academicismo

          Es, en su más amplia acepción, la observancia rigurosa de las normas clásicas y, en su acepción política, un estilo de hablar o de escribir con acentuado purismo en el empleo de las palabras, gran rigor sintáctico en la construcción de las frases, elegancia y armonía en las expresiones, erudición y exagerada ortodoxia clásica.

          La palabra deriva de academia y ésta de Academo, que fue el nombre del célebre héroe y atleta ateniense en cuyos jardines se reunía la primitiva academia de Platón, fundada hacia el año 387 a. C.

          Los políticos modernos, unas veces por simple ignorancia y otras por deliberada intención, se han alejado de academicismo y se han inclinado por el empleo de palabras de uso corriente en sus intervenciones públicas orales o escritas. De este modo alcanzan una mejor comprensión de sus auditorios, especialmente si son masivos. En la >oratoria de muchedumbres el academicismo está contraindicado. El hombre-masa de Ortega y Gasset no entiende las fórmulas académicas. El orador se ve precisado a bajar su nivel académico y a renunciar a su elegancia intelectual para poder ser entendido. Esta es una de las reglas elementales de la retórica de multitudes. Mi experiencia personal fue esa: cuando muy joven inicié mis contactos políticos con auditorios populares me di cuenta de que mi mensaje no llegaba y tuve que modificar de estilo. Por eso he dicho que el cerebro del orador de masas opera como una refinería de petróleo al revés: la refinería se alimenta con productos en bruto y los entrega refinados; el cerebro del orador, en cambio, procesa y simplifica las ideas sofisticadas y académicas para entregarlas toscas y elementales a la masa. Proceso que no es fácil y que demanda un gran esfuerzo mental de conversión.

          La oratoria multitudinaria, siendo de rango cultural inferior, es la más eficaz para conmover a las muchedumbres. Los intelectuales suelen no entender esto. Se muestran siempre sorprendidos de que algo “tan vulgar” haya tenido tanto impacto en la gente. Y es que el orador de masas tiene que expresar las ideas de modo tan elemental que puedan ser comprendidas por el menos informado de los miembros de la multitud.

          Por supuesto que esto no significa contemporizar con los excesos de la retórica populista que, en su adulación a las masas, llega a extremos populacheros. Nunca entenderán los dirigentes populistas que una de las misiones primordiales del líder político es la pedagogía: con muy buenas maneras está obligado a educar y a culturizar a la masa, llenar los vacíos dejados por los sistemas educativos deficientes, corregir algunas ideas descarriadas de la gente, inculcarle valores morales. Por desgracia, las técnicas del >populismo son el adulo abyecto y la obsecuencia oportunista con los pueblos para arrancarles su adhesión y su voto.

          La televisión, que se ha convertido en el principal instrumento de comunicación social, demanda del orador político un estilo coloquial, alejado de todo academicismo, que debe atender las demandas del amplio espectro de la teleaudiencia en el corto lapso de tiempo disponible.

 
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