cholo

          Es un americanismo que el historiador peruano Carlos Daniel Valcárcel dice que proviene del quechua. En cambio, el inca Garcilaso de la Vega (1539-1616), buen conocedor de estas cosas, afirmó que cholo es una palabra procedente de las islas de Barlovento, que quiere decir “perro” y que fue aplicada por vituperio a los hijos de los mulatos.

          La palabra tiene varios significados. En algunos países iberoamericanos, como Chile y Costa Rica, quiere decir “indio civilizado”. En otros designa a toda persona morena. En Chile además tiene la connotación de “cobarde”, probablemente como rezago de la guerra del Pacífico. En unos países es voz despectiva y en otros no. Hasta puede ser tratamiento de cariño en su forma diminutiva: “cholito” o “cholita”. En los países andinos  —Ecuador, Perú y Bolivia—  es el mestizo de indio y blanco, en cuyos caracteres étnicos prevalecen los rasgos indios. En ellos se suele decir “cholear” por discriminar negativamente a alguien, es decir “tratarlo como a cholo”. En Perú, sin embargo, la palabra no tiene esas connotaciones despectivas. Cholo es el mestizo que se abre paso en la vida social y se supera. Hubo recientemente un presidente, de evidente sangre mestiza, que se hacía llamar con un cierto dejo de orgullo el “cholo Toledo”.

          En los países andinos el término tiene para los de arriba cierta connotación despectiva. El blanco “pura sangre” a menudo piensa que el cholo es un hombre complicado y que, mezcla de resentimiento social y rebeldía, tiene temperamento violento, introvertido y contradictorio. El cholo, por su parte, menosprecia al indio, aunque sabe que por sus venas corre sangre india, y no quiere al blanco, al que considera discriminador y abusivo. Recordemos al “tuerto Rodríguez” de la novela “Huasipungo” de Jorge Icaza o al “cholo Cisneros” de “Todas las sangres” de José María Arguedas. El cholo tiene la percepción de que el sistema social dentro del cual vive  —sistema injusto y de poca movilidad—  le niega toda posibilidad de progreso y que, haga lo que haga, su vida no cambiará. El sistema es demasiado inflexible. Esto ha originado una fuerte y justificada disconformidad en su espíritu.

          El Libertador Simón Bolívar no guardaba mucha estima para el indio ni para el mestizo andinos. En carta enviada el 7 de enero de 1824 desde su cuartel general en Pativilca, Perú, a Francisco de Paula Santander, vicepresidente de Colombia, decía de ellos que “son viciosos hasta la infamia y bajos hasta el extremo. Los blancos tienen el carácter de los indios, y los indios son todos truchimanes, todos ladrones, todos embusteros, todos falsos, sin ningún principio de moral que los guíe”. Escribió además: “Los venezolanos son todos santos en comparación de esos malvados”.

          Tales textos constan en el tomo IV de la obra “Cartas del Libertador Simón Bolívar” del historiador venezolano Vicente Lecuna (1870-1954), publicada en diez volúmenes en Caracas, 1929.

          Eugenio María de Hostos (1839-1903), apóstol de la independencia de Puerto Rico, escribió a fines del siglo XIX con referencia al Perú que “el cholo, generación de los aborígenes y de los conquistadores; copartícipe de los defectos y cualidades de unos y otros; admirable aleación de dos tipos fisiológicos y psicológicos tan dispares, pudiera ser y llegará a ser el vínculo de las dos razas progenitoras y el enlace de las dos civilizaciones que inconscientemente representa. Hasta ahora sólo es un elemento de contradicción social. Ni es indio, ni caucásico, y, según el medio en que se educa, así es igualmente refractario a uno de los orígenes que debiera haber enlazado definitiva y fraternalmente”.

          Desde la óptica del indio, el cholo es un ser no confiable porque tiende a desprenderse de sus raíces y a asimilarse al blanco para servir finalmente sus intereses. El boliviano Fausto Reinaga  —fundador en 1962 del Partido Indio Boliviano y en 1977 de la Comunidad India Mundial—  predica por eso una “indianidad” radical en la que no hay espacio para el cholo ni para el blanco. Piensa que la “revolución india” se producirá cuando “despierte y se ponga a andar la sociedad inka, maya, azteca, piel roja” en búsqueda del “poder indio”. Reinaga ataca inmisericordemente al mestizo, a quien le acusa de “racismo” con respecto al indio. “El racismo mestizo es un odio absoluto al indio”, dice. Rechaza por igual el marxismo y el cristianismo. Afirma que Cristo y Marx significan odio. Y que ambos matan al indio. Considera que el mestizo  —el cholo—,  sea fraile, historiador, antropólogo o político, es siempre un títere de la europeización de las comunidades indias de América. Pero, obviamente, Reinaga ha sido también acusado de “racismo” contra el mestizo y contra el blanco. De un racismo al revés. En todo caso la posición suya es antihistórica porque los países americanos que tienen componente indio en su población van inevitable e irreversiblemente hacia la cruza de sangres, es decir, hacia el mestizaje. Cada vez los mestizos son en mayor número y su influencia social y política es creciente.

          En la novela latinoamericana con frecuencia se presenta al cholo  —sea capataz, mayordomo o mayoral—  como la personificación de la maldad y del abuso con los humildes. Se lo pinta como un ser ambicioso de riqueza, cruel, sinuoso, taimado y abusivo cuando lo puede ser. Deseoso de “blanquear” la piel y ascender socialmente, exige que los indios le llamen “señor”, refiere Arguedas en “Todas las sangres” (1964). Estas son las características con que el cholo aparece en “Hauirapamushcas” (hijos del viento) (1947) y “Cholos” (1939) de Jorge Icaza, en “El mundo es ancho y ajeno” (1941) de Ciro Alegría, en “Yawar Fiesta” (1941) de José María Arguedas y en muchas otras novelas que afrontan el tema del indio y del mestizo. Icaza pinta la contraposición entre la “nobleza” de estas tierras, empeñada en inculcar a los niños decentes formas de comer y hablar que les distingan de los mestizos e indios, y los cholos que, como el “cholo Montoya” de su libro, en sus afanes miméticos se “vuela” el bigote ralo y caído, se cambia de peinado, rasga las erres y las elles en su hablado y sueña con tener un hijo rubio.

          La revolución mexicana dio comienzo a un proceso de reivindicación de los valores del mestizaje, a partir de ciertas ideas aisladas que se produjeron en el siglo XIX e incluso a finales del XVIII, con Félix Azara y fray Servando Teresa de Mier. Este movimiento de reconocimiento de los valores positivos del mestizaje tuvo su apoteosis con el pensador y político mexicano José Vasconcelos (1882-1959), quien fue uno de los más importantes reivindicadores del mestizaje indoespañol en los años 20 del siglo pasado. Consideró que con él había surgido una nueva raza, llena de posibilidades y originalidades, formada por todas las razas, porque la España que llegó a América trajo sangre de iberos, celtas, fenicios, griegos, cartagineses, romanos, visigodos, bizantinos, francos, judíos y musulmanes que, al mezclarse con la india, dio lugar a lo que Vasconcelos llamó la raza cósmica. Con su vigoroso alegato en defensa del mestizaje el mexicano impugnó el estereotipo que pretendieron forjar por esos años ciertos racistas europeos  —el francés Arthur de Gobineau, el alemán Richard Wagner, el inglés Houston Stewart Chamberlain, el alemán Alfred Rosenberg y otros—  que sostenían que las mezclas de sangres daban por resultado lo peor de cada una de ellas y que del producto de ese cruce salían seres inconfiables y carentes de lealtad con una u otra de sus mitades. Esquema que se difundió en la literatura europea de ese tiempo. Salvador de Madariaga, por ejemplo, afirmó que en la mezcla de indio y español debe encontrarse el origen del antihispanismo.

          Este criterio fue compartido por algunos pensadores mexicanos de la época.

          En su ensayo “La raza cósmica” (1925) Vasconcelos trató de mediar entre las dos corrientes que se enfrentaban en México: la europeísta y la indigenista. Ambas renegaban del mestizaje, al que consideraban como el “producto forzado del beso fisiológico, sin amor”, entre razas antagónicas, según escribió Carlos Trejo Lerdo de Tejada, a comienzos del siglo XX, en su libro “La Revolución y el nacionalismo: todo para todos”. En contraposición a esas dos tendencias, Vasconcelos propugnó el mestizaje racial y el sincretismo cultural, como la esencia de la mexicanidad.

          Pero México tuvo, además de Vasconcelos  —e, incluso, antes que Vasconcelos—,  varios otros pensadores que se preocuparon y ocuparon del mestizaje, como Francisco Pimentel, Vicente Riva Palacio, Justo Sierra, Francisco Bulnes, Andrés Molina Enríquez, Manuel Gamio y algunos más, que proclamaron las bondades del mestizaje en su país y trabajaron en favor de la reivindicación del mestizo.

          En los tiempos contemporáneos, el joven intelectual mexicano Agustín Basave Benítez, en su libro “México mestizo” (2002), se muestra como un ardiente defensor de lo que él llama la “mestizofilia”, que “puede definirse, en su más amplia connotación, como la idea de que el fenómeno del mestizaje  —es decir, la mezcla de razas o culturas—  es un hecho deseable”.

          El movimiento reivindicatorio tuvo ecos en Perú con José Carlos Mariátegui y en otros países mestizos de los Andes, en donde venía desarrollándose una batalla campal entre los “hispanistas”, que cantaban las glorias de España, y los “indigenistas” que exaltaban el imperio incaico. La literatura se encargaba de dramatizar la dicotomía entre el patrón blanco, inhumano y feroz, y el indio subyugado. El uno hablaba castellano y el otro quechua. Las novelas “El Tungsteno” (1931) de César Vallejo y “Huasipungo” (1934) de Jorge Icaza fueron en Perú y en Ecuador una maravillosa expresión de este mundo maniqueo. El mestizo era, hasta ese momento, el gran ausente de la realidad social y de la narrativa de los países andinos. En realidad, hasta las primeras décadas del siglo pasado las fotografías y dibujos de ese tiempo sólo muestran criollos con chistera e indios emponchados. El mestizo no hace su ingreso todavía al escenario social. El propio indigenismo marxista, mientras atribuía al indio el papel redentor que Marx confió al proletario, se olvidó del mestizo.

            En medio de estos dos fuegos insurgió el mestizaje, como elemento fundamental de la realidad social andina y mesoamericana y como protagonista de la literatura de denuncia. En sus venas corre sangre india y sangre blanca pero nació en contraposición al indio y al blanco. El historiador peruano Carlos Daniel Valcárcel (1911-2007) afirma que el mestizo “padece la doble tragedia de dos almas irreconciliables y el doble rechazo de los de arriba y de los de abajo”. Sin embargo, el cholo lucha y se esfueza vigorosamente por abrirse campo en la vida social, superarse culturalmente, imponer su visión original de la vida y defender sus derechos. Al fin y al cabo, la gran verdad del descubrimiento y conquista de América es el mestizaje, lleno de potencias y originalidades.

 
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