agua

       Es un compuesto de dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno en estado líquido, que constituye el elemento principal de toda materia viva. El químico francés Antoine Laurent de Lavoisier afirmó a fines del siglo XVIII que el agua es un compuesto de oxígeno e hidrógeno y, en un documento científico presentado en 1804, el químico francés Joseph Louis Gay-Lussac y el naturalista alemán Alexander von Humboldt demostraron conjuntamente que el agua consiste de dos volúmenes de hidrógeno y uno de oxígeno, tal como se expresa en la fórmula química H2O.

      El agua es un liquido insípido, inodoro e incoloro que puede pasar fácilmente del estado líquido al sólido o al gaseoso por obra de factores externos. Su punto de congelación es 0° C, a la presión atmosférica de 760 mm de mercurio, y su punto de ebullición es 100° C.

     El agua pura tiene un ph7 y por tanto es neutra, es decir, no es ácida ni alcalina. Si el ph es de 0 a 7 el agua es ácida, por su alta concentración de protones, y si el ph es de 7 a 14, el agua es alcalina por su baja concentración de protones. El ph7 señala el agua neutra. El ph es la medida de la concentración de protones (acidez) de una solución acuosa. En el agua pura las cargas positivas se neutralizan con las negativas, puesto que tiene la misma cantidad de protones (H+) y de hidróxidos (OH-).

       El agua representa entre el 50% y el 90% de la masa de los organismos vivos. El protoplasma  —que es la sustancia básica de las células—  contiene una gran cantidad de agua en la que están disueltos o en suspensión grasas, carbohidratos, proteínas, sales y otros componentes químicos. El agua actúa como disolvente para transportar, combinar y descomponer químicamente esas sustancias. La sangre de los animales y la savia de las plantas contienen una gran cantidad de agua, que sirve para transportar los alimentos y desechar el material de desperdicio.

       De lo dicho se desprende la importancia esencial que el agua tiene en la biología. El mayor componente de los seres vivos es agua, que es el medio en el cual se realizan los procesos vitales. Todos los organismos vivientes contienen agua. El contenido de agua varía tanto en los animales como en las plantas, dentro de los límites comprendidos entre la mitad y las 9/10 partes de su peso total. También el cuerpo humano está constituido por agua, según un porcentaje en peso que es máximo en los primeros meses de vida embrionaria (cerca del 97%) y que disminuye con la edad. La sangre es principalmente agua.

      La vida de la Tierra  —con los primeros microorganismos y algas—  surgió en el agua. Un grupo de científicos descubrió en el 2006 al norte de Canadá tres fósiles de lo que podría ser la primera especie animal en abandonar el agua para afincarse en la tierra, a la que llamaron “Tiktaalik”, que era un híbrido entre pez y animal terrestre  —una especie de “eslabón perdido”—,  que confirmaría la hipótesis de que la vida humana y animal se originó en el mar.

      Nuestro planeta está formado por agua en sus tres cuartas partes.

     En su afán de investigar la existencia de formas de vida fuera del sistema terrestre, la National Aeronautics and Space Administration (NASA) de Estados Unidos lanzó la sonda Mars Global Surveyor, que entró en órbita marciana el 10 de septiembre de 1997 y que envió a la Tierra imágenes de largos canales con sedimentos recientes que llevaron a los científicos a la conclusión de que en la superficie y en las capas interiores de Marte fluye ocasionalmente agua, en estado líquido. Se sabía que allí había agua congelada y vapor de agua, pero hoy se sabe que hay también agua corriente, lo cual significa que pudo haber formas de vida.

     Científicos de la NASA informaron a comienzos de marzo del 2004 que los robots exploradores Spirit y Opportunity, enviados a Marte para estudiar durante varios meses la composición química de su suelo, encontraron “pruebas claras” de que el planeta rojo tuvo en sus remotos tiempos gran cantidad de agua, por lo que es presumible científicamente que haya albergado formas de vida. Los dos robots llegaron a lugares opuestos del planeta rojo con el fin de estudiar terrenos distintos. El Spirit descendió el 3 de enero del 2004 cerca del cráter Gusev y el Opportunity, tres semanas después, en un pequeño cráter en medio del Meridiani Planum, una de las zonas llanas del planeta. Los científicos dijeron que el líquido creador de la vida, según lo que demostraron los instrumentos de los robots, había sido en el pasado más abundante de lo que se había supuesto.

     El 12 de agosto del 2005 la NASA envió a Marte otra sonda investigadora de los indicios de agua en el planeta: la Mars Reconnaissance Orbiter (MRO) que, después de 500 millones de kilómetros recorridos por el espacio, entró en la órbita marciana el 10 de marzo del 2006 y empezó a enviar datos en noviembre que contribuyeron a la tarea de desentrañar la historia de Marte. Esa sonda portó equipos capaces de analizar a distancia la composición química del suelo marciano y, a partir de noviembre de ese año, transfirió durante dos años terrestres mayor cantidad y calidad de información que las sondas anteriores.

      La NASA lanzó el 26 de noviembre del 2011 desde Cabo Cañaveral el Curiosity  —la más sofisticada nave espacial exploradora hasta ese momento—,  que después de casi ocho meses de viaje y 567 millones de kilómetros recorridos se posó en el cráter Gale de Marte el 6 de agosto del 2012. El Curiosity era un robot muy sofisticado de tipo rover   —tres veces más pesado y dos veces más grande que los vehículos anteriores—  que con sus seis patas de ruedas recorrió la superficie marciana, estudió su suelo y su clima y envió valiosas imágenes de alta resolución e informaciones que llevaron a los científicos de la agencia espacial norteamericana a afirmar que Marte tuvo agua y fue un planeta habitable. Las imágenes a color de un cauce seco y de rocas y piedras que envió el robot Curiosity por medio de su más avanzado mecanismo electrónico  —el Mars descent imager—  demostraron que un arroyo fluyó alguna vez por el lugar.

       A partir de estas y otras informaciones provistas por el Curiosity, la NASA declaró el 9 de diciembre del 2014 que en Marte hubo condiciones climáticas que permitieron la operación de sistemas de agua y la formación de lagos en el cráter Gale y en muchos otros lugares del planeta.

      Y sobre la base de las imágenes recogidas por la sonda Mars Reconnaissance Orbiter la NASA anunció el 28 de septiembre del 2015 que halló las "pruebas más sólidas" hasta la fecha de la existencia de agua líquida en Marte. "No es el planeta seco y árido que pensábamos en el pasado que era", dijo Jim Green, director de ciencias planetarias de la agencia espacial norteamericana, en una conferencia de prensa.

      En el curso de la historia el agua estuvo indisolublemente ligada a las civilizaciones. Casi todas ellas se asentaron en los valles de los grandes ríos: el Éufrates, el Nilo, el Indo, el Yangtze y otros. Gracias al agua el hombre cazador y recolector se tornó sedentario e hizo de la agricultura  —la agricultura de subsistencia, primero, y después la de excedentes agrícolas—  su principal actividad económica a partir del noveno milenio antes de nuestra era.

      Desde los tiempos más remotos los ríos sirvieron como medios de comunicación y de transporte. Muchos de ellos alcanzaron después la condición de “ríos internacionales” y su navegación suscitó conflictos entre los Estados ribereños. Para prevenir estos conflictos el Congreso de Viena de 1815 consagró la libertad de navegación en los ríos internacionales y estableció que el uso de ellos, “a lo largo de todo su curso (...), desde el punto en el cual cada uno de ellos se hace navegable hasta su desembocadura, debe ser totalmente libre y, en lo que atañe al comercio, la navegación no podrá prohibirse, en el entendido de que son respetadas las regulaciones que se establezcan respecto a la policía de navegación...”

       En las más lejanas épocas de la humanidad, y a lo largo de muchísimo tiempo, prevaleció la idea de que el agua era un recurso ilimitado e inagotable. Se la consideró un regalo de los dioses, cuya principal función era la de purificar. Tanto en su sentido literal como en el metafórico, el “agua caía del cielo”. Por tanto, la pureza era una de sus propiedades esenciales. Durante mucho tiempo primó en la humanidad esta cultura del agua. Fue recientemente, cuando aparecieron los primeros síntomas de su escasez, que empezaron a cuestionarse esas viejas y arraigadas ideas y que el agua comenzó a ser considerada como un recurso económico limitado y vulnerable. Advino entonces una nueva cultura del agua.

       El agua es, desde la perspectiva económica, uno de los >recursos naturales básicos, junto con el aire, la tierra, las minas y los bosques. Circula por los mares, por la superficie terrestre, por el subsuelo y la atmósfera con sujeción a su ciclo hidrológico de evaporación, precipitación y escorrentía. El 75% de la superficie terrestre está cubierto por agua. Del volumen total de agua, el 97,5% es agua salada que se encuentra en los mares y en los océanos y el 2,5% agua dulce almacenada en los casquetes polares y glaciares (en estado de congelación), en las profundidades de la tierra, en los ríos y lagos, en los embalses, en la atmósfera (en estado de evaporación) o encapsulada en la tierra en forma de humedad. De este porcentaje de agua dulce, solamente el 0,26% es recuperable para usos humanos  —agrícolas, industriales y de consumo doméstico—  ya que el resto está atrapado en lugares inaccesibles: casquetes polares, nieves permanentes de volcanes y cordilleras y capas subterráneas profundas. En en polo Antártico  —que tiene una extensión aproximada de 13,2 millones de kilómetros cuadrados, cubiertos casi en su totalidad por hielo permanente— se acumula el 95% del hielo del planeta.

       Mijail Gorbachov, en su libro “Carta a la Tierra” (2003), es menos optimista. Sostiene que apenas el 0,1% del agua dulce está a disposición de los habitantes del planeta, con tendencia a decrecer por el calentamiento global, la desaparición de ríos y lagos, la contaminación industrial y la sobreexplotación del manto freático.

     El Océano Ártico, Groenlandia, el norte de Canadá, el norte de Siberia, el polo antártico y las cimas de las altas cadenas montañosas contienen el 74% del agua dulce del planeta. La zona antártica está cubierta por una gigantesca y gruesa capa de hielo que pesa billones de toneladas y que contiene más agua dulce que todos los ríos y lagos de la Tierra juntos.

       Del agua dulce superficial, el 52% está en los lagos, el 38% en el suelo, el 8% en estado de evaporación, el 1% en los ríos y el 1% en los seres vivos.

        Los glaciares de los polos y de las cordilleras almacenan gigantescas cantidades de agua en forma de hielo o nieve, que a medida en que se descongelan alimentan los ríos y cursos de agua que de ellos nacen. Los glaciares del Himalaya y el Tibet nutren a siete de los más grandes ríos del planeta: el Brahmaputra, el Ganges, el Indus, el Irrawady, el Mekong, el Salween y el Yangtze, que suministran agua a más de 2.000 millones de seres humanos. Pero en los últimos tiempos, a causa del progresivo calentamiento del planeta, los glaciares se derriten a un ritmo cada vez más acelerado y esto merma las reservas de agua dulce, altera los regímenes de lluvia, produce inundaciones y aludes y genera otros cambios climáticos catastróficos.

       Cerca de la mitad de las fuentes de agua dulce del planeta se encuentra en América del Sur, casi una cuarta parte en Asia y el resto en América del Norte, América Central, Europa, Australia, África y el Oriente Medio. El más grande sistema fluvial del planeta es el del Amazonas y sus afluentes, que abarca casi seis millones de kilómetros cuadrados. Allí está la quinta parte de la reserva de agua dulce de la Tierra. El lago más antiguo y profundo es el Lago Baikal en el territorio de la ex Unión Soviética. Los demás lagos son relativamente jóvenes y datan de la última época glacial. Diez mil de las veinticinco mil especies de peces viven en aguas dulces, pero el 20% de ellas está en proceso de extinción.

       Sudamérica  —con la excepción de Argentina, Uruguay y Paraguay—  posee una muy alta disponibilidad de agua dulce, lo mismo que Australia y la zona central de África. Estados Unidos, Canadá, Rusia, Uruguay, Paraguay y las islas de Asia sudoriental disponen de una alta cantidad de agua. Disponibilidad media tienen México, Centroamérica y Argentina, mientras que Europa, China y el suroeste de África cuentan con baja disponibilidad. Muy baja tienen los países del Oriente Medio y del noreste de África, en tanto que el noroeste africano sufre una extremadamente baja provisión de agua.

      La mayor parte del agua de uso humano se emplea en el cultivo de alimentos: el riego se lleva unos dos tercios del total del agua que consumimos. Las actividades industriales y económicas ocupan alrededor del 22% y el resto del agua dulce superficial y subterránea es para usos domésticos. En el mundo subdesarrollado el 80% del agua dulce se dirige hacia la agricultura (aunque el 60% de esa cifra se desperdicia), proporción que no será sostenible, por lo que hacia el año 2015 muchos de esos países no podrán mantener sus niveles de irrigación agrícola y varias regiones productoras de granos deberán acudir a la extracción y bombeo de aguas subterráneas dado que se requieren alrededor de mil toneladas de agua para producir una tonelada de granos.

       Entre el año 1900 y el 2000 la demanda total de agua dulce para fines domésticos, agrícolas e industriales pasó de 579 km3 por año a 4.130 km3, lo cual significa que ella se multiplicó por siete.

         Las Naciones Unidas señalan que una persona necesita al menos cincuenta litros diarios de agua dulce para beber, cocinar, bañarse y otros menesteres. Sin embargo, en términos medios, el consumo diario de un habitante de los países desarrollados es más de diez veces superior al de uno subdesarrollado. En Estados Unidos, por ejemplo, el promedio es de 375 litros por persona al día y en Inglaterra 135 litros, mientras que en los países del mundo subdesarrollado la cifra apenas alcanza a 10 litros.

       Hay una relación permanente entre escasez de agua dulce y pobreza. El costo humano de la escasez de agua potable  —en términos de pobreza, insalubridad, enfermedad y desnutrición—  es terrible. Una de cada ocho personas en el mundo no tiene acceso a agua limpia. 3,3 millones de seres humanos mueren cada año por problemas de salud relacionados con el agua. En Africa el 40% de la población vive sin un saneamiento e higiene básicos a causa de la insuficiencia o falta de agua. En general, los pobres pagan de diez a cien veces más por cada litro de agua que los ricos, en una de las más clamorosas realidades de injusticia social. Los habitantes de los barrios pobres de Yakarta, Manila, Nairobi o Guayaquil, por ejemplo, pagan diez veces más por cada unidad de medida de agua que quienes habitan en los sectores de ingresos altos. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) el número de grifos y surtidores de agua potable es un indicador de la salud humana mucho más preciso que el número de camas de un hospital.

       A fines de la primera década de este siglo, más de 80 países  —que albergaban el 40% de la población mundial—  sufrían escasez grave de agua, con tendencia a empeorar porque el consumo superaba al abastecimiento. Cerca de 1.400 millones de habitantes  —o sea más de la quinta parte de la población mundial—  no tenían acceso al servicio de agua potable y se veían forzados a hacer caminatas largas y vencer grandes distancias para conseguir un poco de agua contaminada para preparar sus comidas; y 2.600 millones de personas carecían de servicios sanitarios.

     Pero no sólo es la escasez sino además la contaminación de las aguas. Una alta proporción de los recursos hídricos superficiales está infectada porque los ríos y lagos se han convertido en depósitos de los desechos tóxicos de la agricultura, de la industria y de los desagües urbanos. Doscientos cincuenta de los quinientos ríos más importantes del mundo están seriamente afectados. Sólo cinco de los cincuenta y cinco grandes ríos europeos se consideran limpios. Cada día dos millones de toneladas de basura van a parar a los cauces de agua. En la India el fanatismo religioso se encarga de contaminar el “río sagrado”  —el Ganges—,  donde sumergen a los difuntos y transmiten a los vivos que se bañan en sus aguas el cólera, el tifus y numerosas enfermedades gastrointestinales. Sólo dos ríos importantes en el planeta, que son el Amazonas (6.788 kilómetros de largo) y el Congo (4.670 kilómetros), se pueden considerar sanos gracias a que no tienen en sus orillas centros industriales ni grandes ciudades. En Europa el 80% de los humedales ha sido drenado por la agricultura, el urbanismo o el desarrollo industrial. Cerca de la mitad de los lagos se ha degradado por los desechos industriales y las actividades económicas. Por eso los científicos han recomendado iniciar la “revolución azul” para administrar y conservar las reservas de agua dulce y contrarrestar la contaminación de los fertilizantes y pesticidas iniciada por la “revolución verde” de los años 60 del siglo anterior.

        La >privatización de las empresas de abastecimiento de agua potable y de prestación de servicios sanitarios ha agravado el problema y ha conspirado contra los intereses de la gente pobre, porque la rentabilidad que ella ofrece a los inversionistas es baja y eso determina la postergación del servicio a ese sector social. Esta es una larga historia. En Europa y Estados Unidos, a comienzos del siglo XIX, eran las empresas privadas las principales abastecedoras de agua potable para la población. Imperaba entonces la idea del que el Estado debía mantenerse al margen de esta responsabilidad. Pero más tarde, en el siglo XX, cuando el acceso al agua empezó a ser considerado como un derecho básico de la gente, el Estado tomó a su cargo las tareas de suministro. Este fue considerado un asunto demasiado importante para dejarlo en manos privadas. Sin embargo, en la etapa neoliberal que se abrió en las últimas décadas del siglo XX y que trajo consigo la fiebre de las privatizaciones de las empresas estatales, volvió a confiarse la provisión de agua potable a los empresarios privados, cuyo objetivo es el lucro individual antes que el servicio a la colectividad. En los últimos años, superada la era neoliberal, el acceso a agua segura  —en calidad, cantidad y proximidad—  y a prestaciones de saneamiento se considera un derecho básico de los seres humanos, cuya satisfacción deben asumir las entidades públicas centrales o descentralizadas.

        En Estados Unidos y en Europa Occidental la calidad del agua de superficie ha mejorado durante las últimas décadas pero en las demás regiones del mundo se ha deteriorado al ritmo de la urbanización, la expansión industrial y la intensificación de las tareas agrícolas. Las enfermedades producidas por la contaminación de las aguas con materias fecales sigue siendo una de las principales causas de mortalidad y morbilidad en el mundo subdesarrollado, en el que el 80% de las dolencias se transmiten por este medio.

         Los 1,8 millones de niños que mueren cada año por causa de la falta o escasez de agua dulce y la carencia de saneamiento empalidecen las cifras de la violencia y el terrorismo.

       Pero, a pesar de ello, las inversiones en agua y saneamiento en los países subdesarrollados son absolutamente insuficientes. Anota el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), en su Informe sobre Desarrollo Humano (2006), que tales inversiones “quedan empequeñecidas ante los gastos militares. En Etiopía el presupuesto militar es 10 veces superior al presupuesto para agua y saneamiento y en Pakistán 47 veces superior”. Según datos del 2006, la India invertía 8 veces más en cuestiones militares que en agua y saneamiento, Yemen casi 20 veces más y cosa parecida ocurría en Uganda, Kenia y muchos otros países del tercer mundo.

         Los líderes del mundo, en la Cumbre del Milenio celebrada en septiembre del 2000 en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, fijaron como objetivo disminuir a la mitad el número de personas sin acceso a agua segura y a servicios de saneamiento antes del año 2015. Pero las ambiciosas metas de la comunidad internacional han sido sistemáticamente incumplidas. Afirma el PNUD, en su mencionado Informe, que “el África subsahariana alcanzará la meta de agua con una generación de retraso y la meta de saneamiento con más de dos generaciones de retraso. El Asia meridional alcanzará la meta de saneamiento con cuatro años de retraso y los Estados árabes alcanzarán la meta del agua con 27 años de retraso”.

        En el informe Global Trends 2015 preparado por un equipo multidisciplinario de científicos y técnicos contratados por el National Intelligence Council del gobierno de Estados Unidos, que fue publicado en internet a finales del año 2000, se echó una mirada al mundo en los siguientes quince años, desde la perspectiva de la seguridad norteamericana, y se sostuvo que más de tres mil millones de seres humanos vivían en países escasos de agua dulce, especialmente en África, el Oriente Medio, el sur de Asia y el norte de China.

           En lo que fue la primera contribución importante de un economista  —y no de un científico—  al estudio y solución del calentamiento global y de sus consecuencias, el británico Nicholas Stern formuló un impactante documento titulado "The Economics of Climate Change", que fue presentado en la Royal Society de Londres el 30 de octubre del 2006 por el entonces primer ministro inglés Tony Blair, en el que afirma que las futuras inundaciones causadas por el aumento del nivel de las aguas marinas desplazarán a unos cien millones de personas, mientras que las sequías generarán decenas o acaso centenas de millones de “refugiados climáticos”; que el derretimiento de los glaciares causará escasez de agua dulce para una sexta parte de la población mundial; y que la vida animal también será afectada y podrá extinguirse hasta el 40% de las especies.

          El mundo va hacia una economía del agua, en la cual los recursos hídricos serán uno de los puntos focales de la planificación económica. El agua dulce se convertirá en mercancía de intercambio internacional: se exportará agua como hoy se exporta petróleo. La autoridad pública y el sistema jurídico protegerán los ríos, lagos, lagunas, pantanos, humedales y marismas, regularán el uso y la demanda de agua dulce, penalizarán los consumos excesivos y asegurarán el racional empleo urbano, agrícola e industrial de ella.

      Se hacen esfuerzos por encontrar métodos eficientes y baratos para desalar el agua del mar y las aguas salobres de ríos y pozos subterráneos. A comienzos del 2006 la mayor capacidad instalada de desalación estaba en tres países del Oriente Medio: Arabia Saudita, Emiratos Árabes y Kuwait, que en conjunto representaban el 44% de la capacidad mundial. Las plantas desaladoras, mediante diversos métodos  —ósmosis inversa, evaporación, destilación, electrodiálisis, congelación y otros—,  separan las sales y materias disueltas en el agua marina y la convierten en agua apta para el consumo humano y los usos agrícola e industrial. Pero, hasta este momento, los altos costes de la energía han impedido hacerlo en grandes volúmenes. Avanza el proyecto internacional denominado ITER  —en el que están comprometidos Estados Unidos, la Unión Europea, Japón, la Federación Rusa, la República Popular de China, Suiza y Corea del Sur—  para construir reactores movidos por fusión nuclear que generen grandes cantidades de electricidad a partir del año 2037 para la operación en amplia escala de plantas desaladoras de las aguas oceánicas y proveedoras de agua dulce en volúmenes significativos.

        Uno de los grandes retos de los próximos años será producir más alimentos con menos agua, para lo cual será indispensable racionalizar los métodos de riego agrícola. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) considera que se debe ampliar la superficie de cultivos pero, al mismo tiempo, ahorrar recursos hídricos mediante la tecnificación de los sistemas de irrigación.

        Ningún desarrollo económico ni humano será posible sin seguridad hídrica. Para ello se instrumentarán políticas de ahorro de agua como las que hoy rigen el consumo de energía. Se pondrán en práctica usos más racionales en la gestión del agua. He visto ya que algunos hoteles sugieren a sus huéspedes usar más de un día las mismas toallas y las mismas sábanas para economizar agua potable.

      Pero por más medidas que se tomen para incrementar la disponibilidad de agua dulce  —uso más eficiente de ella, disminución del desperdicio, desalinización del agua del mar, racional gestión de ríos y humedales, recolección de agua de lluvia, reciclaje de aguas residuales, tecnificación del riego agrícola, desarrollo de semillas genéticamente mejoradas que requieran menos agua—  aquellas nunca serán suficientes para contrarrestar la inevitable, creciente y dramática escasez del “líquido de la vida”.

         La provisión de agua dulce es una de las grandes preocupaciones del mundo contemporáneo, al igual que los cambios climáticos. En torno a ella se han realizado muchas reuniones internacionales a partir de 1972. Las más importantes, por su escala planetaria, han sido el Primer Foro Mundial del Agua en Marrakech en marzo de 1997; el Segundo Foro en La Haya, marzo del 2000; el Tercer Foro en Kioto, un año más tarde; el Cuarto Foro Mundial del Agua reunido en la ciudad de México del 16 al 22 de marzo del 2006; y el Quinto Foro Mundial que tuvo lugar en Estambul del 16 al 22 de marzo del 2009.

        Al Cuarto Foro acudieron ministros y representantes de ciento cuarenta países. Su tema principal fue el de las “acciones locales para un reto global”, descompuesto en cinco subtemas: agua para el crecimiento y el desarrollo; implementación de la gestión integrada de recursos hídricos; suministro de agua y servicios sanitarios para todos; gestión del agua para la alimentación y el medio ambiente; y gestión del riesgo.

         Los participantes, en la declaración final, enfatizaron en la “necesidad de incluir al agua y al saneamiento como prioridades en los procesos nacionales, en particular en las estrategias nacionales de desarrollo sustentable y reducción de la pobreza”.

        Pero la reunión no estuvo exenta de dificultades y cuestionamientos. Por la calles de la capital mexicana recorrió una gran manifestación organizada por entidades ambientalistas que impugnaron el Foro por considerarlo demasiado vinculado a los organismos financieros internacionales y a las grandes empresas multinacionales del agua y que postularon que ésta no debe ser una mercancía de propiedad particular sino un derecho humano fundamental, ya que es un elemento esencial para la vida.

        Uno de los temas de encendida discusión fue el de las concesiones para la prestación del servicio de agua potable a empresas privadas  —que han prestado tan caro y mal servicio—  y la necesidad de que sea el Estado el que maneje esta prestación social, no como un negocio sino como un derecho humano fundamental.

      Al Foro de Estambul, que fue el mayor reunido hasta ese momento, concurrieron ministros y representantes de ciento noventa países, numerosas ONG, más de cuatro mil entidades nacionales e internacionales vinculadas con el tema del agua y alrededor de mil periodistas del mundo.

        En la declaración ministerial aprobada al final de la reunión, que no tenía carácter vinculante, se recomendó ejecutar una serie de acciones  —solucionar las disputas sobre el agua, adoptar medidas para paliar las inundaciones y las sequías, mejorar la gestión de los recursos hidrológicos, reducir la contaminación de ríos, lagos y acuíferos—  en un mundo que afronta «cambios rápidos y sin precedentes, incluyendo el crecimiento de la población, los flujos migratorios, la urbanización, el cambio climático, la desertización, la sequía, el uso y degradación de la tierra y los cambios económicos y en la dieta».

       Sin embargo, en la reunión se produjo un rompimiento entre veinticinco delegaciones  —España, Suiza, los países latinoamericanos, varios Estados africanos y tres asiáticos—  que postulaban que el acceso al agua y al saneamiento es un «derecho humano básico», y las restantes delegaciones que se negaron a aceptar este criterio.

      El VI Foro Mundial del Agua se reunió en Marseille, Francia, del 12 al 17 de marzo del 2012. Fue el más amplio celebrado hasta ese momento. Asistieron veinte mil delegados procedentes de 170 países, entre los que estaban jefes de Estado y de gobierno, ministros, altos funcionarios públicos y delegados de centros de investigación científica, de organizaciones no gubernamentales, de movimientos ecologistas y de otras entidades interesadas en los temas ecológicos. Allí se trataron numerosos asuntos relacionados con el agua, la debida explotación de los recursos hídricos, el derecho de los pueblos al agua potable y al saneamiento, el manejo de las aguas transfronterizas, el tratamiento de las aguas negras y varias otras cuestiones relacionadas con el agua, la energía y la alimentación, todos los cuales deben formar parte de la agenda gubernativa de los Estados.

        Simultáneamente se reunió el Foro Alternativo Mundial del Agua para cuestionar el trámite y las resoluciones del VI Foro Mundial. Entre sus conclusiones estuvieron la implantación efectiva del derecho humano al agua y al saneamiento en todos los países del mundo, la liberación del agua de las leyes del mercado, el fomento del uso ahorrador de este recurso escaso, la administración común de las cuencas de los ríos, los lagos y los acuíferos transfronterizos por los países ribereños, la condena de la privatización y mercantilización de los recursos hidráulicos, la censura contra el extractivismo o sea la irracional explotación de este recurso natural agotable y escaso, la creación de una corte penal internacional que juzgue y sancione los delitos contra el medio ambiente y otras resoluciones alternativas a las planteadas por el Foro tradicional de Marseille.

       El agua ha sido históricamente  —desde los remotos tiempos en que las ciudades de Lagash y Umma en la antigua Sumeria se disputaban los caudales del Tigris—  causa de disputas contenciosas, aunque ninguna de ellas produjo guerras abiertas entre los Estados. Sin embargo, dado que cerca de la mitad de la superficie terrestre (excluyendo la zona antártica) está compuesta de cuencas de ríos compartidas por más de un Estado  —cursos de agua internacionales es la denominación que a esas cuencas han dado las Naciones Unidas—  y que más de treinta Estados reciben buena parte de su agua dulce de fuera de su territorio, el momento en que empiece la escasez se abrirán perspectivas de conflictos internacionales en varios lugares del mundo. Por ejemplo, Turquía ha construido nuevas represas y proyectos de riego en los ríos Tigris y Eufrates, que afectan el flujo de agua hacia Siria e Irak, que tienen altas tasas de crecimiento demográfico. Hacia el año 2015 el aprovechamiento de las aguas del Nilo por parte de Etiopía y Sudán empezó a afectar las posibilidades de uso de Egipto. Por consiguiente, hay el justificado temor de que la penuria de agua dulce en varias regiones del planeta sea causa de enfrentamientos bélicos entre los Estados.

       Russell Sticklor, investigador norteamericano de seguridad ambiental en el Henry L. Stimson Center, con sede en la ciudad de Washington, afirmó en octubre del 2013 que la próxima guerra en el Oriente Medio estallará no por el petróleo sino por el agua. Recordó que científicos israelíes anticiparon que el explosivo crecimiento demográfico y la sequía en la región conducirán a algunos de los países árabes al desastre.

       Sostiene Sticklor que las zonas desérticas del Oriente Medio y de África del Norte sufren una trágica escasez de agua dulce que, combinada con la explosión demográfica  —la población de esas regiones aumentó en trescientos millones de personas desde el año 1950—,  tornan imposible el abastecimiento de agua dulce para esa masa humana, que ha agotado sus reservas subterráneas de agua, nunca muy grandes.

       Sticklor asegura que el problema del agua en el Oriente Medio se complica aún más porque las fuentes están ubicadas fuera de la región. En Egipto, por ejemplo, su principal fuente de agua es el Nilo, que fluye desde Etiopía, donde su gobierno planea construir una presa para alimentar una futura central hidroeléctrica. Las aguas del Éufrates nacen en Turquía y corren hacia Siria e Irak, por lo que estos países pueden sufrir las consecuencias negativas de la manipulación del agua por su vecino del norte.

      La solución inevitable para los países del Oriente Medio  —a criterio de Sticklor—  será la desalación del agua marina, a pesar de los altísimos y prohibitivos costos de tal operación.

      A propósito del tema, una nueva declaración de alerta sobre la acidificación de los océanos y los mares, a causa de la penetración de dióxido de carbono (CO2) en sus aguas, se produjo en la 12ª reunión de las partes del Convenio sobre Diversidad Biológica de las Naciones Unidas  —Convention on Biological Diversity (1992)—,  que juntó del 6 al 17 de octubre del 2014 en la ciudad de Pyeongchang, Corea del Sur, alrededor de treinta científicos procedentes de diversas universidades y centros de investigación del mundo.

     En la reunión participaron profesores, científicos e investigadores de Heriot-Watt University, Universidad de East Anglia, Universidad de Oxford y Cardiff University de Inglaterra, Enviromental Economics de Hong Kong, University of Sydney y James Cook University de Australia, University of the Ryukyus del Japón, Alfred Wegener Institute de Alemania, Universidad de Essex, Institute of Marine Research de Noruega, University of Gothenburg de Suecia, Laboratoire d'Océanographie de Villefranche en Francia y de otras instituciones de educación superior.

      Los científicos afirmaron en su informe que más dos mil millones de toneladas de dióxido de carbono (CO2) entran cada año a las aguas marinas alrededor del planeta, como consecuencia de lo cual la acidez de los mares ha crecido en el 26% desde los tiempos preindustriales y crecerá, en dimensiones peligrosas, hacia el futuro. El científico inglés Sebastian J. Hennige, profesor de la Heriot-Watt University de Inglaterra  —quien fue el editor principal del informe—,  afirmó: "cuanto más CO2 se libere de los combustibles fósiles a la atmósfera, más se disolverá en el océano".

      Dice el informe que el vínculo entre este fenómeno y las "emisiones antropogénicas de CO2 es clara, ya que en los dos últimos siglos, el océano ha absorbido una cuarta parte del CO2 emitido por las actividades humanas".

      De modo que las emisiones de dióxido de carbono  —responsables del cambio climático—  son también causa de la creciente acidez de los océanos y mares.

       La acidificación marítima  —advierten los redactores del informe—  es de una amplitud inédita y se ha producido con una rapidez jamás vista, por lo que "es inevitable que en los próximos 50 a 100 años tenga un impacto negativo a gran escala sobre los organismos y ecosistemas marinos".

      Eso se desprende, además, de los estudios y experimentos que numerosos científicos han hecho a bordo de barcos en los océanos y mares del planeta durante la primera década de este siglo.

     Por eso los científicos claman por medidas urgentes para frenar la acidez de los océanos, puesto que ella daña los ecosistemas del mar, compromete su biodiversidad, altera la química de las aguas marinas, extingue algunas especies de peces y microrganismos marinos, vulnera los ecosistemas costeros y, por tanto, baja la productividad de las faenas de pesca, perjudica a las comunidades costeras que viven de los productos del mar y afecta a centenares de millones de seres humanos alrededor del planeta que dependen de los productos marinos para su alimentación. 

 
Correo
Nombre
Comentario