abstencionismo

          A pesar de que tiene varias interpretaciones, esta palabra se refiere más específicamente al <absentismo electoral de los votantes, o sea a su ausencia consciente de las urnas. Pero el abstencionismo no es un absentismo fortuito sino deliberado, no es casual sino causal. No se refiere a la ausencia del elector por motivos de enfermedad, defectos censales u otras razones ajenas a su voluntad sino a una actitud querida y premeditada, que con su silencio o pasividad expresa una voluntad política de rechazo a los partidos, a los candidatos o al sistema mismo. El abstencionismo se presenta, por tanto, como un acto de desobediencia cívica o de protesta contra el orden político existente.

          Para combatirlo se ha establecido en muchos países el >voto obligatorio, a partir de la idea de que el >sufragio es una importante función pública porque implica la ejecución de un acto de interés general y de que el votante es un funcionario público encargado de tomar determinadas decisiones, por lo cual está obligado a desempeñar su función como los demás funcionarios lo están respecto de las suyas.

          En este sistema, votar es un derecho político y un deber cívico ineludible. Por tanto, la ley compele al ciudadano a participar en todos los actos de sufragio para los que sea convocado, bajo amenaza de una sanción legal si no lo hace. No pertenece al ciudadano la decisión de votar o no, sino únicamente la de cómo votar. En cambio, en el sufragio voluntario, que parte del supuesto de que el voto es un derecho renunciable, el ciudadano es dueño de la doble libertad de votar o no y de cómo hacerlo.

          El sufragio obligatorio, en el orden práctico, es una escuela de educación cívica para los ciudadanos, que se ven precisados a preocuparse de los asuntos públicos. Busca además asegurar la legitimidad de los gobernantes amenazada por el indiferentismo electoral y evitar que los partidos políticos pequeños, sin opción de éxito, apuesten a la abstención electoral, conspiren contra la democracia política y se apropien de los inevitables índices de deserción como si fueran respuestas a sus >consignas.

          La palabra abstencionismo se utiliza también para designar la política de inhibiciones estatales en la marcha de la economía, tan en boga en nuestros días a partir del derrumbe del bloque soviético, de la concentración del poder mundial en una sola de las superpotencias y del >aperturismo que propugnan los países grandes.

          En este sentido el abstencionismo significa la inhibición de la autoridad pública en la planificación económica y la implantación de las leyes del mercado para conducir el proceso de la producción. Tiene una dimensión interna, que se expresa en el >laissez faire, y una dimensión internacional que se manifiesta como “libertad de comercio”, abatimiento de las barreras aduaneras y formación de grandes bloques comerciales.

          Por cierto que la llamada “libertad de comercio” lo es sólo en apariencia. Lo que hoy impera no es en realidad comercio libre sino comercio dirigido por las grandes >corporaciones transnacionales, dentro de una estrategia de dominación mundial muy claramente establecida.

          Las facultades de gobierno sobre la economía, escamoteadas al Estado, han ido a parar a los directorios de las grandes empresas transnacionales, que son los que planifican la industria y el comercio a escala mundial y toman las decisiones que en la práctica resultan de obligatorio cumplimiento para los países.

          El poder del Estado ha sido suplantado por la planificación y la operación de las grandes compañías nacionales o transnacionales que, bien articuladas entre sí, disponen las cosas económicas  —y con frecuencia también las políticas—  del modo que más convenga sus intereses.

          De esto resulta que la actividad económica aparentemente “libre” es, en realidad, “planificada”, “prevista” y “dirigida” por las conveniencias particulares.

          El abstencionismo estatal tiene grandes e influyentes aliados en los sectores industriales y comerciales que se benefician con la “libertad” de los mercados. Se ven libres de toda clase de controles. Un Estado cruzado de brazos favorece sus maniobras.

 
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