¡abajo!

          Los gritos “¡abajo!” o “¡arriba!” que tan frecuentemente se lanzan a los políticos, en condenación o en apoyo de ellos y de sus ideas, tienen su origen en los que se escucharon durante las borrascosas discusiones de la Convención francesa de 1792 en torno al tema de la pena de muerte de Luis XVI. Ellos fueron, en cierto modo, expresiones equivalentes a las antiguas de “¡viva!” o “¡muera!” que se lanzaban en el circo romano.

          La Convención se había polarizado no solamente con relación al juzgamiento de Luis XVI sino a todos los demás planteamientos sobre el régimen político que debía darse a Francia, en dos posiciones beligerantes: la de los jacobinos, que pugnaban por llevar los postulados de la revolución hasta sus más radicales consecuencias, y la de los girondinos que buscaban una transacción entre las propuestas revolucionarias y algunas de las instituciones del viejo régimen monárquico. La lucha parlamentaria fue implacable. Encendidas pasiones convulsionaron la Convención. La discusión sobre el destino del rey fue tormentosa. Cuando un orador subía a la tribuna para defender al monarca, los diputados que ocupaban los lugares de ”la izquierda” de la sala prorrumpían con insultos y con gritos de que “¡baje de la tribuna!”. Cuando Pétion empezó a exponer sus puntos de vista en ayuda del rey, desde la izquierda de la sala vinieron exclamaciones de “¡abajo de la tribuna!”. Igual cosa le ocurrió a Salles cuando quiso apoyar los razonamientos de Lanjuinais en defensa de Luis Capeto. Pero lo mismo acontecía con los oradores que acusaban al rey y proponían la pena de muerte. Los diputados “de la derecha” arremetían contra ellos y les pedían que bajen del estrado. Cuando los bandos querían que alguien hablara, los gritos en cambio eran “¡arriba!”, para que el aludido ascendiera el podio. Así transcurrieron las tempestuosas sesiones de la Convención, entre “abajos” y “arribas” de condenación o de aplauso a los protagonistas de los duelos verbales, y a veces también físicos, de quienes tenían en sus manos el destino de Francia después del triunfo de la revolución.

          Estas expresiones políticas son, pues, un legado de la historia. Comenzaron en la sala de sesiones, cuando el “abajo” significaba que el orador debía abandonar el estrado y el “arriba” era una invitación que formulaba la audiencia para que lo ocupara, y hoy han devenido en una forma de aplauso o de condena contra una idea, un partido o un protagonista de la vida pública.

 
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