aislacionismo

        Este término nació por imitación de la palabra inglesa isolationism, que denota la política de apartamiento y no intervención de los Estados en los asuntos externos. Esta política se funda en la teoría de que un Estado puede promover mejor sus propios intereses absteniéndose de integrar grupos de Estados, de alinearse en conflictos entre ellos o de tomar partido en disputas internacionales.

      Esta política fue practicada, en épocas distintas, por la China imperial, defendida por un fuerte sector de opinión pública en Inglaterra durante el siglo XIX  —the splendid isolation, se la llamó—  y propugnada por el gobierno de Estados Unidos de América en diversos momentos de su política exterior.

        La aplicación de esta teoría conduce a que un país se aísle del resto del mundo y se abstenga de tomar parte en conflictos ajenos.

       El aislacionismo fue, por antonomasia, una actitud y una política norteamericanas asumidas desde los días de George Washington (1732-1799) y Thomas Jefferson (1743-1826), quienes aconsejaron a sus compatriotas que se mantuviesen alejados de alianzas políticas o militares permanentes. La primera expresión aislacionista de Estados Unidos se produjo cuando el presidente Washington declaró la >neutralidad de su país y de su gobierno ante las guerras europeas provocadas por la Revolución Francesa a fines del siglo XVIII. Esta posición fue claramente expuesta por el gobernante norteamericano en su mensaje de despedida al Congreso Federal en 1796. La vocación aislacionista de Estados Unidos surgió de su ubicación geográfica y de la condición geopolítica de un Estado de dimensiones continentales, flanqueado por dos océanos. El aislacionismo fue por mucho tiempo un principio inamovible. Sin embargo, en 1823 el presidente James Monroe formuló las ideas fundamentales de su política internacional  —conocidas después como >doctrina Monroe—  que rompieron con el aislacionismo y sugirieron una intervención militar norteamericana si se produjera alguna forma de colonización europea sobre cualquier lugar de América. Esta doctrina proclamaba un compromiso político y militar permanente de Estados Unidos en caso de intervención europea en tierras americanas.

       A pesar del aislacionismo de la sociedad norteamericana, en los siglos XIX y XX fueron muchos los casos de acciones políticas y militares estadounidenses fuera de sus fronteras y en asuntos que no eran de su incumbencia: la guerra contra México, la guerra de la independencia de Cuba, las incursiones en el Caribe, las intervenciones en las Filipinas y Guam, la toma de Puerto Rico, la promoción de la independencia panameña. Todo esto en nombre de la >doctrina del destino manifiesto formulada en 1845.

       El aislacionismo fue siempre una tentación de gobernantes y pueblo norteamericanos y en algunos momentos de su historia esta posición tuvo mucha fuerza. Después de la >primera guerra mundial, cuando se suscribió el pacto de creación de la Sociedad de las Naciones en 1919, prevaleció la posición aislacionista en el Congreso norteamericano y por eso no aprobó su ratificación  —a pesar de que el inspirador de él fue el presidente Woodrow Wilson—,  de modo que este país no formó parte de la organización mundial.

       Al comienzo de la primera conflagración mundial las fuerzas militares alemanas, desplegadas sobre Europa occidental, trataron de cercar a Inglaterra en el mar para rendirla por el hambre. Los submarinos alemanes hundieron todo buque mercante que cruzaba por esas aguas para impedir su comercio y abastecimiento. En 1915 fue echado a pique el trasatlántico inglés Lusitania y murieron más de mil cien pasajeros, de los cuales ciento veintiocho eran norteamericanos. Una ola de horror y de indignación recorrió Estados Unidos. Los aislacionistas empezaron a pensar que debían prepararse para la guerra. A comienzos de 1917 se agravaron las cosas: ochos barcos mercantes norteamericanos fueron hundidos por los submarinos alemanes en aguas internacionales. Lo cual vulneraba gravemente el principio de la libertad de los mares que había planteado con tanta fuerza el gobierno norteamericano presidido por Woodrow Wilson, quien afirmó en un documento dirigido al Senado en 1917 que “la libertad de los mares es el sine qua non de la paz, igualdad y cooperación”. La opinión pública norteamericana, tradicionalmente inclinada hacia a la neutralidad y el aislamiento, dio entonces un vuelco. Y el presidente Woodrow Wilson pidió al Congreso el 2 de abril de ese año que declarase el estado de guerra. Y el viernes 6 de abril Estados Unidos entraron en la contienda.

       Fueron dos factores principales los que movieron al gobierno de Wilson a abandonar su neutralidad y su aislacionismo: la simpatía por los aliados y el temor a las consecuencias de una victoria del prusianismo alemán.

        A partir de ese momento la guerra cobró dimensiones mundiales.

        Los actos preparatorios bélicos empezaron inmediatamente en la Unión norteamericana. El historiador estadounidense Henry Steele Commager y el periodista Allan Nevins, en su “Breve Historia de los Estados Unidos” (1963), sostienen que “el gobierno tuvo que tomar medidas mucho más radicales que en cualquier guerra anterior. Se convirtió en dictador de la industria, del trabajo y de la agricultura. Intervino las líneas ferroviarias y telegráficas. Se necesitaban alimentos, y la producción agrícola aumentó en una cuarta parte; se necesitaba combustible y la producción de carbón aumentó en dos quintas partes”. La industria se dedicó a producir para la guerra y a proveer a las tropas anglofrancesas enormes cantidades de vehículos, cañones, fusiles, proyectiles, explosivos y otros pertrechos. El gobierno norteamericano destinó alrededor de diez mil millones de dólares al financiamiento de las operaciones bélicas de Inglaterra y Francia en el escenario europeo.

       Millones de jóvenes alistados en las fuerzas armadas empezaron a zarpar de los puertos estadounidenses en grandes convoyes con rumbo a los escenarios de la guerra. El primer contingente llegó a Francia en junio de 1917 para asistir a la defensa de París y el 4 de julio desfiló por los Campos Elíseos ante el fervoroso aplauso de los franceses. En marzo de 1918 partieron 80.000 nuevos efectivos, en abril 118.000, en mayo cerca de 250.000 y, hasta octubre de ese año, las fuerzas norteamericanas acantonadas en Francia sumaban 1’750.000 soldados, que entraron en acción primero en Mondidier y Cantigny, luego en el Bosque de Belleau y después en muchos otros puntos neurálgicos de la guerra.

     La intervención norteamericana fue decisoria, sin duda, en el curso de la contienda y, al final de ella en 1918, en la abdicación y fuga del káiser Guillermo II, la extinción del Segundo Reich, el desmoronamiento del Imperio Austrohúngaro y la rendición de Bulgaria y Turquía.

      La historia se repitió veinticuatro años más tarde, al comienzo de la >segunda guerra mundial. Cuando la Alemania nazi y el imperio japonés comenzaron a amenazar el orden internacional de la primera postguerra, se abrió un amplio debate sobre el tema del aislacionismo en Estados Unidos. Crecientes grupos de ciudadanos empezaron a preocuparse por las actitudes bélicas y expansionistas de las potencias del eje, aunque los aislacionistas más recalcitrantes —aquellos que obtuvieron del Congreso a mediados de los años 30 una legislación para asegurar la neutralidad norteamericana en los conflictos exteriores— se aferraban al aislamiento. Sin embargo, algunos de ellos cambiaron de opinión cuando comenzó la guerra en 1939 y cayó Francia en poder de los nazis en 1940. El presidente Franklin D. Roosevelt impulsó un programa de ayuda a Inglaterra, amenazada a la sazón por las fuerzas alemanas, a pesar de que persistía el aislacionismo en importantes sectores de la opinión pública de su país. Entre los grupos aislacionistas más apasionados se encontraba el comité América Primero, formado en 1940, que tenía al aviador e ingeniero estadounidense Charles Lindbergh como su más emblemático representante.

      Pero el ardiente debate sobre el aislamiento acabó súbitamente la madrugada del 7 de diciembre de 1941, cuando la aviación japonesa bombardeó sorpresivamente la base naval norteamericana de Pearl Harbor en Hawai y causó la muerte de 2.800 soldados estadounidenses y la destrucción de la flota naval del Pacífico, anclada en ese lugar. Esto obligó al gobierno de Roosevelt a terminar su aislamiento. Al día siguiente se produjo la declaración de guerra de Estados Unidos contra las potencias del eje. Y lo primero que hicieron fue orientar gran parte de su infraestructura industrial hacia la fabricación de artefactos de guerra. Hasta agosto de 1945 produjeron cerca de 300.000 aviones de combate, 86.000 tanques, 3 millones de cañones, centenares de miles de vehículos militares y 71.000 barcos de guerra, de los cuales más de 100 mil camiones y jeeps, miles de aviones, 6 millones de toneladas de acero y otros pertrechos fueron entregados a Inglaterra; y más de 400 mil camiones, 50 mil jeeps, 7.000 tanques y 420.000 toneladas de aluminio, aparte de grandes cantidades de alimentos y vituallas, a la Unión Soviética.

      Con el ingreso de Estados Unidos la guerra tomó otro rumbo. Los norteamericanos embarcaron más de cinco millones de soldados hacia los campos de batalla alrededor del planeta. Los barcos norteamericanos combatieron en todos los mares. Vinieron, en el frente occidental, el desembarco de Normandía y, en el frente oriental, la batalla de Stalingrado, que sellaron la suerte de la guerra. Las tropas norteamericanas y soviéticas avanzaron sobre territorio alemán y se encontraron en el Elba. La toma de Berlín produjo el suicido de Hitler en su búnker  —aunque hay versiones de que el líder nazi no se suicidó sino que fugó en un submarino hacia la Patagonia argentina—  y la capitulación de las tropas nazis. Antes, en su fuga desde Milán, Mussolini había sido capturado y fusilado por los partisanos del Po. Y la rendición incondicional del Japón, bajo la presión norteamericana, puso fin a la gran guerra.

      Al comienzo de la postguerra surgió la llamada >doctrina Truman  —contenida en el mensaje del presidente norteamericano al Congreso de la Unión en marzo de 1947, en el que prometió ayuda a los pueblos amenazados de subyugación por minorías armadas o por presiones exteriores—  que, superando las presiones aislacionistas sustentadas por algunos sectores de la opinión pública estadounidense, ofreció asistencia financiera e incluso militar a Grecia y a Turquía, que sufrían en ese momento fuertes presiones de la Unión Soviética para tomar injerencia en el control de los estrechos del Bósforo y de los Dardanelos, con la indisimulada intención de incorporar a esos países a su bloque.

     Lo cierto es que el tema del aislacionismo se ha discutido a lo largo de la historia norteamericana. La opinión pública con frecuencia se ha polarizado frente a él. Hace unos años volvió a controvertirse fervorosamente con ocasión de la guerra de Vietnam.

     Es importante establecer la diferencia entre aislacionismo y >neutralismo. El aislacionismo es la sustracción de un país a toda responsabilidad internacional. Es una forma de soledad y apartamiento respecto de todo lo que ocurre a su alrededor. En su más extremada interpretación significa incluso su abstención de participar en todo género de sociedad de Estados o de organismos internacionales, como ocurrió con Estados Unidos cuando se abstuvieron de ingresar a la Sociedad de las Naciones creada en 1919 después de la Primera Guerra Mundial. El aislacionismo es el abandono de toda responsabilidad internacional. En cambio, el neutralismo no es incompatible con la pertenencia a la comunidad internacional organizada, en sus diversos niveles y ramas, ni con la asunción de responsabilidades en la marcha del mundo. El neutralismo fue, en su acepción original, o sea en la acepción usual en el Derecho Internacional clásico, la política de no tomar partido en los conflictos armados entre los Estados, y, en su acepción más amplia y moderna que rigió durante el período de la guerra fría, la no <alineación con una de las dos superpotencias que se disputaban la dominación mundial.

     Dentro de la dinámica internacional, el aislacionismo sólo es pensable en un país grande y fuerte. Por eso es que en diversas épocas ha habido tentaciones aislacionistas en los Estados Unidos de América, alentadas por sus sectores políticos más chovinistas, que fundaron su posición en el gran poder de autonomía política y de autarquía económica que el inmenso y opulento territorio les ofrecía. De tiempo en tiempo surgieron voces aislacionistas en algunas de sus cúpulas dirigentes. Esas voces se apagaron durante la primera postguerra al calor de la amenaza fascista y, en la segunda, ante la amenaza soviética y la histérica denuncia del >macartismo sobre la penetración comunista en los más importantes mandos del Estado.

      Durante la >guerra fría hubo un militante compromiso de Estados Unidos con los intereses políticos, económicos y militares de Occidente. Y eso les llevó a intervenir en lejanas guerras como la de Corea o la de Vietnam y a participar en los mil y un conflictos de diversa intensidad que se produjeron en el curso de la confrontación Este-Oeste. Pero con la implosión de la Unión Soviética y la desaparición de su enemigo ideológico y militar, han vuelto a escucharse voces aislacionistas. Los Estados Unidos son un país económicamente próspero, tecnológicamente solvente y cuya potencia militar no está amenazada. Su gigantesco territorio, flanqueado por los dos océanos y con vecinos amistosos y militarmente débiles al norte y al sur, le dan una muy alta seguridad. Lo cual bien puede despertar la tentación de replegarse en el aislacionismo cuando la amenaza comunista ha desaparecido. Talvez la única asechanza que pudiera verse en el horizonte, aunque todavía aparece muy lejana, sería la del >islamismo por aquello de que las nuevas guerras no serán entre Estados sino entre civilizaciones y por razones culturales, religiosas y étnicas, que pronosticó el profesor de Harvard Samuel P. Huntington.

 
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