agnosticismo

       Es la postura filosófica que sostiene que son incognoscibles determinadas nociones metafísicas, como la de la existencia de la divinidad o la de un mundo inmortal.

      La palabra, acuñada por Thomas Huxley en 1869, proviene de la voz griega agnostikos, que significa “no conocido”, y designa la doctrina que no afirma ni niega la existencia de dios y de otros entes metafísicos por falta o insuficiencia de evidencias.

       El agnosticismo se contrapone tanto al >teísmo, que es la creencia en un dios creador y gobernador del universo al que se asignan virtudes de omnipotencia, omnisciencia y omnipresencia y al que se rinde culto, como al <deísmo, que reconoce la existencia de un dios sapiente, benevolente y omnipotente aunque no admite la revelación ni el culto externo ni la presencia de intermediarios en las relaciones del hombre con él.

     A diferencia del >ateísmo, el agnosticismo postula que no hay razones fundadas en la ciencia o la experiencia para afirmar ni negar la existencia de dios. Sostiene que la inteligencia humana es impotente para aprehender la idea de lo absoluto. La idea de lo absoluto simplemente no cabe en la mente humana. Por tanto, resultan arbitrarias así la afirmación de la existencia de dios como su negación. Los conocimientos y la experiencia del hombre no son suficientes para concebir racionalmente la existencia de dios.

      Agnosticismo no es lo mismo que ateísmo. Éste niega la existencia de la divinidad mientras que aquél ni la afirma ni la niega. Simplemente no emite juicio sobre el tema. No tiene respuesta para este enigma. Las limitaciones y la finitud de la mente humana no le permiten conocer lo incognoscible ni hacer afirmaciones sin prueba.

     Para el hombre religioso la vida es más fácil. Tiene respuestas para todo. Todo lo explica por “la voluntad de Dios”. Y eso le basta. No averigua más. El agnóstico, en cambio, vive sin respuestas. Afronta la incertidumbre y convive con la duda. Arrostra los misterios de un mundo para el que no tiene soluciones definitivas. Su vida es la incesante búsqueda de la verdad.

      Al agnóstico  —que se ve rodeado de un caos cósmico, en el que imperan el desorden, la arritmia, el desconcierto, la injusticia, la crueldad—  no le convence aquello que proclamaba el Concilio Vaticano I en 1870: que “Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza, con la luz natural de la razón humana, a partir de las cosas creadas, porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de lo creado”.

      No le convencen los argumentos que los teólogos de las diferentes religiones suelen manejar para tratar de probar la existencia de dios. El de la primera causa le resulta deleznable porque si todo en el universo tiene una causa  —en una cadena interminable de causas y efectos—  habría que buscar la causa de dios. De lo contrario esta ideación se parecería mucho a la vieja superstición hindú de que la Tierra descansaba sobre un elefante y el elefante sobre una tortuga, pero no se decía sobre qué descansaba la tortuga.

         El argumento de la ley natural, en boga en el siglo XVIII bajo la influencia de la cosmogonía del físico y matemático británico Isaac Newton (1642-1727), tampoco le resulta convincente porque la gravitación de los planetas alrededor del Sol obedece a algo más que a la orden dada por un dios para que eso ocurra.

         Los aportes de Albert Einstein (1879-1955) complicaron mucho las cosas. Las leyes naturales no son más que elaboraciones humanas que cambian frecuentemente al ritmo de los nuevos descubrimientos científicos. La alegación de que el orden y armonía universales son fruto de una mente omnisapiente es inconsistente. La armonía es discutible y el orden no existe sino a corto plazo. La formación de nuestro sistema solar  —situado en una de las espirales de la Vía Láctea—  hace alrededor de 4.700 millones de años es el resultado de algún cataclismo sideral y los cometas, asteroides, bólidos y meteoritos rondan el espacio estelar con muy poco orden. Los fenómenos naturales  —sismos, inundaciones, tormentas, huracanes, erupciones volcánicas, deshielos, trombas, maremotos, vorágines—  desmienten la afirmación del orden terrestre. Y todo puede decirse de la historia del hombre y de las sociedades humanas menos que hayan sido o sean dechados de armonía. Las guerras, las matanzas, los regímenes de opresión política, los crímenes, la miseria en que viven grandes grupos humanos, la injusticia rampante son graves desórdenes morales que afectan desde siempre a la especie humana.

         Por supuesto que hablamos únicamente del planeta Tierra ya que no sabemos cómo sean las cosas en otros planetas habitados de nuestro sistema solar o de sistemas solares lejanos de nuestra galaxia o de otras galaxias.

         Tampoco persuaden a la mente agnóstica las llamadas razones morales de la existencia de dios que tuvieron mucha aceptación en el siglo XIX. Como argumenta Giovanni Papini (1881-1956) en su polémico libro “El Diablo”, escrito después de su conversión al catolicismo, “Dios, autor del universo, ha creado un mundo en el cual el pecado es posible, la rebelión es posible, el mal es posible y posible es la perdición. Si no hubiese existido en el mundo la posibilidad, mejor la facilidad, del mal, la libertad angélica y también la humana habrían podido escoger, pero escoger libremente, entre varios órdenes de bienes, de obras buenas, de acciones justas. Lucifer no ha creado el mundo y no se ha creado a sí mismo y no es, pues, culpa suya si el orden del mundo, establecido por Dios, permite y tolera el pecado”.

        El mundo siempre fue caótico. ¿Puede haber algo más caótico que la sobrevivencia de unas especies a costa del dolor y la muerte de otras? A simple vista se puede ver que el nuestro es un mundo montado sobre la violencia, el sufrimiento y el sacrificio de los seres que lo habitan. Para poder subsistir unos miembros de la escala zoológica devoran a otros mientras que son devorados por los más fuertes, en acatamiento de la ley sangrienta e implacable de que “el pez grande se come al chico”. O sea que la vida de unas especies se alimenta de la muerte violenta y dolorosa de otras. Esa es la ley que ha regido la cadena alimentaria a lo largo de millones de años en nuestro planeta.

       Desde que apareció sobre la faz de la Tierra, el hombre  —feroz animal depredador—  se alimentó diariamente del dolor y muerte de muchas otras especies y de la destrucción de la naturaleza. Las cosas siempre estuvieron dadas así. El orden natural determina la eliminación de los más débiles en un proceso que Carles Darwin  (1809-1882) habría de calificar más tarde como “selección natural” de las especies.

      El agnóstico sostiene, con el respaldo de la ciencia, que es en el cerebro humano donde residen las capacidades mentales superiores del homo sapiens. El ser humano ha desarrollado una hiperplasia en el cerebro, o sea una extraordinaria multiplicación de células normales. Lo que le ha permitido desenvolver grandemente su inteligencia y establecer de manera peculiar sus relaciones con sus semejantes y también con la naturaleza, a la que empezó a transformar con la ayuda del conocimiento científico.

      En el cerebro están todos los diferentes procesos mentales: el razonamiento, el lenguaje, el desarrollo cognitivo, los conocimientos, la memoria, la cultura, la imaginación, los sentidos, las emociones, los sentimientos, los afectos, las sensibilidades, la sexualidad, los sueños, el entendimiento, la conciencia, la subconsciencia, los temores, los estados de ánimo, los deseos, las esperanzas, las ansiedades, las depresiones anímicas, la semiología. Todo el proceso mental se desarrolla en el cerebro, incluidas las manifestaciones sentimentales, afectos y emociones que tradicionalmente hemos imputado al corazón —el corazón no es responsable de ellas, puesto que, como bien dice Punset, es apenas “un músculo, imprescindible para la vida, pero un músculo al fin y al cabo”— y las expresiones etéreas del pensamiento que las religiones han imputado al “alma”.

       Dentro de la concepción agnóstica y materialista del mundo  —de un mundo compuesto exclusivamente por materia y energía—  todas las manifestaciones de la inteligencia humana tienen una base material, que es el cerebro.

        Fue un grupo de científicos ingleses, encabezado por el sabio Thomas Willis (1621-1675), el que se atrevió a afirmar irreverentemente  —en medio de las oscuras supercherías de mediados del siglo XVII—  que los pensamientos y las emociones eran tormentas de átomos en el cerebro humano. Afirmación terriblemente audaz y revolucionaria para la época porque significaba que todas las manifestaciones que entonces se asignaban al “alma” eran, en realidad, funciones fisiológicas del cerebro. Se inauguró así la “era neurológica” que atribuye al cerebro todas las expresiones inteligentes superiores del ser humano.

       La ciencia se encargó de demostrar después que lo que llamamos “alma” no es más que una expresión de los átomos y moléculas cerebrales. El hombre mismo no es otra cosa que un conjunto organizado de átomos y moléculas.

       Grandes agnósticos fueron David Hume (1711-1776), William Hamilton (1788-1856), en menor grado Emmanuel Kant (1724-1804), Charles Darwin (1809-1882), Thomas H. Huxley (1825-1895), Bertrand Russel (1872-1970). Todos ellos, erigiendo a la razón como la autoridad suprema para el conocimiento, descartaron la posibilidad de aprehender lo absoluto.

        El agnosticismo floreció con el formidable movimiento filosófico y político que fue la Ilustración, extendida por Europa y América durante el siglo XVIII, que desgarró los dogmas, rechazó toda afirmación metafísica y erigió a la razón humana como la autoridad suprema para la búsqueda y calificación de la verdad.

        El agnosticismo es lo contrario del gnosticismo. Este pretende ser una verdadera ciencia  —gnosi—  de la divinidad y afirma que es posible conocer las fuerzas misteriosas que crearon el universo y lo conservan.

        El gnosticismo fue originalmente una herejía importante de los primeros siglos de nuestra era  —iniciada por Simón el mago, un judío sectario nacido en Samaria a principios del siglo I—  que floreció entre los judaicos y los cristianos primitivos. Su planteamiento central fue sustituir la fe por la gnosis, o sea el conocimiento directo de dios sin pasar por los textos sagrados de la revelación, a los que consideró insuficientes e inexactos. En lugar de la revelación contenida en los libros santos propugnó el conocimiento absoluto e intuitivo de las cosas divinas.

 
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