capitalismo

          Es el sistema político y económico que, entre los factores de la producción  —que son trabajo, capital y tecnología—,  confiere mayor importancia al capital como fuente del valor.

          Para el sistema capitalista la sustancia del valor está en el dinero, los papeles bursátiles, los recursos naturales  —tierras, minas, aguas, bosques, aire, luz solar—,  los bienes de capital  —o sea los equipos y maquinarias que sirven para producir los bienes de consumo—  y otros elementos, en contraste con las doctrinas socialistas, que sostienen que la esencia del valor está dada por el factor trabajo.

          Los inicios del capitalismo  —aunque todavía el economista alemán Werner Sombart no había acuñado la palabra en su libro "Der Moderne Kapitalismus" (1916)—  se remontan a Florencia de finales del Renacimiento  —siglos XIII y XIV—  con el auge de la actividad bancaria, que se extendió luego a otras ciudades de Europa, y el ascenso de las familias de banqueros florentinos: los Acciaiuoli, los Amieri, los Bardi, los Penizzi y los Scali, que introdujeron las primeras prácticas bancarias: el depósito monetario, el crédito a interés, la transferencia de capitales, el cambio de divisas y otros usos financieros que se proyectaron hacia el futuro. Se impulsó el comercio. Creció la preocupación por la utilidad. La riqueza empezó a considerarse como un signo de distinción social. Los ricos fueron con frecuencia nombrados caballeros. Se formó una elite urbana culta. La vida ciudadana cobró mayor dinamismo. Y empezaron a sentarse las bases del capitalismo futuro, que se montó sobre la primera revolución industrial  —la de las grandes máquinas—  y fue impulsado más tarde por los sofisticados logros de la segunda revolución industrial: la revolución electrónica.

          En la actualidad, los avances de la >informática han convertido a los servicios en el sector más dinámico y productivo de la economía de los países desarrollados. La banca, las finanzas, las comunicaciones, la información, la gestión de empresas, el management, la administración pública, la consultoría, el marketing, la publicidad, el turismo y otros servicios del capitalismo moderno han tomado el lugar de vanguardia en el proceso productivo. El >conocimiento se ha convertido en el “insumo” más importante de la forma de producción de la sociedad informatizada. Es la “materia prima” con la que trabajan los ordenadores. La nueva riqueza nace principalmente de la comunicación, combinación y distribución instantáneas de datos, números, informaciones, ideas, imágenes, sonidos y símbolos a través de medios electrónicos. Se juntan en esta operación los dos elementos básicos de la >cibernética, que son el hardware y el software, y además el soporte humano, al que algunos llaman el humanware, para formar la prodigiosa imbricación de la inteligencia humana, la información y los ordenadores. Esto ha dado lugar a la emergencia del valor-conocimiento en la sociedad digital.

          El rasgo más importante del sistema capitalista es la propiedad privada del capital y de los medios de producción, que son operados por trabajadores asalariados. Las características fundamentales del sistema en su expresión más pura son, además de la propiedad privada de los instrumentos de producción, la libertad económica en todas sus formas y direcciones  —esto significa libertad de empresa, de trabajo, de contratación, de mercado—,  la abstención del Estado frente al quehacer económico de la sociedad, el afán de lucro individual como la motivación de la actividad productiva, la fábrica como unidad de producción en gran escala, la producción industrial en serie, la creación de un fuerte sector financiero y de servicios, la explotación de la mano de obra de los trabajadores asalariados, el agudo proceso de urbanización de las sociedades, la eliminación de barreras arancelarias en el comercio internacional, la búsqueda exterior de las materias primas para la industria, la conquista de mercados dentro y fuera de las fronteras nacionales para la colocación de sus manufacturas y el sometimiento de la economía, en su conjunto, a las leyes del mercado.

          El capitalismo sostiene que las leyes del mercado, que son “leyes naturales” porque no las formula el Estado sino que nacen de la propia dinámica social (la oferta y la demanda, la libre competencia, el apetito de lucro, la iniciativa privada, la libertad de emprender, la <acumulación para ampliar la producción de bienes), no deben sufrir interferencias del poder político. Tales interferencias dañarían su funcionamiento y desquiciarían el sistema. Debe dejárselas operar libremente porque ellas tienen la capacidad de regular automáticamente la marcha de la economía y de encontrar los convenientes equilibrios.

          Se deben distinguir varias épocas en el sistema capitalista. Sus orígenes se vinculan históricamente con la ideología liberal y con la primera >revolución industrial. El capitalismo fue, en realidad, la teoría y la práctica económicas del >liberalismo y se desarrolló gracias a los avances científicos y tecnológicos de la revolución industrial de fines del siglo XVIII y principios del XIX, que dio lugar a la sustitución del taller artesanal por la fábrica, como unidad de producción urbana, y que inició el proceso de masificación de la sociedad y generó nuevas condiciones económico-sociales de vida.

          La idea de que la industria manufacturera es el sector más dinámico de la economía de los países industriales, que fue durante mucho tiempo una gran verdad, ha sido contradicha por la realidad actual. Cada vez resulta más difícil separar las faenas estrictamente manufactureras de las tareas de servicios de alta tecnología incorporadas a la industria. Un alto porcentaje del personal de ésta se dedica a actividades de planificación financiera, diseño, informática, comunicación de informaciones, estudio de mercados, distribución y otras de este estilo. De modo que se ha vuelto muy difícil señalar el límite entre la actividad propiamente manufacturera y la de servicios en el interior de un complejo industrial. Lo preocupante de este fenómeno, sin embargo, es el advenimiento de un modelo de desarrollo sin empleo, a causa de la creciente sustitución de mano de obra por tecnología y, por tanto, la disminución de las posibilidades de trabajo para la población económicamente activa.

          Se están buscando estrategias de desarrollo para corregir esta distorsión e incluso para replantear el concepto de trabajo, la duración de las jornadas de labor y las demás condiciones de las relaciones laborales.

          En la sociedad informatizada ha cobrado gran importancia el conocimiento tecnológico como sustancia del valor. Esto lo reconocen tanto el capitalismo como los socialismos modernos. Es más: en la medida en que el conocimiento se ha convertido en el factor más importante de la producción, en el “factor” por excelencia, hemos entrado en la etapa postcapitalista del desarrollo. La fuerza determinante ya no es el capital ni la máquina sino el conocimiento. Sin embargo, lo que hay que averiguar es si el conocimiento es parte del factor trabajo, como sin duda lo es puesto que constituye una energía del ser humano, y si debe por tanto considerarse como una forma especialmente evolucionada del esfuerzo laboral del hombre. El conocimiento no está en las cosas, no está en el capital aunque depende mucho de él: está en la inteligencia del hombre, en su aptitud de aprender algo para aplicarlo a las tareas de la producción y a la administración de esas tareas. Para aplicarlo, incluso, al propio conocimiento. Es el conocimiento aplicado al conocimiento mismo, que hace de la moderna organización social una >sociedad del conocimiento.

          Este capitalismo de la >informática, con su enorme poder creativo, demostró mayor versatilidad que los otros sistemas económicos y a eso debe su longevidad. Así se explica que no sólo que haya perdurado sino que haya derrotado a los sistemas contendientes. Venció en la dilatada confrontación Este-Oeste. Sus principios y sus conocimientos científicos y tecnológicos se superpusieron a los demás. Hay un proceso de “occidentalización” del mundo. Esto se nota no sólo en las altas y sofisticadas expresiones de la tecnología sino también en la forma de organizar la sociedad, en su economía, en la nueva escala de valores éticos y estéticos, en las costumbres, en las pautas de consumo, en los modos de vestir y en muchos otros elementos de la vida cotidiana. Están en camino de eclipsarse los valores de las viejas culturas de Oriente, a pesar de sus hondas raíces en el pasado. Se está formando un mundo homogeneizado por la fuerza avasalladora del capitalismo occidental, que ha extendido por todas partes el poder de sus conocimientos científicos y tecnológicos y que ha modelado una forma de sociedad que tiende a volverse universal.

          Ganó en la confrontación el capitalismo occidental por ser más fuerte, mejor dotado para la lucha y más hábil para insertarse en las nuevas circunstancias económicas y sociales contemporáneas y para adecuarse al ritmo del desenvolvimiento científico y tecnológico moderno. Ha abandonado algunos de sus viejos elementos y se ha articulado rápidamente a las nuevas condiciones de hipertrofia del sector terciario de la economía  —el de los servicios—  y a las características móviles y sorprendentes de la revolución electrónica que hoy experimenta el mundo.

          Esto, sin embargo, no es garantía de que el sistema capitalista sea humano y sea justo. Es simplemente eficiente en términos fríamente económicos.

          Afirma Rolando Araya, en su libro “El Camino del Socialismo Cuántico” (2006), que “el capitalismo de la Tercera Ola ha sido tan voraz que ha hecho lucir a los barones industriales de las etapas anteriores como angelitos”. Y agrega: “Cuando Microsoft y su dueño, Bill Gates, lograron evadir la legislación antimonopolio de los Estados Unidos e hicieron ver la leyenda de las grandes fortunas del período industrial  —las de Ford y Rockefeller—  como un cuento de niños, el mundo empezó a percatarse de la naturaleza ultracapitalista del naciente período histórico”.

          En la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra, reunida en la ciudad de Cochabamba, Bolivia, del 19 al 22 de abril del 2010, los delegados de los países del tercer mundo en su declaración final, tras culpar al capitalismo del deterioro ecológico del planeta, manifestaron que “el sistema capitalista nos ha impuesto una lógica de competencia, progreso y crecimiento ilimitado. Este régimen de producción y consumo busca la ganancia sin límites, separando al ser humano de la naturaleza, estableciendo una lógica de dominación sobre ésta, convirtiendo todo en mercancía: el agua, la tierra, el genoma humano, las culturas ancestrales, la biodiversidad, la justicia, la ética, los derechos de los pueblos, la muerte y la vida misma”.

          Una de las peculiaridades fundamentales del sistema es hacer del mercado un instrumento de asignación de recursos y de regulación automática de la actividad productiva. Hay que recordar que Adam Smith hablaba de la >mano invisible del mercado como factor de regulación automática de los grandes precios de la economía  —el precio del dinero, el precio del trabajo, el precio de las divisas y el precio de los bienes—  y, en general, de la operación de todo el aparato económico.

          Esta es una de las falacias de la teoría capitalista. No siempre se da la libre competencia en el mercado y éste con frecuencia sufre cautiverios y distorsiones que desvirtúan la pretendida aptitud reguladora del mecanismo capitalista. Esto es especialmente cierto en los países pequeños, de mercado insuficiente. En ellos, por la propia naturaleza de su mercado, la colusión monopolista u oligopólica suele suplantar con mucha facilidad a la libre competencia.

          A su amparo se consolidan >monopolios  —un solo vendedor, muchos compradores—,  >oligopolios  —pocos vendedores, muchos compradores—, >monopsonios  —un solo comprador y muchos vendedores—  y >oligopsonios  —pocos compradores y muchos vendedores—,  que falsean la libre competencia en que se basa el sistema.

          Por otro lado, el mercado es absolutamente indolente ante las cuestiones de orden social. No forman parte de sus preocupaciones la justicia económica, ni la equidad en la distribución del ingreso, ni la protección del medio ambiente, ni los derechos humanos, ni la defensa de los recursos naturales. Sus determinaciones son puramente economicistas. Las necesidades sociales no se expresan tampoco en el mercado: cultura, educación, salud, vivienda. Por eso el mercado no resulta eficiente como sustituto de la planificación económica ni como medio de asignación de recursos.

          El abuso publicitario propio de las economías totalmente abiertas ha dado lugar a la >sociedad de consumo, con toda su carga de exacerbación publicitaria, subversión de valores y <alienación. En ella se produce la manipulación del mercado por medio de la publicidad. En vez de que el mercado diga a los productores lo que deben producir para satisfacer las necesidades de los consumidores, como fue la idea original de los economistas de la escuela clásica, los productores indican al mercado, a través de la magia de la publicidad, lo que debe consumir.

          Sin duda el >marxismo con sus alardes teóricos hizo una gran contribución al conocimiento y análisis del capitalismo dentro de las ciencias sociales. Sus pensadores fueron los que más profundamente estudiaron la estructura y características del sistema. Marx, como bien sabemos, puso más énfasis en el análisis del capitalismo de su tiempo que en el diseño de su modelo futuro de sociedad. Lo consideró como la última de las cuatro grandes etapas en que se dividió hasta ese momento la historia humana, según los sucesivos modos de producción económica imperantes en cada época: el >colectivismo primitivo, el >esclavismo, el >feudalismo y el capitalismo.

          Los pensadores marxistas afirmaron que el >imperialismo es parte de la dinámica del sistema capitalista que, en su afán de asegurarse la provisión de materias primas para su industria y de cautivar mercados para sus excedentes de producción, acusó una tendencia expansiva hacia territorios de ultramar y entró en guerras coloniales para conquistarlos y mantenerlos bajo su dominio. Fue la forma en que los países capitalistas pudieron sustentar su desarrollo, sobrepasar las limitaciones de su mercado interno y elevar el nivel de vida de la población. El >colonialismo fue, por tanto, un subproducto del sistema, como lo es hoy el >neocolonialismo con respecto a las últimas y sofisticadas versiones capitalistas de los países avanzados.

          El mundo ha entrado a la etapa  postindustrial  del  capitalismo moderno  —que algunos llaman sociedad de la información, sociedad informatizada, sociedad digital o sociedad del conocimiento, porque en ella la información es el “insumo” con el que trabajan los ordenadores—  que se caracteriza principalmente por el uso de nuevas tecnologías, por el enorme crecimiento del sector terciario de la economía  —el sector de los servicios—,  particularmente del que se relaciona con la computación, la informática, la robótica y las telecomunicaciones, y por la nueva división internacional del trabajo.

          La invasión de la informática a todos los ámbitos de la vida privada y pública ha producido cambios extraordinarios en la sociedad. La presencia de los ordenadores, el CD-ROM, el DVD, el HD DVD, el Blu Ray, el flash memory, internet, el grid software, la telemática, el ciber-espacio, la tecnología fotónica, los robots, los teléfonos móviles y los nuevos software han fortalecido al sistema capitalista y ha dado un enorme impulso a las actividades productivas pero también ha creado un orden económico plagado de diferencias sociales, injusticias y exclusiones. La sociedad tiende a dividirse en dos grupos en función del conocimiento tecnológico: una minoría que domina los intrincados secretos de la informática y que, por lo mismo, ocupa las más altas posiciones del escalafón social, y una amplia mayoría que está al margen de ellos y cuya situación de pobreza, desempleo y postergación es cada día más dura.

            Estos han sido los efectos no deseados del avance tecnológico.

            Cada ordenador, cada red de ordenadores, cada robot significan oleadas de desempleados. Se ha consolidado un modelo de crecimiento económico sin empleo en la sociedad digital. Y se ha creado un nuevo orden político y económico internacional que reproduce, a escala mundial, los mismos efectos de injusticia, pobreza y marginación entre los países.

          Los países capitalistas clásicos exportaron hacia los países subdesarrollados: capitales, tecnología y manufacturas, al tiempo que adquirieron de ellos materias primas y a veces mano de obra barata. Esta fue la clásica >división internacional del trabajo. Pero después las cosas se modificaron, a conveniencia de los países capitalistas avanzados, y hoy por medio de las empresas transnacionales exportan tecnología y capitales e importan manufacturas que les es más conveniente producir en los países periféricos de Asia y América Latina, debido a mano de obra más barata, menores exigencias sindicales, baja tributación, inferiores costes de producción, restricciones ambientales en los lugares de origen, cercanía de las fuentes de recursos naturales, proximidad de los mercados de consumo y otros factores.

          Este ha sido el secreto del éxito de los llamados dragones asiáticos: Taiwán, Hong Kong, Singapur, Corea del Sur, las llamadas >zonas económicas especiales de China y, en menor grado, Malasia, Tailandia, Filipinas, Indonesia, Brunéi, Singapur, Vietnam y otros “mercados emergentes” de Asia suroriental. Las metrópolis han situado en ellos sus fábricas para aprovechar la disciplinada y barata mano de obra oriental en la producción de sus manufacturas.

          Pero no sólo es eso. También han empezado a trasladarse hacia los países del mundo subdesarrollado unidades de prestación de servicios de grandes empresas. Se ha producido una suerte de teletrabajo internacional, o sea la localización de unidades operativas de una empresa en lejanos países para bajar sus costes generales. Este es el caso, por ejemplo, de la compañía de aviación Swissair que ha trasladado a Bombay 120 puestos de trabajo de billetaje, con un ahorro promedio de 54.000 dólares por puesto de trabajo al año; o la empresa norteamericana Motorola que ha desplazado algunas de sus unidades de diseño de programación y equipos a China, India, Taiwán, Hong Kong y Singapur. Esto ha sido posible porque ese trabajo a distancia está sin embargo integrado, mediante las redes informáticas, a los centros de decisión en Europa o los Estados Unidos.

          En el capitalismo informático y globalizado de hoy las grandes corporaciones transnacionales de Occidente están en capacidad de producir las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, todas las semanas del mes y todos los meses del año gracias al outsourcing, o sea la subcontratación de servicios en el extranjero, y al offshoring, o sea la fabricación de unidades industriales o piezas fuera de sus fronteras nacionales. Lo cual es posible porque la subcontratación se hace generalmente con empresas asiáticas que, por razones horarias, trabajan cuando los países occidentales duermen.

          Estos son “síntomas” de la sociedad postindustrial que se caracteriza no solamente por el desplazamiento de los centros de producción de donde su operación es cara hacia donde es barata  —para luego vender los productos donde son caros—  sino también por el predominio del sector terciario de la economía, por el alto grado de automatización en las tareas productivas y por la incorporación de la >informática a todos los procesos del diseño, producción, embalaje, intercambio y distribución de bienes y servicios.

          En la era postindustrial es posible distinguir dos etapas: la primera es la ya reseñada  —el traslado de las fábricas del centro a la periferia para producir donde es más barato y vender los productos donde pagan más por ellos—,  con la intensificación de las inversiones directas de los países centrales en los llamados >mercados emergentes del tercer mundo, en el marco del sistema capitalista global; y la segunda es el incremento del flujo del capital financiero hacia las economías periféricas y la incorporación de los elementos de la revolución digital al proceso de la producción.

          El sistema tiene, como siempre, un centro y una periferia. Los países centrales son los suministradores del capital y los perceptores de sus rendimientos mientras que los países periféricos son los depositarios de ese capital y los pagadores de intereses. La operación se realiza bajo el imperio de normas sesgadas que favorecen a los centros financieros internacionales  —Nueva York, Londres, Tokio, Franckfurt—  en los que se genera la oferta tecnológica y monetaria del mundo.

          La última etapa postcapitalista ha sido impulsada por varios factores tecnológicos y económicos: la velocidad de las telecomunicaciones, el desarrollo de la >informática, la globalización, el levantamiento de las restricciones a la circulación internacional de capitales, la creciente internacionalización de los bancos, la formación de zonas de libre comercio y el auge del intercambio mundial, que han determinado la superposición de la inversión financiera sobre la inversión directa. Lo cual ha llevado a que el capital financiero desempeñe un papel dominante en las nuevas relaciones económicas del capitalismo global de nuestros días.

          Esta etapa financiera del capitalismo mundial tiene un antecedente: cuando la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) reajustó los precios de los hidrocarburos en 1971 y estos se elevaron drásticamente en los mercados internacionales de 1,90 dólares a una media de 28,76 dólares por barril  —incluido el arabian light llegó a sobrepasar los 30 dólares en 1980—,  los grandes países petroleros de Oriente Medio acumularon cuantiosos superávit de petrodólares que fueron reciclados en los bancos de los países industrializados de Occidente y que, junto con los >eurodólares procedentes de los países del este europeo  —que deseaban tener sus excedentes en dólares aunque no en los bancos norteamericanos, aparte de que en Europa ganaban mayores intereses—,  formaron una inmensa masa de capitales flotantes de naturaleza especulativa que fueron destinados a préstamos y después a inversiones de cartera alrededor del mundo.

          Pero las tres décadas de ortodoxia económica neoliberal-capitalista condujeron a una de las más graves crisis financieras y económicas de la historia: la crisis del capitalismo global que explosionó en el 2008 y que se propagó inmediatamente a lo largo y ancho del planeta globalizado.

          Así como el liberalismo, con su abstencionismo estatal, fue responsable de la crisis económica mundial de 1929  —la de la gran depresión—  el neoliberalismo, con su política de inhibiciones gubernativas frente a la economía, fue responsable de las crisis que se produjeron en los años 70 y 80 del siglo pasado y, particularmente, de la que se inició en Wall Street el 2008, con sus dramáticas secuelas de baja de la producción, desempleo, restricción del crédito, inestabilidad de los mercados, desconfianza de los inversionistas, disminución de los niveles de consumo y recesión de las economías del mundo.

          Esa crisis fue el resultado de la fe ciega de los gobernantes y empresarios norteamericanos en las bondades del mercado, al que le han atribuido siempre la virtud de generar efectos estabilizadores y equilibrios en el proceso de la producción, circulación y distribución de bienes y servicios. Fue la primera crisis de la denominada nueva economía  —que surgió en los sistemas capitalistas avanzados por la conjunción de los modernos software de la informática con el avance tecnológico de las telecomunicaciones y la aplicación de la robótica a la producción industrial—  y de la “era de internet”, que facilitó operaciones financieras no reguladas, comercio electrónico y movilización virtual de billones de dólares alrededor del planeta y que permitió a los altos ejecutivos de Wall Street secuestrar la economía global a través de las comunicaciones instantáneas por la red.

          El capitalismo se ha “desterritorializado” y ha sobrepasado las fronteras nacionales. El territorio estatal para él ha pasado a ser menos importante que el tiempo como dimensión de la economía. Lo que tradicionalmente se ha considerado como “nacional” ha sido desbordado por “lo global” y las fronteras estatales ya no cuentan o cuentan cada vez menos como factores condicionantes de la actividad financiera y económica. Las “plazas financieras” no coinciden, como antes, con la diagramación territorial de los Estados. La “alianza” entre las telecomunicaciones, la informática y los transportes ha empequeñecido el planeta, ha aproximado sus puntos más distantes y ha vencido las dificultades que antes imponía la geografía. A los conglomerados financieros no les interesa la territorialidad, en el sentido estatal de la palabra, sino el aprovechamiento del tiempo  —que se ha vuelto el factor clave—  en dondequiera que se le ofrezcan condiciones atractivas para sus inversiones especulativas.

          El origen del concepto de sociedad postindustrial se atribuye a dos sociólogos: el norteamericano Daniel Bell y el francés Alain Touraine, aunque paradógicamente sus puntos de vista nada tienen en común. Bell usó la expresión en 1959 durante sus conferencias en el seminario de estudios estadounidenses en Salzburg y la desarrolló después en su libro "The Coming of Post-Industrial Society" publicado en 1973; y Touraine la utilizó en su obra "The Post-Industrial Society" publicada en 1971.

          Bell empleó la expresión para señalar el cambio de la economía productora principalmente de bienes manufacturados en una economía de servicios  —educación, salud, prestaciones profesionales y de negocios, investigación y codificación de conocimientos, aplicación de saberes científicos y tecnológicos, etc.—  fundada sobre el conocimiento; en cambio Touraine la entendió como la sociedad programada por la clase dominante, en cuyas relaciones económicas y culturales el individuo es absorbido por el ente social, en una forma de alienación.

          Estos conceptos encontraron eco más tarde en el libro del español Manuel Castells: "La Era de la Información", publicado en 1998, en el que define a la sociedad postindustrial como una sociedad basada en la producción y distribución del conocimiento.

          Existe la generalizada creencia de que la democracia está necesariamente asociada al capitalismo y de que ellos son como las dos caras de una medalla, de modo que no hay democracia sino en el marco de una economía capitalista. Cosa que no es forzosamente así. La democracia y el capitalismo tienen principios y objetivos bien diferentes: la democracia busca la participación, la libertad, el bienestar general, la igualdad, la equidad económica y la integridad de los derechos humanos en tanto que el capitalismo persigue su propia expansión y busca la mayor acumulación posible de excedentes, independientemente de las metas éticas de la democracia. Los objetivos del capitalismo no sólo que no siempre coinciden con los de la democracia sino que con frecuencia son discrepantes. De hecho el “milagro económico” de muchos países capitalistas se ha levantado sobre el sacrificio de los valores democráticos. En muchos casos gobiernos autoritarios, que asfixiaron los derechos humanos, fueron los encargados de comprimir los salarios y de propiciar altas tasas de ahorro para alcanzar la acumulación capitalista y el crecimiento económico en sus sociedades. El equívoco seguramente se deriva del hecho de que los más importantes países capitalistas han tenido y tienen regímenes democráticos. Democráticos en lo político aunque no necesariamente en lo económico y lo social. Es a partir de este hecho y de un razonamiento fundado en falsas generalizaciones que ciertos ideólogos interesados han sacado la conclusión de que el capitalismo y la democracia van siempre juntos.

          El capitalismo, en sus expresiones más avanzadas, modela una sociedad hedonista y dilapidadora  —la civilización del desperdicio—,  construida en función del enriquecimiento particular, del lujo y del consumismo. Es un sistema individualista que privilegia los intereses de cada persona sobre los de la colectividad. El lucro individual es la razón de ser de la actividad humana y el dinero se convierte en la medida de todas las cosas. Con frecuencia degenera en >plutocracia por la soberbia amonedada de sus cúpulas sociales.

          Esos no son los intereses de la democracia. La democracia busca la igualdad y defiende las conveniencias públicas y no las privadas. De modo que hay que concluir que el capitalismo y la democracia tienen principios, objetivos e intereses diferentes.

          La “asociación plutocrática” de los países capitalistas más ricos  —como la ha denominado Federico Mayor—  estuvo primero constituida por seis países: Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Inglaterra e Italia. Era el G-6, formado en 1973. Con la incorporación de Canadá tres años después se constituyó el G-7. En 1997 se unió Rusia y fue el G-8. Más tarde, sin dejar de existir este último grupo, se creó el G-20 integrado por el G-8 más once Estados en proceso de industrialización  —Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, China, India, Indonesia, México, Corea del Sur, Sudáfrica y Turquía—  y la Unión Europea. Allí están los más grandes países capitalistas del mundo. Se unieron las economías desarrolladas con las denominadas economías emergentes para juntar las piezas fundamentales de la arquitectura financiera internacional.

          El G-20 se ha convertido en un foro de discusión de la economía mundial.

 
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