agresión

     Es, en el ámbito del Derecho Internacional, “el uso de la fuerza armada por un Estado contra la soberanía, la integridad territorial o la independencia política de otro Estado”, según la definición acordada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1974.

      La Organización Mundial se demoró veinticuatro años  —desde 1950 hasta 1974—  en elaborar una definición de agresión que fuera internacionalmente válida.

      Al tenor de esa definición, diversos actos constituyen agresión: a) “la invasión o el ataque por las fuerzas armadas de un Estado al territorio de otro Estado, o toda ocupación militar, aun temporal, que resulte de dicha invasión o ataque, o toda anexión, mediante el uso de la fuerza, del territorio de otro Estado o parte de él; b) el bombardeo, por las fuerzas armadas de un Estado, del territorio de otro Estado, o el empleo de cualesquiera armas por un Estado contra el territorio de otro Estado; c) el bloqueo de los puertos o de las costas de un Estado por las fuerzas armadas de otro Estado; d) el ataque por las fuerzas armadas de un Estado contra las fuerzas armadas terrestres, navales o aéreas de otro Estado, o contra su flota mercante o aérea; e) la uilización de las fuerzas armadas de un Estado, que se encuentren en el territorio de otro Estado con el acuerdo del Estado receptor, en violación de las condiciones establecidas en el acuerdo o toda prolongación de su presencia en dicho territorio después de terminado el acuerdo; f) la acción de un Estado que permite que su territorio que ha puesto a disposición de otro Estado, sea utilizado por ese otro Estado para perpetrar un acto de agresión contra un tercer Estado; y g) el envío por un Estado, o en su nombre, de bandas armadas, grupos irregulares o mercenarios que lleven a cabo actos de fuerza armada contra otro Estado de tal gravedad que sean equiparables a los actos antes enumerados, o su sustancial participación en dichos actos”.

      Pero el Consejo de Seguridad podrá señalar, aparte de los mencionados, otros actos que, en conformidad con la Carta de las Naciones Unidas, constituyan agresión.

    La Carta condena el uso de la fuerza, se obliga a “tomar medidas colectivas eficaces para prevenir y eliminar las amenazas a la paz y para suprimir los actos de agresión”, y asigna al Consejo de Seguridad la obligación de tomar por medio de fuerzas militares del aire, mar o tierra, las acciones necesarias para mantener o restablecer la paz y la seguridad internacionales. Esto sin menoscabo del “derecho inmanente de legítima defensa, individual o colectiva”  —consagrado en el Art. 51 de la Carta—,  que asiste a los Estados en caso de agresión, cuyo ejercicio no es ilimitado sino que debe mantener proporción, en cuanto al alcance de la respuesta y a los medios empleados, con la agresión sufrida.

     Tradicionalmente, desde la paz de Westfalia en 1648, se definió la agresión como el traspaso de las fronteras nacionales por unidades militares organizadas e identificadas. La agresión, por tanto, era protagonizada a banderas desplegadas por formaciones de infantería, artillería, vehículos blindados, aviación y escuadras navales, que invadían el >territorio de un Estado. El filósofo y jurista holandés Hugo Grocio (1583-1645), considerado el padre de Derecho Internacional clásico, sostenía que había tres causas justas para la guerra: “la defensa, la recuperación de la propiedad y el castigo del daño sufrido”. Conceptuaba a la guerra como un recurso último de autoayuda o autodefensa que era una de las manifestaciones de la soberanía de los Estados, regida por sus normas y sus leyes. La agresión armada, en consecuencia, era visible e, incluso, previsible.

      Pero la agresión internacional, a lo largo de la historia, estuvo siempre condicionada por la tecnología disponible en cada época para la fabricación de armas. Las primitivas guerras se hicieron con el hacha, el bifaz, la azagaya, la espada, el sable, la cimitarra, la alabarda. Las tropas entraban en contacto personal para utilizarlas. Después vinieron las armas a distancia: piedras, lanzas, flechas, catapultas, venablos, bodoqueras, cerbatanas, ballestas, pedreros, cañones. A partir del invento de la pólvora por los chinos, a mediados del siglo XIV, comenzaron a usarse las armas de fuego. Este invento revolucionó el arte de la guerra. Durante cinco siglos, hasta el descubrimiento de la nitroglicerina, no se conoció otro explosivo. La aplicación de este principio promovió la guerra de infantería, primero, y la de artillería después. Surgieron luego, como factores decisorios, la aviación y los vehículos blindados. Las fuerzas del mar se sofisticaron y alcanzaron un gran poder de fuego. A fines del siglo XIX aparecieron las armas químicas y biológicas. En 1945 se inició la era nuclear con los procesos de fisión y de fusión del átomo que modificaron la teoría de la guerra. Apareció el concepto de la disuasión nuclear fundado en la existencia de los arsenales de armas de destrucción masiva. En las últimas décadas la electrónica, como en su tiempo la pólvora, revolucionó la tecnología bélica. Actualmente se desarrollan las llamadas “armas no letales” como fruto de la más sofisticada tecnología. Algunas de ellas son capaces de producir radiaciones gamma, alfa o beta con efectos muy perniciosos sobre los seres humanos. Los norteamericanos probaron estas nuevas armas en la Guerra del Golfo contra Irak en 1991. Las cortinas de rayos gamma que ellas levantaron en el teatro de las operaciones, sin dañar los equipos mecánicos, inhabilitaron a sus tripulantes para la batalla. El arsenal de estas armas está formado por una gran variedad de dispositivos de rayos láser. Aparte de ellas hay otras armas terriblemente eficaces, como las microondas de alta potencia que destruyen los sistemas electrónicos, los virus informáticos para trastornar los ordenadores, los infrasonidos de muy baja frecuencia capaces de producir náuseas, desorientación y hasta ataques de epilepsia, los ácidos extremadamente cáusticos que alteran la estructura molecular de los metales, las sustancias químicas que cambian la composición y propiedades de los carburantes, las redes metálicas antitanques, las espumas paralizantes y una serie de instrumentos de paralización humana o de bloqueo electrónico de un país.

       Bajo la revolución digital de nuestros días, la agresión internacional no será operación de tropas aerotransportadas ni desembarcos de infantes de marina sino acciones ofensivas de naturaleza electrónica destinadas a paralizar al enemigo, causar el caos en su organización social y enervar totalmente su capacidad de defensa. El “bombardeo” de virus electrónicos podrá trastornar por completo sus puntos vitales: redes de informática, comunicaciones, sistemas logísticos, infraestructura defensiva, tránsito terrestre y aéreo y otros sistemas cruciales. Causaría el caos en la vida civil, política, económica y militar de un país. La provisión de electricidad, el suministro de agua potable, la operación de las telecomunicaciones, la movilización del transporte ferroviario, el control del tráfico aéreo, la operación de los medios de comunicación, la programación del trabajo en las fábricas, el funcionamiento de los hospitales: todo esto y muchas cosas más, que están dirigidos por equipos de computación, se sumirían en el más absoluto caos al ser perturbados por agentes patógenos de la informática inoculados con el propósito de desarticular la organización social.

        A partir de los atentados terroristas islámicos del 11 de septiembre del 2001 contra las torres gemelas de Nueva York y el Pentágono de Washington, se puso en evidencia una nueva forma de agresión internacional por grupos no gubernamentales y bandas terroristas organizadas, que actúan por encima de las fronteras nacionales y que cuentan con armas de destrucción masiva, cuyo objetivo principal es la población civil, que plantea un problema inédito en el Derecho Internacional porque entraña actos no previstos en las normas tradicionales de la guerra.

       El S-11 produjo un desconcierto general. El mundo vio absorto por la televisión cómo se derrumbaban los dos gigantescos edificios de Nueva York con miles de personas inocentes dentro. Una de las primeras respuestas que recibió la nueva amenaza fue la denominada >doctrina Bush y la nueva teoría de la seguridad nacional norteamericana plasmada en “The National Security Strategy of the United States of America”, expedida por la Casa Blanca en septiembre del 2002.

 
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