caudillo

          Es el jefe o conductor de un Estado, partido o grupo político, cuyo poder se funda principalmente en determinaciones individuales y no en principios ideológicos.

            Generalmente se entiende por caudillismo el ejercicio de un mando de naturaleza personal antes que institucional en el Estado o en la agrupación política, o sea una autoridad inorgánica y caprichosa, desprovista de fundamentos doctrinales. La voluntad del caudillo está por encima de la normativa jurídica de la sociedad o del grupo y se convierte en la suprema ley.

          El caudillismo es, sin duda, un rezago del pasado remoto. Es parte del subdesarrollo político de un pueblo o, en ocasiones, puede ser el síntoma de una grave patología social de pueblos políticamente desarrollados, como ocurrió con los caudillismos nazi-fascistas de Alemania e Italia en las tempranas décadas del siglo XX. No podemos olvidar que en las sociedades primitivas hubo una fuerte autoridad personal. El caudillo político de la horda, el clan o la tribu reunió en sí todos los poderes de dominación social. Fue, al propio tiempo, legislador, jefe militar, juez y sacerdote o hechicero. El desarrollo político de los pueblos progresivamente descentralizó y diversificó la autoridad pública y la rescató del puro influjo personal para someterla a cánones institucionales. Se alcanzó así ese grado superior de organización de la autoridad que es la >institucionalización del poder. El eclipse de los caudillismos es, por consiguiente, un índice del progreso político de las sociedades, que tienden, cada vez con mayor definición, a regir sus destinos bajo el poder impersonal de las doctrinas y de las leyes.

          Los caudillismos se explicaron a veces porque la inmadurez y desorganización de pueblos jóvenes requirieron de un “hombre fuerte” para que imponga disciplina y mantenga la unidad social. Eso ocurrió en los Estados hispanoamericanos recién nacidos a la vida independiente durante el siglo XIX o en los africanos después del proceso de descolonización de la última postguerra. Destruidos los regímenes coloniales se produjo en ellos un vacío de poder y, como consecuencia, fuertes tendencias a la anarquía y a la disgregación. En tales circunstancias los caudillismos, a veces caudillismos bárbaros, pusieron orden en las nacientes sociedades políticas y se constituyeron en factores de integración. Fueron, en algunos casos, autocracias unificadoras que hicieron frente a la dispersión después de las guerras de independencia.

          De cualquier manera, el caudillismo es una etapa en el desarrollo político de los pueblos o un signo de patología social en pueblos políticamente desarrollados.

          Con frecuencia se combinan las calidades de caudillismo y >populismo, aunque no es forzoso que un caudillo sea populista. Por excepción puede haber un caudillo ideológico, ilustrado y no populista.

          La historia del caudillismo es muy pintoresca. Con frecuencia los caudillos cayeron en el ridículo en materia de títulos, tratamientos y ceremonias protocolares. Toda una aparatosa parafernalia rodeaba su acción. A Adolfo Hitler se lo llamaba el führer y a Benito Mussolini, el duce. Francisco Franco se rodeó de títulos ampulosos y barrocos: se hizo llamar “Caudillo de España por la gracia de Dios”, “Generalísimo de los Ejércitos”, ”Supremo Caudillo del Movimiento”, “Jefe de la Cruzada”, "Autor de la Era Histórica donde España adquiere las posibilidades de realizar su destino”. El caudillismo tropical e ignaro de Rafael Leónidas Trujillo, en la República Dominicana, le llevó a ostentar los títulos de “Generalísimo y Doctor”, “Benefactor de la Patria” y “Padre de la Patria Nueva” y los esbirros solían referirse a la madre del tirano como la “matrona de vientre privilegiado”. El más reciente fue el del caudillo norcoreano Kim il-Sung, que gobernó su país por 46 años desde que fue colocado allí por Stalin al término de la Segunda Guerra Mundial y hasta su muerte en julio de 1994 de un sospechoso “infarto cardíaco”. El culto a la personalidad creado en torno a este misterioso personaje fue imponderable. Se hizo construir, en su propio homenaje, un gigantesco monumento con su efigie. Se le llamaba “grande y bienamado líder”, “héroe” de la resistencia ante los japoneses, el “guerrero más grande de todos los tiempos”, “el mejor patriota de todas las eras”. Se compusieron odas en su honor. Kim il-Sung elaboró la versión coreana del marxismo-leninismo. En 1986 designó como su sucesor a su hijo primogénito Kim Jong-il, en esa extraña e inédita monarquía familiar marxista, con quien se prolongó el culto a la personalidad. Poder y culto que se extendieron hacia la tercera generación con su hijo y heredero Kim Jong-un, quien asumió la Secretaría General del Partido del Trabajo y el mando supremo de Corea del Norte, con el rango de Mariscal, el 10 de abril del 2012  —a los 30 años de edad—  tras la muerte de su padre.

         

 
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