cinismo

                De una enciclopedia de la politica no debe estar ausente la palabra que designa una conducta frecuente en muchos de los actores de la vida pública: me refiero al cinismo, que el diccionario castellano define como "obscenidad descarada" o "desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables".

                En realidad, la desfachatez, la impudicia y el descaro son comportamientos deplorablemente frecuentes en los dirigentes políticos de todas las latitudes. Sus palabras e imágenes lo demuestran. Sus ofertas son, con demasiada frecuencia, engañosas. Prometen a los pueblos lo que no pueden cumplir. Acogen hoy lo que condenaron ayer. Sus contradicciones ideológicas son espectaculares, lo mismo que sus inconsecuencias programáticas. Los adversarios de ayer son los aliados de hoy. En fin, las conductas cínicas forman parte de su actividad cotidiana y, deplorablemente, el cinismo ocupa un lugar protagónico en la actividad política.

                Por supuesto que no me refiero a todos los políticos. Los hay serios, honestos, responsables y consecuentes, de quienes se puede decir que hacen política sin romper las normas de la moral y que son políticos sin dejar de ser caballeros. 

                La revolución electrónica ha contribuido a incrementar y dar mayor eficacia al cinismo político. En la era de la videopolítica  —surgida de los avances electrónicos que la revolución digital ha puesto a disposición de los ingeniosos hacedores del marketing político—  han emergido los denominados "magos de la imagen", que son expertos en las expresiones televisivas de impacto  —los sound-bytes—,  y otros personajes que, a través de los medios audiovisuales de comunicación, contribuyen a forjar el "carisma" de los políticos.

                Las campañas electorales se han convertido en grandes espectáculos de masas para la conquista del voto. Siguiendo las pautas comerciales, el moderno marketing político fabrica candidatos por medio de empresas especializadas y los vende como mercancías al mercado electoral. Forja artificialmente <carismas y manufactura imágenes. Las campañas eleccionarias difieren poco de las campañas publicitarias de las grandes empresas comerciales que quieren colocar sus productos en el mercado. La técnica y los ardides promocionales son bien parecidos. Se valen de los sondeos de opinión para detectar lo que el público apetece, lo mismo si se trata de mercancías que de candidatos. Las encuestas determinan a qué grupos se debe llegar preferentemente —a la gente joven, a las mujeres, a los trabajadores, a los campesinos, a los deportistas, a las minorías étnicas o de otra clase— y de acuerdo con eso se prepara la imagen del político, su discurso y su >eslogan.

                Con frecuencia vemos y escuchamos a dirigentes políticos pronunciar como propios discursos ajenos. Lo hacen a través del >teleprompter  —ese aparatito mágico que torna inteligentes a los políticos tontos y cultos a los impreparados—  colocado ocultamente en las tribunas de los oradores, donde los políticos, simulando improvisar, leen en las pantallas los discursos escritos y redactados por sus bien pagados equipos de ghostwriters (escritores fantasmas), phrasemakers (hacedores de frases impactantes), wordsmith (buscadores de pensamientos de grandes filósofos), sloganeers (creadores de eslóganes) y research assistants (proveedores de informaciones, datos y cifras).

                Este es un colosal fraude a la opinión pública porque, con la utilización de medios artificiales y engañosos, se presenta un líder político diferente del real. El inculto aparece erudito, el que tiene dificultad para expresarse se convierte en un Demóstenes, el político de memoria frágil apabulla con datos e informaciones minuciosas. Se crea un personaje que no existe en la realidad. Para hablar en términos de cibernética: se crea un político “virtual”. Y con ello se vulnera el derecho de los pueblos a conocer las reales capacidades y limitaciones de sus líderes. 

                Allí hay una adulteración de la verdad y una falta de autenticidad en el líder. 

                Es un gran fraude político en que los “escritores fantasmas” redactan en la sombra aquello que después leen como suyo los políticos.

                Nadie se opone a que los políticos lean sus discursos  —si así lo prefieren—  pero el público debe saber que están leyendo. 

                Los grandes oradores de la historia  —Demóstenes, Esquines, Catón, Cicerón, Marco Antonio, Craso, Julio César, Hortensio, Mirabeau, Napoleón, Castelar, Gaitán, en las diversas épocas—  resultarían insignificantes en comparación con los modernos políticos dotados de un teleprompter. Su agilidad mental, la impecable construcción de sus frases, las profundidades insondables de su “cultura”, su memoria electrónica, empequeñecerían a todos ellos, que no tuvieron la suerte de tener al frente un apuntador electrónico para impresionar a desprevenidos auditorios.

                Por cierto que el concepto de cinismo al que se refieren estas páginas no tiene relación con la denominada escuela cínica, fundada en la antigua Grecia por Antístenes, discípulo de Sócrates, en la segunda mitad del siglo IV a.C., que tuvo en Diógenes de Sinope a uno de sus filósofos, quien sustentaba la denominada doctrina de los cínicos.

                Con base en las enseñanzas de Sócrates  —pero desfigurándolas—,  los cínicos griegos rechazaban los bienes materiales, la riqueza, el poder, los honores, los placeres sensuales y otros bienes que, en su opinión, estaban en oposición a la naturaleza. Y postulaban que el único y verdadero bien del hombre para alcanzar la felicidad era la virtud. Antístenes proclamó que la virtud, junto con la libertad y la independencia personal, era el bien supremo que conducia al ser humano hacia la felicidad. Rechazó los usos y normas sociales y las exigencias de la civilización. Afirmó que el hombre virtuoso debe limitarse a satisfacer de una manera sencilla y natural las escasas necesidades que le impone la naturaleza. 

                Los cínicos de la vieja Grecia despreciaban la vida adocenada, sometida al rebaño, de la sociedad civilizada. Les parecía artificial, alienante, antinatural y despreciable. Decían que las costumbres, las leyes sociales y las creencias religiosas estaban en oposición a la naturaleza, o sea al orden y disposición de los elementos que forman el universo. Y defendían con mucha pasión sus principios e ideas. 

 

 
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