con escepticismo por los círculos científicos.

            El 4 de marzo del 2009 Antinori declaró a la revista italiana “Oggi” que había clonado tres bebés  —dos varones y una niña—,  quienes en ese momento se acercaban a los nueve años de edad y gozaban de excelente salud, aunque se negó a revelar los nombres de las familias a las que esos niños pertenecen. El ginecólogo italiano manifestó: “Mejoré la técnica empleada por el genetista escocés Ian Wilmut, el que clonó a la oveja Dolly“. Sostuvo que empleó células de tres padres estériles y que fecundó los ovocitos femeninos en un laboratorio mediante el método llamado de “transferencia nuclear”.

          Severino Antinori alcanzó fama mundial en 1994 cuando implantó un óvulo fertilizado en el útero de una mujer de 63 años, quien se convirtió en la mujer de más edad que haya dado a luz un hijo.

          En una conferencia de prensa celebrada el 29 de diciembre del 2002 en la ciudad norteamericana de Hollywood, la científica francesa Brigitte Boisselier, bioquímica y presidenta ejecutiva de la empresa Clonaid, afirmó haber clonado una bebé  —hija de un marido estéril y una mujer de 31 años—,  que nació fuera de Estados Unidos. El 23 de enero del 2003, Clonaid volvió a revelar que un tercer bebé clonado, hijo de una pareja de cuarenta años de edad, había nacido el día anterior en Japón. Informó que el bebé es clon de un niño, hijo de la pareja, que murió a los dos años de edad a causa de un accidente. Una célula tomada del niño agónico fue guardada y fecundada 18 meses después en una madre sustituta, puesto que la edad de la madre natural pudo haber traído problemas en la gestación. Y al dar esta información expresó que en los siguientes meses esperaba el nacimiento de otros niños clónicos en diversos lugares del mundo.

          En lo que pertenece al campo de la anécdota, la secta raeliana, fundada en 1975 por el experiodista francés Claude Vorilhon, que sostiene como uno de sus principios teológicos que la vida en la Tierra fue creada mediante el método de clonación por seres extraterretres (los elohim del Génesis) que llegaron hace 25.000 años en platillos voladores, anunció el 27 de diciembre de 2002 el nacimiento de Eva, una pequeña niña de 3,1 kilos de peso, que según ella fue primer ser humano clonado.

          El ginecólogo norteamericano de origen grecochipriota Panayiotis Zavos, en su laboratorio clandestino montado en algún país del Oriente Medio donde la legislación no prohíbe sus actividades, también efectuó experimentos de clonación humana. Se pudo conocer que a comienzos del 2004 el controvertido científico fracasó en su intento de fecundar una mujer de treinta y cinco años de edad a partir de la implantación de un óvulo de ella misma fertilizado con el ADN extraído de células de la piel de su esposo infértil. Sin embargo, Zavos anunció que lo volverá a intentar hasta tener éxito. El doctor Richard Gardner, de la Academia Nacional de Científicos de Inglaterra, comentó en ese momento que “embarcarse en la clonación humana con el nivel de conocimiento que tenemos ahora de lo que sucede en animales es asombrosamente irresponsable”.

          Ante las críticas recibidas, especialmente de los círculos católicos, el doctor Zavos expresó que la Biblia manda “no matar” pero no “no clonar” y que ella “no especifica cómo los seres humanos deben reproducirse”. Agregó que a través de la clonación se puede ayudar a las parejas infértiles, mediante una reproducción asistida, a tener hijos biológicos propios después de que ellas hayan agotado todos los demás métodos, dado que es “un derecho de todo ser humano tener un hijo, como regalo de la vida”.

          El 23 de abril del 2009 Panayiotis Zavos dijo haber clonado catorce embriones humanos. La revelación la hizo en el diario inglés “The Independent” e informó que los procesos de clonación fueron grabados en vídeo para una futura publicación científica.

          Los políticos, científicos y teólogos contrarios a estos experimentos consideran que ellos atentan contra la ética por la destrucción de los embriones. Sin embargo, desde el punto de vista científico, estos avances tecnológicos de la medicina generan esperanzas de tratamiento y curación de diversas enfermedades, como el mal de Parkinson, la diabetes, el mal de Alzheimer y otras dolencias.

          Las Naciones Unidas adoptaron el 9 de diciembre de 1998 la Declaración Universal sobre el Genoma Humano y los Derechos Humanos, elaborada por la UNESCO, que entre otras cosas busca prohibir la clonación de seres humanos. En el mismo sentido se han pronunciado el Parlamento Europeo (1997), la Organización Mundial de la Salud (1997), la Asociación Médica Mundial (1997), la Cámara de Representantes de Estados Unidos (2001) y varias organizaciones intergubernamentales.

          Sin embargo, siete días más tarde de la resolución de las Naciones Unidas, científicos de Corea del Sur dirigidos por el doctor Lee Bo-yeon del hospital universitario de Kyonghee en Seúl anunciaron que habían clonado un embrión humano por la vía de insertar el material genético de una célula en el óvulo de una donante, aunque interrumpieron el experimento antes de que el embrión se desarrollara y se convirtiera en feto. Esa fue la primera vez que un equipo de científicos cruzó la frontera de la clonación animal. Y si bien ellos afirmaron que su propósito no fue el engendro de personas sino la búsqueda de nuevos sistemas de curación para las dolencias humanas con base en la clonación de células, ha quedado claro que científica y tecnológicamente es factible crear un ser humano mediante métodos heterodoxos, tal como lo fue años atrás con la oveja Dolly y posteriormente con los ratones clonados de la Universidad de Hawai, con los terneros de la Universidad Kinki en el Japón, con el oso panda gigante en la Academia China de Ciencias, con la clonación de cinco cerdos por la PPL Therapeutics con sede en Edimburgo, con el camello clonado por veterinarios árabes en Dubai y con muchos otros experimentos realizados en el campo de la ingeniería genética.

          En junio de 1999 se supo que científicos norteamericanos de la empresa Advanced Cell Technology de Massachusetts habían producido también por clonación un embrión humano macho, utilizando los mismos métodos que permitieron el nacimiento de la oveja Dolly, y lo incineraron. En la especie humana el embrión es el producto de la concepción hasta fines del tercer mes del embarazo. Explicaron los científicos que su propósito apunta a producir en el futuro tejidos humanos para curar las enfermedades y dolencias que tienen un origen genético.

          Lo cual fue aprobado por la Cámara de los Comunes de Inglaterra el 19 de diciembre del 2000, a través de la enmienda a la ley de fertilización humana y embriología de 1990, en audaz decisión dentro de una Europa reticente a la clonación humana. La decisión parlamentaria permitirá a los científicos crear embriones de hasta catorce días de vida para extraer de ellos las células que dan origen a órganos humanos, a fin de curar ciertas enfermedades degenerativas como el mal de Parkinson, la fibrosis cística, el cáncer, el mal de Alzheimer, la enfermedad de Huntington, la diabetes o las lesiones en la médula espinal. En cambio, la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, bajo la inspiración del presidente George W. Bush, aprobó el 1º de agosto del 2001 una ley que prohibía la clonación de embriones humanos.

          A fines de noviembre del 2007 dos equipos de científicos  —uno norteamericano y otro japonés—,  actuando independientemente y con procedimientos diferentes, anunciaron un cambio revolucionario en las investigaciones biogenéticas: habían logrado convertir células de la piel humana  —simples células somáticas—  en células-madre, es decir, células embrionarias, capaces de transformarse en cualquiera de los doscientos veinte tipos de células que tiene el organismo humano.

          Los dos equipos científicos  —el de Shinya Yamanaka, de la Universidad de Kioto, y el de James Thomson, de la Universidad de Wisconsin—  lograron, cada uno por su lado, obtener células-madre, no a partir de un embrión sino de células somáticas de la piel.

          En realidad, un año y medio antes, Shinya Yamanaka anunció que había logrado convertir en células-madre las células de la piel de la cola de un ratón, de manera que la noticia era eperada.

          Las células-madre  —denominadas también células troncales—  son un tipo especial de células indiferenciadas que tienen la capacidad de dividirse indefinidamente sin perder sus propiedades.

          La comunidad científica internacional saludó con vivo entusiasmo este paso revolucionario que acerca a la medicina regenerativa hacia la conquista de su objetivo central de crear tejidos humanos, a partir del material genético de la misma persona, para reparar sus órganos dañados.

          Esto significa que ya no será necesario acudir a la clonación terapéutica  —que crea embriones con el propósito de extraer células-madre y luego los destruye—  para obtener tejidos humanos trasplantables. Lo cual reavivó la discusión en torno a la clonación. Algunos científicos sostenían que la clonación terapéutica había quedado obsoleta, mientras que otros afirmaban que ella sigue siendo una técnica útil para la investigación.

          La importante innovacion científica permite, además, eludir el conflicto ético, jurídico y político que ha rodeado, en algunos círculos, a la clonación terapéutica desde sus inicios.

          Ha sido este un gran paso de la ciencia, aunque que quedan todavía muchos secretos por descifrar para ir hacia la ingeniería de tejidos.

          En diciembre del 2008, la revista científica “Sciencie”, órgano de la American Association for the Advancement of Science (AAAS), por medio de un jurado de científicos sobresalientes, calificó a la reprogramación celular  —que permite convertir células enfermas en sanas a través de su reprogramación en pacientes enfermos—  como el avance científico del año, ya que ofrece la posibilidad de entender, prevenir y curar una serie de enfermedades.

          El método creado por Shinya Yamanaka, del grupo científico japonés, consiste en tomar células adultas de la piel humana y, mediante un virus que sirve como vehículo de transporte, insertar genes a su ADN celular para iniciar un proceso controlado de cambio en la celula.

 
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