burgués

          La palabra  —proveniente del latín medieval burgus y antes de burg en las lenguas germánicas—  significaba originalmente habitante del burgo, esto es, de la pequeña villa o ciudad medieval. En ella residían los comerciantes, los intelectuales y los hombres de profesiones u oficios independientes, que fueron la burguesía original.

          Con su trabajo ellos adquirieron riqueza, fuerza e influencia en la sociedad. Empezaron a perfilarse como una clase social llena de potencialidades. Su anhelo de igualdad con las clases superiores  —la nobleza y el clero, detentadoras hereditarias de la riqueza y el poder—,  de abolición de los privilegios de ellas, de libertad de trabajo y de empresa y de eliminación de las reglamentaciones que impedían el desenvolvimiento del comercio y de la naciente industria, les llevó a impulsar la sublevación violenta contra la monarquía francesa en 1789.

          Con el triunfo de las armas revolucionarias, la burguesía se convirtió en la clase dominante de la nueva organización social. Pasó de clase media, que integraba el llamado estado llano del antiguo régimen, a sustituir a la <aristocracia de la sangre de la época feudal. Su ilustración, preparación y riqueza pronto le permitieron convertirse en la clase dominante del período capitalista que se abría. Concentró en su manos los instrumentos de producción. Tuvo acceso a la >tecnología. Se apropió de la mayor parte de los excedentes del proceso productivo. Acumuló mucha riqueza. E impuso su dominio nacional e internacionalmente por largo tiempo en el mundo.

          La burguesía generó un estilo de vida, una manera de ser y una mentalidad propios. Ellos constituyen el burguesismo, que es una singular concepción del mundo, con sus peculiares valores y sentido de la vida. Por eso puede hablarse de “vida burguesa”, “arte burgués”, “revolución burguesa” e incluso de “democracia burguesa”. Convertida en clase dominante, la burguesía  —que en el pasado había sido ardientemente revolucionaria—  se convirtió en conservadora. Su filosofía de la vida es que nada cambie, que todo siga igual, que se mantenga intocado el orden de cosas social que es tan generoso en privilegios para ella.

          Sin embargo, se pueden distinguir dos clases de burguesía: una que vive lujosa y ostentosamente, con un alto vivel de gasto y dilapidación de dinero, como es la mayor parte de la burguesía del mundo subdesarrollado; y la de los países industriales, que por lo general es calvinista y sobria y tiene altas tasas de ahorro e inversión. La actitud de esta burguesía, muy imbuida por la ética protestante, se sintetiza en las conocidas frases de Benjamín Franklin (1706-1790) de que “el tiempo es oro” y de que “el oro, por su naturaleza, es fecundo y productivo”. En función de ellas la burguesía de esos países asumió el deber de hacer dinero como un verdadero mandato ético. Lo cual explica el auge del comercio, la prosperidad de la industria, el crecimiento del sector de los servicios, en suma, el gran desarrollo del >capitalismo moderno.

          La aplicación de las ideas liberales forjó, como hecho deseado o no, el nacimiento de la burguesía. Ella, situada en posición de clase dominante, se empeñó en perpetuar su poder. Y no hay duda de que lo ha logrado. Salvas parciales o transitorias excepciones, como la de los regímenes marxistas y socialistas, ha imperado por los dos últimos siglos en el mundo. Fue la que creó, a su imagen y semejanza, el Estado burgués, la democracia formal y el capitalismo libreconcurrente.

            El >laissez faire es obra suya y responde a sus fundamentales conveniencias. Los retoques que se hacen al capitalismo, bajo el nombre de >modernización, corresponden también a su iniciativa y a sus intereses.

          A partir de la segunda parte del siglo XIX, con la insurgencia de las ideas socialistas, se produjeron severas críticas a la burguesía y al llamado “espíritu del capitalismo”, no obstante haber reconocido que ellos jugaron un papel revolucionario de enorme trascendencia en las transformaciones políticas y sociales de finales del siglo XVIII. Los marxistas fueron especialmente implacables. En el >Manifiesto Comunista definieron a la burguesía como la clase dominante de los capitalistas que detenta la propiedad sobre los medios de producción y que emplea el trabajo asalariado de los proletarios que, para poder vivir, se ven obligados a venderle su fuerza de trabajo. La sociedad capitalista, para ellos, está compuesta fundamentalmente de burgueses y proletarios, las dos clases contendientes, situadas “frente a frente siempre”, que adelantan una lucha de clases ininterrumpida que sólo terminará con el triunfo de la clase obrera y la implantación de la >dictadura del proletariado.

          Las predicciones del >marxismo, sin embargo, no se han cumplido, entre otras razones porque entre las dos clases contendientes se ha interpuesto la clase media en ascenso  —la pequeña burguesía, que llaman los marxistas—  con intereses propios y diferentes. No se ha producido la simplificación de las oposiciones de clase ni la creciente dicotomía social prevista por el marxismo, que supuestamente conducirían a que la sociedad entera se dividiera en dos grandes campos enemigos: la burguesía y el proletariado.

            El esquema social ha marcado más bien una tendencia hacia la diversificación y no hacia la polarización. Los pequeño-burgueses no solamente que no han desaparecido sino que se han fortalecido y aspiran a ser y vivir como burgueses  —y algunos lo han logrado, ciertamente—  en un proceso de diferenciación de los estamentos sociales que ha impedido la polarización de que hablaron los marxistas y en la que fincaron sus proyectos revolucionarios.

 
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