aldea global

       En un libro más citado que leído, cuyo paradógico título es “The Global Village”, el filósofo y profesor canadiense Marshall MacLuhan y el escritor norteamericano Bruce R. Powers difundieron en 1989 el concepto de la “aldea global” para describir un planeta empequeñecido por la ampliación de los medios de comunicación vía satélite que llevan y traen noticias a la velocidad de 300.000 kilómetros por segundo.

       El concepto hoy se ha generalizado para señalar un mundo interconectado e interactivo, de intereses entretejidos, que tiende a ser cada vez con mayor definición una sola y gran comunidad planetaria al ritmo de la revolución digital, de las telecomunicaciones y del transporte, que están unificando la cultura y haciendo del planeta una “aldea global”. Resulta muy difícil mantenerse al margen de este proceso. Basta pensar que cada vez más la gente lee los mismos libros, recibe los mismos mensajes, se entera de las mismas noticias, mira las mismas películas, atiende los mismos programas de televisión por satélite y consume los mismos productos. Es decir: participa de la misma cultura irradiada principalmente desde los centros científicos y focos de información de Occidente.

      MacLuhan, especialista en telecomunicaciones y profesor de la Universidad de Toronto, murió antes de ver terminado su libro, que fue completado por su amigo y colaborador Bruce R. Powers con base en los manuscritos y documentos dejados por el autor y en la ayuda prestada por su ayudante en las tareas investigativas, George Thompson. MacLuhan falleció en 1980 y Powers completó la redacción y publicación del libro que, como dice éste en el prólogo, intenta presentar “un modelo para estudiar el impacto estructural de las tecnologías sobre la sociedad”.

      Los visionarios trabajos de MacLuhan acerca de la red electrónica universal le llevaron a la conclusión de que los logros científicos y tecnológicos de la inteligencia humana se adelantan a su capacidad de comprender las consecuencias de ellos. Cosa que ocurrió, según él observa, con la energía atómica, que condujo al uso del átomo con fines bélicos, y más recientemente con la píldora anticonceptiva que ha bajado preocupantemente la tasa de nacimientos en las sociedades occidentales adelantadas. Si antes de desarrollar estos inventos científicos se hubiera elaborado la tétrada de sus efectos negativos, habría sido posible prevenirlos.

        Desde los tiempos de MacLuhan hasta nuestros días la “aldea” se ha vuelto mucho más global. En las últimas dos décadas la triple alianza de la informática, las telecomunicaciones y los transportes ha producido una amplia uniformación cultural del planeta. Se ha dado una “occidentalización” de la cultura universal que se manifiesta no sólo en las altas y sofisticadas expresiones de la ciencia sino también en muchos episodios de la vida cotidiana. Está en formación un mundo homogeneizado por la fuerza avasalladora del capitalismo occidental que ha extendido por todos los lugares el poder de sus conocimientos científicos y tecnológicos y que ha modelado una forma de sociedad que tiende a volverse universal.

            Si MacLuhan viviera encontraría que su “aldea” resultó mucho más global de lo que pensó.

            Pero es una “globalización estadounidense”, como afirmó Mijail Gorbachov en una carta dirigida al presidente electo de Estados Unidos, George W. Bush, en diciembre del 2000, porque son sus valores, estilos e intereses los que se han extendido por el mundo. Para decirlo con las elocuentes palabras del escritor neoyorquino George Ritzer, está en marcha una “McDonalización” de la sociedad mundial, puesto que lo que se ha dado en buena parte es una “norteamericanización” de ella.    

          Bien dijo el cuasifilósofo Francis Fukuyama, en una entrevista publicada en internet en 1999, que “la globalización, de alguna manera, es un eufemismo de la norteamerizanización, porque Estados Unidos es la sociedad capitalista más avanzada y sus instituciones representan el desarrollo lógico de las fuerzas del mercado”. A través del cine  —proyectado en la pantalla grande o en la pequeña—  los norteamericanos desde hace décadas difunden sus valores culturales y exportan una manera de ver la vida. El mayor rubro de exportación de Estados Unidos a comienzos del siglo XXI no son sus manufacturas sino sus películas y programas de televisión. El escritor y académico español Juan Luis Cebrián, en su obra “La Red” (1998), trae cifras elocuentes sobre el predominio de los filmes estadounidenses. En Francia, donde la industria cinematográfica está enormemente protegida, el 70% de la taquilla corresponde a películas norteamericanas, y en España el 90%. El predominio fílmico en la televisión es probablemente mayor y tiene obviamente un alcance mucho más amplio. Lo cual explica que la american way of life se haya extendido tanto.

      La información a escala mundial ha producido una “comunidad” de conocimientos, de opiniones y de costumbres. O sea una cultura que tiende a ser global. Por algo la palabra comunicación viene del latín communicatio, que significa promover una comunidad, o sea crear algo en común.

       A lo largo del tiempo, el avance tecnológico en los sistemas para “transportar” los conocimientos  —que han ido del manuscrito a la imprenta y de la imprenta a la televisión por satélite y a la multimedia—,  a través de etapas culturales perfectamente diferenciables: la oral, la escrita y la audiovisual, ha reducido el tamaño del planeta hasta convertirlo en una aldea global. Dice MacLuhan que “las tecnologías electrónicas han comenzado a hacer tambalear la distinción entre el espacio interior y exterior, al borrar la diferencia entre estar aquí o allá. La primera insinuación de esta condición llegó con el teléfono. Al aumentar la velocidad de la voz privada, recuperó la telepatía y le dio a cada uno el sentimiento de estar en todas partes al mismo tiempo”.

       Los medios de comunicación han transformado la cultura. El teléfono, la radio, el cine, la televisión, los ordenadores, la microcomputación, internet, el CD-ROM, el DVD, el flash memory, los teléfonos móviles, los satélites geoestacionarios con sus terminales móviles, la hipermedia, la tecnología grid y los modernos software de las comunicaciones han forjado una nueva cultura y han transformado todas las actividades humanas: las ciencias, la política, la economía, la literatura, el periodismo, la educación, los negocios, las relaciones interpersonales y la organización social.

       La ciencia y la tecnología han puesto al servicio de la información y de la expresión de las ideas todos estos sorprendentes instrumentos tecnológicos.

      En los modernos medios de comunicación la información se difunde por medio de bits y no de los átomos del papel impreso. El bit  —acrónimo de la expresión inglesa binary digit—  es el elemento básico de la transmisión electrónica de la información. No tiene color, tamaño ni peso y puede viajar a la velocidad de la luz, o sea 1.080 millones de kilómetros por hora. Como otras energías puras, no tiene masa ni ocupa un lugar en el espacio.

       Es menester hacer la diferencia entre átomo y bit. El átomo es la partícula más pequeña de un cuerpo simple. En cambio el bit no tiene solidez, no es tangible: es una energía. Es un “estado”, una “forma de ser”. El bit, a diferencia del átomo, no se mueve por transiciones: pasa de un estado a otro automáticamente y sin escalas intermedias.

        La mayor parte de la información que hoy nos llega en forma de átomos, esto es, mediante periódicos, libros, revistas y demás materiales impresos, la recibiremos en la era digital por medio de bits que la transportarán de su lugar de origen hasta las pantallas electrónicas a la velocidad de la luz.

       Este es el resultado de un largo camino. Primero fue la radiodifusión con su sistema de señales sonoras transportadas por medio de las ondas hertzianas desde una estación transmisora, que transforma las señales en impulsos eléctricos, hacia aparatos receptores que descodifican esos impulsos y los reconvierten en el mensaje original.

        Después vino la televisión para transmitir a distancia imágenes en movimiento y sonidos, por medio de ondas hertzianas de alta frecuencia, desde un equipo transmisor que convierte los rayos de luz en impulsos eléctricos hacia aparatos receptores que reconvierten las señales eléctricas en rayos de luz visibles. La televisión alcanzó una escala planetaria en el momento en que se valió de los satélites artificiales capaces de superar la curvatura de la Tierra. Y poco tiempo después aparecieron la TV por cable y luego la direct TV que permitieron sintonizar desde los lugares más remotos decenas de canales de varios lugares del mundo.

      La invención de la fibra óptica, que es un finísimo cable de cristal de cuarzo de alta pureza diseñado para transmitir la luz a grandes distancias y con extraordinarias velocidades y que puede transportar información 64.722 veces más rápido que el teléfono convencional, ha tenido importantísimas repercusiones en el campo de la información. La llamada fotónica, que es la transmisión de informaciones a alta velocidad por medio de impulsos de rayos láser a través de cables de fibra óptica, será la tecnología del futuro en el campo de las comunicaciones.

        La capacidad de la fibra óptica para transportar información es prácticamente “infinita”, hasta el punto que la ciencia no ha podido todavía establecer con precisión cuántos bits por segundo (bps) pueden ser enviados a través de ella. Recientes investigaciones señalan que la cifra se acerca a los 1.000 billones de bits por segundo. Lo cual permitiría, por ejemplo, enviar información a un millón de canales de televisión simultáneamente. Y esto a través de un solo cable de fibra óptica de los muchos que pueden construirse.

 
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